24
Ares
Nuestra convivencia ha adquirido una cortesía impecable y desagradable.
Carla pregunta si voy a comer antes de preparar nada.
Yo aviso cuando tengo una videollamada. Nos damos los buenos días, las buenas noches y las gracias con la educación precisa de dos desconocidos que comparten ascensor.
Tampoco ha movido una sola cosa. La pasta sigue en el estante superior, las especias donde mi madre decidió colocarlas y la hoja con las medidas continúa doblada dentro del cajón de mi escritorio.
No sé por qué la guardé. Probablemente por la misma razón por la que no he pedido ayuda para alcanzar nada desde aquella mañana.
La casa está en paz y resulta insoportable.
Estoy en el salón revisando una propuesta para la campaña de una fundación dedicada a la conservación marina cuando aparece al otro lado de la mesa.
Lleva el móvil entre las manos y una expresión cuidadosamente neutra, aunque me apuesto el pescuezo a que lleva varios segundos ensayando lo que va a decir.
Levanto la vista del portátil.
—¿Qué pasa?
—Nada.
—Suéltalo ya.
Suspira, como si le molestara que la lea demasiado bien.
—Amanda quiere venir a verme esta tarde.
—Bien.
—¿Bien? —repite, como si la palabra le supiera rara.
—Bien —confirmo.
Vuelvo a la pantalla, pero no se va. Sigue ahí, quieta, como si hubiera olvidado cómo ocupar el espacio sin pedir permiso.
—¿Te molesta? —pregunta al fin.
—¿Que venga Amanda?
—Es tu casa.
Esa frase siempre me golpea distinto cuando la dice ella. Tu casa. Como si estuviera de paso en algo que, sin embargo, ya ha empezado a cambiar de forma.
Hace tres días habría agradecido esa distancia. Hoy por alguna razón que desconozco, me irrita.
—No tienes que pedirme permiso para ver a nadie.
—No es eso —dice rápido—. Es que… no quiero que pienses que voy a traer a medio mundo sin avisar.
—Conozco a Amanda.
—La has visto cuatro veces.
—Cinco.
Carla me mira, desconfiada.
—¿Cinco?
—Habla demasiado. Es difícil no recordarla.
Una sonrisa intenta escapársele, pero la contiene a tiempo. Aun así, la veo. Y algo en el pecho se me afloja.
—Entonces… ¿puede venir?
Cierro el portátil.
—Carla, has cruzado medio mundo. Has dejado tu trabajo, tu casa, tu vida entera. No voy a ponerme a controlar quién te ve o deja de verte. Si alguien te hace sentir un poco más en casa aquí, mejor.
Me mira, intentando decidir si esto es real o un error de cálculo.
—No sabía que eras capaz de decir cosas razonables seguidas —murmura.
—No te acostumbres.
—¿Debería llamar a un médico?
—Deberías aprovechar antes de que se me pase.
Esta vez sí sonríe. Poco, breve, pero suficiente para cambiar el color de la sala.
—Vendrá sobre las cinco.
—De acuerdo.
—Prometo que no vamos a molestar.
—No he dicho que no me molestéis.
—Tu cara lo ha insinuado bastante fuerte.
—Mi cara es así.
—Sí, eso ya lo he sufrido. —Se da la vuelta antes de que pueda responder. La sigo con la mirada hasta que desaparece por el pasillo, y tardo demasiado en volver al trabajo.
A las cuatro y media, Carla empieza a comportarse como si fuera a recibir a una jefa de estado.
Abre ventanas. Cierra ventanas. Coloca cojines. Los descoloca. Limpia superficies que ya están limpias. Saca galletas, las mira con desconfianza y luego las sustituye por fruta como si eso fuera una decisión moral.
La observo desde el comedor.
—Amanda viene a verte a ti, no a inspeccionar la casa —digo cuando la veo pasar el paño por tercera vez en el mismo sitio.
—No estoy nerviosa.
—Has alineado las servilletas.
—Estaban mal.
—Son servilletas.
—Son cuadrados de papel con cierta dignidad, Ares.
Lleva unos vaqueros sencillos y una blusa amarilla que no le había visto. El pelo suelto, aún con algo de humedad. No está arreglada. Pero hay algo en ella hoy… más desprendido. Como si la idea de Amanda hubiera abierto una ventana dentro de ella que yo no sabía que estaba cerrada.
—¿Vas a quedarte ahí mirándome toda la tarde? —pregunta sin girarse.
—Vivo aquí.
—Ya, pero podrías fingir que trabajas en otro sitio.
—Podría.
—O desaparecer.
—También.
—Estás disfrutando esto. —Me mira por encima del hombro.
—Mucho —le digo con media sonrisa.
El timbre suena antes de que pueda seguir provocándola.
Carla deja el paño como si se le hubiera olvidado que lo tenía en la mano y cruza el salón casi corriendo.
Abre.
Amanda entra como un vendaval: bolsa enorme, gafas de sol, flores medio aplastadas y una energía que parece no caber en la puerta.
—¡Española fugitiva!
—¡Americana insoportable!
Se abrazan con fuerza.
No es un saludo rápido. Es un choque real. Amanda la aprieta para comprobar que sigue ahí. Carla se permite aflojar. Literalmente. Los hombros bajan, la mandíbula se relaja y la alarma que parecía encendida dentro de ella deja de sonar.
—Has tardado siglos —dice Carla al separarse.
—Cuarenta minutos. En California cuenta como llegar antes de tiempo.
—Me prometiste la primera semana.
—Y tú prometiste no volver a confiar en jefes con cara de villano de serie.
Amanda me mira entonces.
—Sin ofender.
—Lo has dicho mirándome directamente —apunto.
—Me gusta la claridad.
Carla se ríe. No como conmigo, con esa cautela que convierte cada reacción en algo medido, sino de forma abierta, sin comprobar antes cómo será recibida.
Y me molesta no haberla escuchado antes.
—He traído comida. — Amanda deja la bolsa en la mesa.
Carla asoma dentro.
—Esto alimenta a un ejército.
—No sabía si él comía —dice Amanda, señalándome.
—Estoy aquí —respondo.
—Perfecto. Así no hay dudas.
—Como siempre —añade Carla—. Sobrevive a base de café y mala educación.
Amanda me observa.
—Eso me lo habían advertido.
—Me alegra ser consistente.
—No tienes intimidad —dice Amanda—. Nuestras madres hablan demasiado.
—Eso explica mi trauma. —Pongo los ojos en blanco. Amanda sonríe como si ya me hubiera evaluado.
—Estás mejor de lo que esperaba.
—¿Qué esperabas?
—Un ermitaño. O un cadáver funcional.
—No puede ser ambas cosas —interviene Carla.
—Depende del lunes —respondo.
Carla suelta una risa corta. Y otra vez, no es la misma risa.
Las dos desaparecen hacia la cocina, ajenas al resto de la casa.
Hablan rápido, mezclando idiomas, interrumpiéndose y riéndose antes de terminar las frases.
Carla completa las historias de Amanda y ella la corrige con la familiaridad de los años.
Yo me quedo en la mesa. Intento trabajar, pero no lo consigo.
—¿Te acuerdas del camarero de Valencia? —pregunta Amanda.
—¿El que pensaba que tortilla de patatas era una categoría filosófica? —responde Carla.
—Ese. Me escribió.
Carla se gira.
—No.
—Sí.
—¿Después de seis años?
—Exacto.
—¿Y qué quería?
—Saber si seguía en Londres.
—Nunca has vivido en Londres.
—Lo sé.
Carla se lleva una mano al pecho.
—Eso es amor verdadero. Resiste la geografía y la información básica.
Se ríen y yo bajo la vista al portátil sin leer nada.
La Carla que conozco es otra. Más contenida. Más vigilante. Como si cada palabra tuviera que pasar un control de seguridad antes de salir de su boca.
Se ríe otra vez y descubro que llevo toda la tarde esperando que alguna de esas risas también sea para mí.
Mierda.
—Ares —dice Amanda.
Levanto la vista.
—¿Qué?
—¿Vas a comer o solo vas a observarnos como si fuéramos un experimento social?
—Estoy trabajando.
—Estás mirando una pantalla vacía —dice Carla.
—Es un documento complejo.
—Tiene tres páginas, puedo verlo desde aquí —añade Amanda.
—Muy complejas.
Carla suelta una risa breve. Y esta vez me doy cuenta de algo peor: me encanta cuando se ríe así.
—Tu madre exagera —dice Amanda—. Dice que no hablas.
—Habla —corrige Carla—. Solo cuando es estrictamente necesario.
—Eso no es un defecto —dice Amanda.
—Depende de a quién le preguntes —respondo.
Carla me mira un segundo.
—A él le gusta pensar que es un defecto.
No sé por qué esa frase me deja quieto.
—Interesante dinámica. — Amanda sonríe.
—No empieces —dice Carla.
—No he empezado nada.
—Tu cara sí lo ha hecho.
—Mi cara es honesta.
Levanto la vista justo cuando Carla me señala y vuelve a reírse. Amanda observa el intercambio con una sonrisa demasiado informada.
—¿Ves? Ya te está copiando.
—Tal vez siempre fui así —respondo.
—Qué miedo —dice ella.
Y se ríe otra vez.
Nos sentamos a comer en la terraza. Amanda habla, Carla responde, Amanda interrumpe, Carla la corrige. Yo escucho más de lo que participo.
Y descubro cosas que no sabía que no sabía.
Dublín. Karaoke. Universidades. Noches que no me pertenecen.
Me jode descubrir cuánto de Carla todavía no conozco.
No porque quiera ocupar nada. Sino porque me doy cuenta de que he estado conviviendo con una versión de ella cuidadosamente reducida. Como si alguien hubiera bajado el volumen de todo lo que la hace… ella.
Y no sé si fui yo quien lo hizo.
—Voy al baño —dice Amanda.
Cuando se va, el silencio cae y Carla juega con una miga de pan antes de hablar:
—Gracias por dejarla venir.
—No tienes que agradecerlo.
—Ya.
—Te ha venido bien verla —digo.
—Sí —responde—. Amanda hace que todo parezca menos grave.
—Hablas distinto con ella.
Levanta la vista.
—¿Distinto cómo?
Busco palabras.
—Más… tú.
—Eso no significa nada.
—Te ríes más.
—Tú no me das motivos para hacerlo —acusa.
—Te ríes de mí bastante.
—Eso es terapia.
No puedo evitar una sonrisa leve.
—No sabía lo de Dublín.
—Nunca has indagado sobre mi vida.
—Ni lo del karaoke…
Me mira con una chispa divertida.
—¿Qué pasa con el karaoke?
—Amanda ha contado que te subiste a una mesa en un pub de Dublín con una corona de plástico y cantaste I Want to Break Free mientras todo el local coreaba tu nombre.
—No me subí a una mesa. Era un banco.
—Eso cambia por completo la historia —ironizo.
—Y la corona era de una despedida de soltera. Me la prestaron.
—Claro. La famosa corona comunitaria.
Se le escapa una sonrisa.
—Había bebido.
—Eso ya lo había deducido.
Lo que no digo es que llevo toda la tarde intentando imaginarla allí: despeinada, desafinando y riéndose sin importarle quién estuviera mirando. Amanda conoce a esa Carla. Yo solo he visto pequeños destellos antes de que vuelva a esconderla.
Y me molesta no haber estado allí, aunque en aquel momento ni siquiera supiera que existía.
—¿Te molesta no saber esos detalles de mí?
—No.
—Sí —insiste ella.
—Un poco —admito.
Carla ladea la cabeza.
—Llevo trece días aquí, Ares. No puedes conocerme.
—Catorce —la corrijo.
—¿Qué?
—Llevas catorce días aquí.
Amanda vuelve antes de que el momento se vuelva más peligroso.
—¿Me he perdido algo?
—Ares está descubriendo que no soy un personaje estático —dice Carla.
—Dale tiempo —responde Amanda—. Los hombres tardan en procesar que el mundo no empieza cuando ellos llegan.
—No es eso.
—Claro que no —dicen las dos a la vez.
Se miran y se ríen. Y decido, sin querer, que Amanda me cae ligeramente mal.
La tarde pasa entre comida, historias y cartas con reglas que cambian según quién va perdiendo. Yo gano dos veces. Ambas deciden que es ilegal.
Cuando Amanda se levanta, ya es tarde.
—Me voy antes de que el tráfico me haga replantearme mi existencia.
Carla la acompaña a la puerta. Se abrazan otra vez. Esta vez más suave. Amanda le susurra algo. Carla niega, pero sonríe.
—Cuídala —me dice Amanda al pasar.
—No necesito que me cuiden.
—Lo sé —responde Amanda—. Pero alguien tiene que evitar que mates a tu jefe.
—En ese caso, debería cuidarlo a él.
—Buen punto.
Me mira.
—Intenta no ser un idiota.
—No prometo nada —digo con una mueca.
—Me vale con el esfuerzo.
Carla empieza a recoger y yo la ayudo llevando algunos platos al fregadero.
Lo hacemos en silencio. La risa que ha llenado la casa durante toda la tarde parece haberse marchado con Amanda y, sin ella, Carla vuelve a apagarse poco a poco.
Los hombros se le vencen, los movimientos pierden ligereza y esa versión luminosa que acabo de descubrir se repliega otra vez detrás de la cautela.
Amanda le había devuelto durante unas horas algo que yo llevo tres días empeñado en quitarle.
Y la certeza de que soy parte de la razón por la que vuelve a encerrarse en sí misma me hace sentir como un auténtico capullo.
Cuando dejamos todo más o menos decente, Carla anuncia que se va a la cama.
—Espera.
Se gira sin una expresión concreta.
—Lo del otro día… —empiezo.
—No hace falta.
Respiro.
—Fui un imbécil.
—Eso ya lo sabías.
—Sí. Pero lo fui contigo, y no estuvo bien. No sé qué te pasó en España, ni cómo fue ese infierno que describiste —digo—. Pero no tenía derecho a usarlo para herirte, y me consta que lo he hecho dos veces.
—No, no lo tienes —responde.
—Lo sé. Y aun así lo hice.
Carla baja la mirada.
—No fue en sí lo que dijiste. Fue que supiste exactamente dónde estaba la herida… y no te apartaste. Sabías que dolía.
—No se me da bien pedir perdón —expongo.
—Ya.
—Pero esto… lo siento.
No suena bien. No suena suficiente. Pero es lo único que tengo.
Carla me observa como si intentara decidir si creerme o no.
—No sabes lo que me hizo —dice.
—No.
—Entonces no puedes estar seguro de estar pidiendo perdón.
—Sí puedo.
No sé por qué lo digo con tanta certeza.
Algo en su expresión cambia.
No se rompe y tampoco se abre del todo, pero siento que deja de estar cerrada a cal y canto.
—No te perdono todavía.
—Lo entiendo. —Asiento.
—Pero… —añade, casi sin mirarme— ha sido un comienzo decente.