26
Carla
Lo alcanzo junto a los carros. Tiene mi lista secuestrada y la seguridad de un dictador que acaba de hacerse con el control de los suministros.
—Devuélvemela.
—No.
—La he escrito yo.
—Precisamente por eso necesita supervisión.
—Es una lista de la compra, no un plan para enriquecer uranio.
Ares coge uno de los carros pequeños y lo empuja hacia mí. Sujeto el manillar, pero él continúa aferrado al otro extremo.
—Suéltalo.
—Promete que no intentarás llenar el carro de cosas que se pudren en cuarenta y ocho horas.
—Y tú que dejarás de comportarte como un anciano que sobrevivió a una guerra y todavía guarda azúcar debajo del colchón.
—Yo no guardo azúcar debajo del colchón —se defiende.
—Porque tu madre la habrá puesto en un armario al que no llegas.
La frase sale antes de que pueda detenerla. Ares se queda mirándome inexpresivo, yo también.
La discusión de la cocina asoma entre nosotros, dispuesta a convertir una broma en otra cosa. Sin embargo, esta vez él solo deja escapar el aire por la nariz y suelta el carro.
—Buen golpe —admite.
—No pretendía…
—Ya lo sé.
Se dirige hacia la sección de fruta antes de que encuentre una respuesta. Lo sigo empujando el carro, sorprendida por la facilidad con la que la conversación ha esquivado el precipicio.
Tal vez su disculpa no ha arreglado lo ocurrido. Pero ha construido un pequeño puente sobre ello.
Ares se detiene frente a la fruta.
—Tres.
—Seis.
—Cuatro —aumenta la puja.
—Cinco y tienes derecho a elegir los cereales —negocio.
—Ya iba a elegirlos.
—Cinco y no hago comentarios sobre la cantidad de azúcar que contienen.
Coge una pieza y la presiona con el pulgar.
—No sabes elegirlos.
—Claro que sé.
—El último estaba tan duro que podría haberse utilizado como arma arrojadiza.
—Eso es porque aquí vendéis la fruta antes de que termine de nacer.
Lo veo examinar otro.
—Este.
—Está demasiado blando.
—Está maduro, listo para consumirlo esta noche.
—Creo que está a una mala noticia de convertirse en crema —apunto.
—¿Vas a discutir cada producto? —Me mira por encima del hombro.
—Solo aquellos sobre los que tengas opiniones equivocadas.
—Entonces, vamos a estar aquí hasta mañana.
Al final compramos cinco piezas. Ares asegura que ha aceptado para acelerar el proceso. Yo sé reconocer una victoria aunque venga disfrazada de cansancio.
Avanzamos por los pasillos con una facilidad extraña.
Él se mueve a mi lado, a veces un poco por delante, mientras yo empujo el carro.
Conoce el supermercado mejor que yo. Sabe dónde están los productos, qué marcas evitar y qué yogures tienen un sabor que, según él, debería considerarse delito federal.
Lo observo escoger una caja de cereales y dejarla dentro del carro.
—Es la segunda —señalo.
—Necesitamos dos.
—Hace media hora acusaste a mi lista de preparar un apocalipsis.
—Esto es distinto.
—Por supuesto. Los cereales están protegidos por la Constitución. —Pongo los ojos en blanco.
—Exacto —señala, chasqueando la lengua.
—¿En qué enmienda?
—En una que no enseñan en España.
Pasamos junto a una mujer que nos mira discutir y sonríe con la expresión resignada de quien cree reconocer a una pareja. Estoy a punto de aclarar que no lo somos, aunque ella no ha dicho nada y hacerlo sería bastante más sospechoso que guardar silencio.
—Falta arroz —digo, concentrándome en el carro.
—Tenemos arroz.
—Queda menos de medio paquete.
—Eso sigue siendo tener arroz —indica poniéndome de los nervios.
—No cuando en la casa viven dos personas.
—La otra noche negaste que fuera tu casa.
—No he dicho que sea mi casa. Pero eso no niega el hecho de que yo habito este espacio —apunto.
—Una distinción conveniente.
—¿Quieres el arroz o prefieres seguir analizando mis preposiciones?
—El arroz.
Empiezo a comprender que hacer la compra con Ares es agotador, pero no por los motivos que habría imaginado antes de conocerlo.
No necesita que alcance productos colocados en estantes normales ni que empuje nada por él.
Tampoco espera instrucciones. Lo agotador es que tiene una opinión sobre cada alimento y la firme convicción de que todas ellas merecen ser escuchadas.
En la sección de pasta rechaza mi marca habitual.
Coge otro paquete y lo deja en el carro.
—Esta mantiene mejor la textura. —Una risa corta se le escapa antes de que pueda evitarlo.
Hace unos días habría considerado ese sonido una rareza estadística. Ahora empiezo a reconocer el momento exacto en que intenta contenerlo: la tensión breve de su boca, el modo en que aparta la mirada y esa respiración que sale un poco más deprisa de lo normal.
Estoy prestando demasiada atención a esos detalles y ya es tarde para fingir que Ares es un tipo atractivo a rabiar, de esos que no necesitan hacer nada para llamar la atención.
Tiene una presencia que se impone incluso cuando está quieto, la mandíbula marcada, la mirada afilada y ese aire de seguridad irritante que hace que todo el mundo se gire un segundo de más cuando pasa.
La sección de productos frescos está al fondo.
Nos acercamos al mostrador porque Ares insiste en comprar queso cortado allí en lugar del que viene envasado.
Hay un hombre detrás del mostrador, de unos cincuenta años, con un delantal verde y una identificación en la que pone: Greg.
Termina de atender a otra clienta antes de acercarse.
—Buenas tardes. ¿Qué os pongo?
Ares se adelanta un poco y señala una de las piezas expuestas.
—Doscientos gramos del cheddar curado y otros doscientos del gouda. Cortado fino, por favor.
Greg mira el queso. Después me mira a mí.
—¿Eso es lo que quiere?
Tardo en comprender que se dirige a mí.
—Acaba de…
—Sí —se adelanta sin apartar la mirada del hombre—. Curiosamente, lo que quiero suele coincidir con lo que digo.
Greg parpadea.
—Claro. Solo pretendía asegurarme.
—Perfecto. Ahora ya puede asegurarse cortando el queso.
El hombre fuerza una sonrisa y se vuelve hacia la máquina. Yo mantengo las manos sobre el carro, aunque los dedos se me han cerrado con tanta fuerza alrededor del manillar que los nudillos se han puesto blancos.
No ha sido nada, una pregunta estúpida que podría haberse quedado ahí, sin embargo, Greg empieza a preparar el pedido y, mientras coloca las lonchas sobre el papel, vuelve a dirigirse a mí.
—¿Lo quiere muy fino o así estará bien para él?
Noto cómo se me enciende algo detrás del esternón.
Abro la boca, pero Ares habla antes que yo.
—Ella no es mi intérprete.
Greg levanta la cabeza.
—No quería ofenderlo.
—Entonces le está saliendo de forma muy natural.
—Solo intento ayudar.
—No. Está hablando de mí con una persona que está a medio metro, después de que yo mismo le haya dicho lo que quiero. Eso no es ayudar. Es asumir que una silla de ruedas también afecta a mi capacidad para comprar queso.
—Yo no he dicho eso. —El hombre enrojece.
—No ha hecho falta.
Varias personas vuelven la cabeza. Greg mira a su alrededor, incómodo por haberse convertido en el centro de atención.
Yo continúo en silencio. No porque me falten palabras.
Tengo suficientes para conseguir que lo trasladen a una sección donde los productos no tengan contacto con seres humanos.
Pero esta no es mi pelea. Ares no necesita que confirme que entiende, que puede decidir ni que posee más vocabulario que el hombre que lo está ignorando.
—¿Así está bien? —pregunta el empleado, esta vez dirigiéndose a Ares.
Él observa el grosor de una loncha.
—Un poco más fino, por favor.
—Claro.
Greg termina el pedido sin volver a mirarme. Envuelve los dos paquetes, pega las etiquetas y los deja sobre el mostrador y Ares los recoge.
—Gracias.
Su educación es tan precisa que suena más afilada que un insulto.
Mantengo el carro recto durante todo el pasillo mientras nos alejamos. Solo cuando doblamos hacia la sección de congelados dejo escapar el aire.
—Qué capullo —murmuro.
Él coloca el queso en el carro.
—Una descripción técnica impecable.
—¿Te ocurre mucho?
—Lo suficiente. —Se encoge de hombros.
—Pero tú le hablaste directamente. Y aun así ha pensado que yo debía confirmar lo que querías.
—Eso no siempre importa. Eres la persona que camina a mi lado. Para cierta gente, eso te convierte automáticamente en mi portavoz, mi cuidadora y la adulta responsable de la excursión.
—Yo no parezco una adulta responsable. —Lo miro.
—Ese es el detalle más ofensivo de toda la situación.
Le doy un golpe suave en el hombro con la lista enrollada.
—Idiota.
—Violenta.
—Debería haberle dicho algo.
—Estabas a punto. Has dejado de respirar y has puesto la misma cara que cuando descubriste que el cilantro no era perejil.
—No era la misma cara.
—Era peor.
Ares intenta contener la sonrisa, pero no lo consigue del todo. Después de unos metros, su expresión vuelve a endurecerse un poco.
—Gracias por no hacerlo —la ligereza desaparece de su voz.
—No tienes que darme las gracias por eso. Y si ese tipo hubiera seguido, probablemente habría intervenido.
Ares dirige una mirada breve hacia las personas que pasan a nuestro lado. Después baja la voz.
—Una cosa es apoyarme cuando alguien no se detiene y otra adelantarte antes de que pueda defenderme. Si hubieras respondido la primera vez, habrías hecho exactamente lo mismo que él.
La frase me impacta con suavidad, pero encuentra sitio.
Greg había mirado a través de Ares para hablar conmigo porque había decidido que su voz no bastaba. Si yo hubiera contestado de inmediato, incluso para defenderlo, también habría convertido su voz en algo insuficiente.
—Tienes razón —admito.
—Guárdalo. Puede que no vuelva a repetirse una situación así.
—Voy a grabarlo a fuego.
—Y, aun así… —añade, pasando una mano por el aro—, sé que te has callado porque estabas esperando mi reacción. No porque te diera igual.
—No me daba igual. —Nos observamos en mitad del pasillo mientras una niña abre una puerta del congelador y su padre le pide por tercera vez que elija un helado—. Estaba calculando cuántas lonchas de queso cabrían en la boca de Greg —confieso.
—¿Y?
—Unas doce si las doblamos.
Suelta una risa breve, casi incrédula, y esta vez no la corta a tiempo. Yo lo miro un segundo, sorprendida, y acabo riendo también. Es la primera vez que nos reímos de verdad juntos. Y, en ese instante que duran las risas compartidas, un cosquilleo extraño se instala en mi estómago.
La risa se va apagando poco a poco, pero ninguno de los dos se mueve de inmediato. Me sostiene la mirada un segundo más de lo normal, y noto cómo mi respiración se desordena sin permiso.
No dice nada. Yo tampoco. Pero la distancia entre los dos parece más corta de lo que era hace un momento, como si la risa la hubiera borrado sin consultarlo.
—¿Y siempre respondes así a la gente que cuestiona tu capacidad intelectual? — carraspeo y retomo el tema para evitar los pensamientos sexuales intrusivos que acaban de invadirme.
—No. A veces no tengo ganas. —Abre una de las puertas del congelador y saca una bolsa de verduras.
—Pensaba que disfrutabas aterrorizando desconocidos.
—Depende del día. Hay veces que lo corrijo, otras compro lo que necesito y me marcho. No quiero convertir cada salida de casa en una clase gratuita de comportamiento humano.
—Eso también es injusto.
—Muchas cosas lo son.
—Hoy tenías ganas.
—Hoy estabas tú.
Lo dice sin mirarme.
—¿Y eso qué cambia?
—No quería que pensaras que necesito que hables por mí —dice en voz baja.
—Después de verte conducir, secuestrar mi lista y declarar una guerra contra la fruta, creo que ese riesgo era bastante bajo.
—No me conoces tanto.
—Tú mismo dijiste que llevaba catorce días en tu casa, catorce días contados uno a uno, como si hubieras estado llevando la cuenta desde el primer momento.
Ares cierra la puerta del congelador con más fuerza de la necesaria.
—Necesitamos leche.
Lo sigo con una sonrisa que intento disimular, porque empiezo a sospechar que, de alguna forma, a Ares le estoy empezando a gustar.
En el pasillo de los productos de limpieza recupero el control de la lista, aunque tengo que arrebatársela del bolsillo de la sudadera mientras él compara dos marcas.
Llegamos a las cajas con más productos de los que figuraban en la lista y ninguno de los dos está dispuesto a asumir la responsabilidad.
La cajera pasa los productos y Ares coloca las bolsas en la zona inferior del carro para que pueda alcanzarlas.
La cajera nos observa con una sonrisa.
—¿Van juntos?
Ares y yo respondemos a la vez.
—No.
—Sí.
Nos miramos. La mujer levanta las cejas.
—Me refería a si pagaban la compra juntos.
—Ah —digo.
Ares saca la tarjeta.
—Juntos.
No sé por qué esa palabra me produce una sensación extraña. Solo se refiere a la compra. A unas bolsas de comida que terminarán en la misma cocina y a una cuenta que su madre probablemente paga como parte de mi empleo. Nada más. Aun así, aparto la mirada.
Cuando salimos, el sol de la tarde se refleja sobre los coches. Empujo el carro hasta el vehículo mientras él avanza a mi lado.
—Por cierto —dice—, no pienso comérmelo.
—¿El qué?
—El aguacate con personalidad.
—No te preocupes. Lo reservaré para una ocasión especial.
—¿Como defensa personal?
—Como cena.
Ares pulsa el mando y la rampa comienza a desplegarse.
—Carla.
—¿Qué?
Espera hasta que encaro sus ojos.
—En serio. Gracias.
Esta vez no bromea. Comprendo que no me agradece el silencio. Me agradece haberle permitido decidir qué hacer con él.
—De nada —respondo—. Pero si vuelve a ocurrir y me necesitas, dímelo.
—Lo haré.
—Aunque también puedo identificar la señal. Si parpadeas dos veces, ataco.
—Eso es exactamente lo que intento evitar.
—Una vez para ataque verbal. Dos para utilizar el aguacate.
Ares niega con la cabeza mientras sube por la rampa.
—Empiezo a arrepentirme de haberte traído.
—No es verdad.
—Un poco.
—Ni siquiera eso.
Guardo las bolsas y devuelvo el carro. Cuando regreso, ya está colocado frente al volante. Lo observo desde fuera durante un segundo: la silla anclada, una mano sobre los controles y la otra esperando para cerrar la puerta.
Esta mañana creía que el descubrimiento importante sería verlo conducir, pero me equivocaba.
Lo importante no ha sido comprobar todas las cosas que puede hacer sin ayuda. Ha sido empezar a entender que respetar su autonomía no consiste en apartarme siempre ni en intervenir en cuanto algo se complica. Consiste en no decidir por él cuál de las dos cosas necesita.