25
Carla
Ares me acompaña a hacer la compra.
La frase parece sencilla, pero contiene tantas anomalías que necesito repetirla mentalmente mientras lo observo revisar la lista que he dejado sobre la mesa.
Hasta hoy, las compras han sido asunto mío.
Yo hacía inventario, pedía un coche y regresaba cargada con tantas bolsas que algún conductor acababa preguntándome si me estaba preparando para una catástrofe natural.
Ares jamás se había ofrecido a venir. Las primeras veces, porque le divertía verme descubrir que en este país la leche se vende en recipientes capaces de abastecer a una familia durante un asedio. Después dejé de preguntarme por qué.
Esta mañana, sin embargo, ha aparecido en la cocina mientras yo terminaba de desayunar y ha cogido la lista sin pedir permiso.
—Esto no es una lista de la compra —ha dicho, alzando el papel entre dos dedos como si fuera una prueba forense—. Es el inventario de un refugio nuclear.
Yo he apoyado la taza en la encimera con calma fingida.
—La última vez protestaste porque no quedaban cereales.
Ares ni siquiera ha levantado la vista.
—Compraste tres cajas.
—Y te las has comido —he replicado, cruzándome de brazos.
—Eso no demuestra nada.
—Demuestra que tienes una relación secreta con el chocolate crujiente.
Ha seguido leyendo con el ceño fruncido, moviendo apenas los labios.
—¿Para qué necesitamos seis aguacates?
He dado un trago antes de responder.
—Vivimos en California. Creo que es obligatorio por ley.
Ares ha soltado una exhalación breve, casi ofendida.
—Se pudrirán antes de que puedas utilizarlos.
—No subestimes mi compromiso con el guacamole —he dicho, señalándolo con la cucharilla.
Ha dejado la lista sobre la mesa con un golpe seco.
—Te llevo.
Lo ha dicho así. Sin preámbulos, sin explicación, como si acabara de anunciar el clima.
Yo me he quedado con la taza a medio camino de la boca.
—¿Adónde? —he preguntado, aunque ya lo sabía.
—A comprar —ha respondido, girándose hacia el pasillo.
He fruncido el ceño.
—Ya sé a qué se refiere el concepto de llevar. Lo que no entiendo es por qué quieres hacerlo tú.
Ares se ha detenido un segundo, sin mirarme.
—Porque necesito salir de casa.
—Puedes salir de casa sin acompañarme al supermercado —he insistido, apoyando la taza por fin.
—Y tú puedes aceptar una propuesta sin someterla a un interrogatorio —ha replicado, ya caminando.
He sonreído de lado.
—Podría, pero perdería uno de mis principales encantos.
Ahora, diez minutos después, Ares continúa frente a la mesa examinando la lista como si pudiera descubrir en ella una cláusula oculta.
—Has apuntado detergente dos veces —señala, sin levantar la vista.
Me acerco un paso y miro por encima de su hombro.
—Uno es para la ropa y otro para el lavavajillas.
—Eso explica por qué no debes escribir solo detergente —murmura, doblando la esquina del papel.
—Confío en que la imagen del envase me inspire cuando llegue el momento —respondo, encogiéndome de hombros.
Ares suelta una risa breve, sin humor.
—Un sistema impecable.
—Hasta hoy ha funcionado —digo, apoyándome en la mesa.
Sus ojos se detienen en mí apenas un segundo, lo justo para medir algo que no dice.
La disculpa de anoche sigue entre nosotros.
No ocupa tanto espacio como la discusión, pero tampoco ha desaparecido.
Ares ha dicho que fue un cabrón. Yo he reconocido que ha sido un comienzo decente.
Desde entonces nos movemos con una cautela nueva, como si hubiéramos dejado las armas en la mesa pero aún no supiéramos dónde guardarlas.
Cojo el bolso de la silla y compruebo el móvil.
—Podemos pedir un coche —añado, sin mucha convicción—. No hace falta que vengas si has cambiado de opinión.
Ares niega con la cabeza sin mirarme.
—No he cambiado de opinión.
—Podrías hacerlo —insisto, siguiéndolo hacia el pasillo—. Eres joven. Tienes toda una vida de decisiones equivocadas por delante.
Se detiene en seco.
—Carla.
—Voy —respondo, levantando las manos en señal de rendición.
Salgo tras él. En lugar de dirigirse a la entrada principal, Ares avanza por el pasillo que conduce al garaje. Me detengo un instante en el umbral.
No había entrado todavía.
La casa tiene habitaciones que utilizo sin pensar y otras que he decidido considerar territorio neutral. El despacho de Ares, su dormitorio y el garaje pertenecen a esa categoría. Después de la discusión de la cocina, mi respeto por las fronteras se ha vuelto casi diplomático.
Ares abre la puerta automática y las luces se encienden una tras otra con un zumbido suave.
En el centro del garaje hay un vehículo negro, alto, de líneas demasiado elegantes para algo que probablemente cuesta más que mi antiguo piso.
Me quedo mirándolo.
—¿Es el tuyo? —pregunto, ladeando la cabeza.
Ares gira apenas el rostro.
—No. Lo encontré esta mañana en el garaje y he decidido robarlo.
Resoplo.
—Era una pregunta legítima.
—Vivo solo —responde, señalando el coche con la barbilla—. Hay un coche en mi garaje. Las posibilidades eran limitadas.
—También podría ser de tu madre —insisto, cruzándome de brazos—. Tiene la costumbre de dejar cosas aquí sin preguntar.
Ares suelta una media sonrisa.
—Mi madre deja comida fuera de mi alcance. Los coches suele llevárselos.
Se acerca al lateral del vehículo y pulsa un botón del mando. La puerta se desliza con un zumbido suave. Al mismo tiempo, una plataforma ancha se despliega desde el interior y desciende hasta el suelo, formando una rampa.
Me quedo quieta.
Ares me mira de reojo.
—No pongas esa cara.
—¿Qué cara? —pregunto, aunque ya sé la respuesta.
—La que pondrías si el coche acabara de transformarse en un robot.
—No sabía que hacía eso —murmuro, acercándome un poco.
—Es una rampa —responde, como si eso lo explicara todo.
—Sé lo que es una rampa.
—Tu expresión sugería una experiencia religiosa —añade, divertido.
—Me ha sorprendido —admito.
Ares avanza sobre la plataforma y entra en el vehículo sin ayuda. Dentro no hay asiento convencional: su silla encaja en un sistema de anclaje en el suelo. Maniobra con precisión, asegurándose de que queda fija.
Tira hacia atrás para comprobarlo.
Después ajusta el cinturón.
Todo ocurre con una naturalidad aprendida, sin pausa.
Yo sigo junto a la puerta abierta.
—Puedes subir —dice sin mirarme.
—Estoy observando. —Apoyo una mano en el marco.
Rodeo el vehículo y entro por el lado del acompañante. Me agarro al asidero para subir.
Cuando cierro la puerta, Ares pulsa otro botón y la rampa se pliega. El sonido metálico resuena en el interior.
Miro el salpicadero.
Hay más modificaciones de las que esperaba. Una palanca alargada sustituye los pedales. En el volante hay un pomo giratorio. Todo está dispuesto para su manejo.
Sabía que conducía.
Me lo había dicho en la playa, casi de pasada. Yo lo había archivado sin verlo.
Ares pulsa el botón de arranque. El motor cobra vida.
—Ponte el cinturón —dice sin mirarme.
Obedezco, aunque sigo observando los mandos.
—¿Piensas analizar cada movimiento que haga? —pregunta, arrancando.
—Puede que sí —canto, abrochándome.
—Eso inspira mucha confianza —murmura.
—Estoy intentando entender cómo funciona.
Ares señala la palanca con la barbilla.
—El freno y el acelerador van aquí. El volante es normal. El resto está agrupado en el aro.
Me inclino un poco.
—¿Y si falla el anclaje? ¿Nunca utilizas el asiento normal?
—No en este coche —comenta, sin dudar—. Tendría que desmontar la silla cada vez. Podría, pero esto es más rápido. Y no va a fallar.
Asiento despacio.
—Parece sencillo cuando lo haces tú.
—Lo es cuando sabes hacerlo —afirma, saliendo marcha atrás.
El coche se desliza con suavidad. Antes de incorporarse a la carretera, Ares comprueba espejos, gira el volante con una mano y controla la palanca con la otra.
No hay vacilación ni esfuerzo visible, y mucho menos intención de impresionarme.
Conduce como alguien que conduce. Y aun así, yo sigo mirándolo.
—Vas a conseguir que choquemos solo por intentar averiguar por qué me observas —suelta sin apartar la vista de la carretera—. Llevas dos minutos estudiando mi mano derecha —replica.
—Me interesa el mecanismo —insisto.
—Claro —dice, seco.
—No pongas ese tono —le advierto.
—Mi tono es el que es —responde encogiéndose de hombros.
Miro por la ventanilla para ocultar la sonrisa.
La casa queda atrás. Tomamos la carretera junto al mar. El océano aparece entre edificios como una lámina brillante. Ares lleva gafas de sol. Conduce con el brazo relajado. Está cómodo, pero yo no.
No por la conducción. Por lo que estoy entendiendo demasiado tarde. Nunca pensé que no pudiera conducir. Él me lo dijo. Yo simplemente no lo vi.
Ares baja el volumen de la radio.
—Vas demasiado callada —rompe el silencio.
—Pensaba que te gustaba.
—No cuando es sospechoso —replica.
—Estoy reflexionando.
—Eso nunca es buena señal —murmura.
Me giro hacia él.
—¿Por qué no habías venido conmigo antes?
Ares aprieta el volante un segundo.
—No me lo pediste.
—La primera vez sí —insisto—. Te dije que vinieras y dijiste que preferías lamer una batería.
—Sigo pensando que habría sido más agradable —espeta sin mirarme.
—Entonces, ¿qué ha cambiado? —pregunto. Él mantiene la vista en la carretera.
—Al principio sabía que te fastidiaría.
—Qué considerado —suelto sarcástica.
—Acababas de llegar —continúa—. Te hacía gracia todo. Pensé que sería entretenido verte descubrir la diferencia entre cilantro y perejil.
—Estaban etiquetados —replico.
—Y aun así compraste cilantro —comenta, con una media sonrisa.
—Fue la iluminación —insisto.
—Claro.
Cruzo los brazos.
—¿Y después?
—Después pensé que te vendría bien salir sola.
—¿Para cargar veinte bolsas? —inquiero.
—Para estar fuera de casa —corrige—. No soy idiota, Carla —añade, más serio—. Sé que vivir conmigo no es precisamente relajante. Ir a comprar era tu excusa para salir sin sentir que estabas fallando.
—Podías habérmelo dicho.
—Podías haber salido cuando quisieras —dice él.
—Técnicamente sí.
—Y en la práctica te quedabas organizando cajones —añade.
—Alguien tenía que controlar las cucharas —murmuro.
—Exacto —expone él—. Por eso pensé que unas horas lejos de mí te vendrían bien.
Lo dice ligero, pero no lo es.
—¿Creías que soportarte era un suplicio? —Lo miro de perfil.
Ares me mira un segundo.
—¿No lo es? —consulta.
—Algunos días. Otros no.
—Qué generosa —susurra.
—También hay momentos soportables —añado.
—¿Como ahora?
—Ahora no está mal —admito.
—Me esfuerzo por mantener expectativas bajas.
El coche gira.
—No necesitaba que me dejaras sola —afirmo.
—No he dicho que lo necesitaras.
—Has dicho que me dabas espacio.
—No es lo mismo —corrige.
—Supongo que los dos decidimos demasiado por el otro —indico al fin.
—No uses esto para ganar la discusión de la cocina —responde de inmediato.
—No necesito ganarla —señalo—. Ya la gané.
Se le escapa una risa breve, casi involuntaria, y me descubro mirándolo un segundo de más, como si ese gesto, tan pequeño e inesperado, hubiera desplazado algo sutil dentro de mí y cambiado la forma en que lo veo.
—Y hemos recuperado la normalidad.
—¿Te costó aprender a conducir este coche? —pregunto, cambiando de tema.
—No tanto como pensaba. Lo difícil no fue conducir.
—¿Qué fue? —reclamo.
—Volver a entrar en una carretera.
Su tono cambia.
—Después del accidente, cualquier cosa que no controlara me ponía nervioso, aunque no fuera yo quien estuviera al volante.
Miro sus manos.
—¿Y ahora?
—Ahora prefiero hacerlo yo —dice.
—Sigues sin tener el control sobre los demás coches —concluyo.
—Pero confío en mí, los demás son unos inútiles. —Sonríe apenas.
No pregunto más. Quizá no haga falta. O quizá sí, pero no ahora.
Hay cosas que se intuyen sin necesidad de formularlas: la forma en que ha dicho “después del accidente”, el modo en que sus manos se han tensado un instante sobre el volante, como si el recuerdo todavía tuviera peso físico.
No sé qué ocurrió exactamente —si iba conduciendo, si iba de copiloto, si fue un error suyo o de otro—, pero entiendo lo suficiente como para no empujar la puerta.
Si algún día quiere contarlo, lo hará él.
El supermercado aparece al final de la avenida.
—Hay plazas accesibles —anuncio.
—Gracias. Sin ti habría dado vueltas hasta el cierre.
—Intentaba ayudar —mascullo.
—Narrabas lo evidente.
—Me callo —alego.
Aparca y lo miro.
—¿Qué? —pregunta.
—Nada.
—Tienes otra vez esa cara.
—Estoy pensando —contesto.
—Eso me preocupa.
—Pensaba que la compra era mi responsabilidad —admito al fin.
—No lo es —reconoce.
—También pensé que no podías hacerlo solo —añado. —Lo siento, no debería haber asumido ciertas cosas.
—No tienes que disculparte por no saber.
—No, pero sí por convertirlo en certeza —respondo.
Se quita las gafas.
—No lo conviertas en costumbre.
—Tú tampoco te acostumbres a las disculpas —bromeo.
—Sería peligroso —arrulla—. Vamos, el instinto de supervivencia nos espera.
Abre la puerta y la rampa se despliega.
Cuando baja, no me mira y yo también ignoro cualquier intento de ayudarlo.
Cuando se acerca, le tiendo la lista.
—Tú conduces. Yo organizo —apunto.
—Hoy no.
—¿Qué significa eso?
—Que vamos a seguir mi lista —suelta.
—Esa es la mía —insisto.
—Ya no.
—Ares —lo advierto.
No se detiene.
—Los aguacates fuera —dice.
—No.
—Sí.
—No —repito.
—Se pudren —insiste.
—Se convierten en guacamole —contraataco.
—Cinco minutos antes.
—Eso sigue siendo aprovechable —claudico.
Las puertas del supermercado se abren con un suspiro mecánico.
Ares me adelanta con una rapidez deliberada, casi a traición, y cruza primero el umbral antes de que yo pueda reaccionar.
—Hoy gano yo —murmura sin mirarme.
Y yo lo sigo, pensando que quizá el problema nunca fue lo que yo creía.