23
Carla
Han pasado tres días desde la discusión de la cocina y Ares y yo nos hemos convertido en dos personas extraordinariamente educadas.
Es horrible.
Nos damos los buenos días. Pregunto si va a comer y él responde con frases completas, pero estrictamente funcionales.
Si necesita algo que está fuera de su alcance, espera a que yo abandone la habitación para buscar una solución por su cuenta.
Yo no vuelvo a abrir un armario que no sea necesario y he desterrado la libreta al fondo de mi maleta, debajo de dos jerséis que no pienso utilizar en California.
No discutimos. Tampoco nos reímos.
La casa está tan tranquila que a veces tengo la impresión de que cualquiera de los dos podría desaparecer y el otro tardaría horas en notarlo.
Estoy en mi habitación, mirando una oferta de trabajo que no pienso solicitar, cuando el nombre de Amanda aparece en la pantalla del móvil.
Se me escapa una sonrisa antes de responder.
—Como vuelvas a decirme que tardarás unos días, voy a denunciar tu desaparición.
Su cara aparece demasiado cerca de la cámara. Lleva unas gafas de sol enormes y detrás de ella se distingue el interior de un coche.
—Puedes cancelar la búsqueda. He vuelto.
Me siento en la cama de golpe.
—¿Ya estás en la ciudad?
—Acabo de llegar. Bueno, técnicamente llegué anoche, pero después del viaje tenía el atractivo y las capacidades cognitivas de una patata hervida.
—No noto ninguna diferencia.
—Yo también te he echado de menos.
La alegría me sube por el pecho con tanta rapidez que durante un instante casi me avergüenza.
Llevo menos de dos semanas aquí, pero escuchar que Amanda ha vuelto hace que California deje de parecer un lugar en el que solo conozco a mi jefe, a su madre y al repartidor que insiste en pronunciar mi apellido como si estuviera estornudando.
—¿Cuándo nos vemos? —pregunto.
—Esta tarde.
—¿Esta tarde?
—Sí. Hemos aplazado ese café demasiados días y necesito comprobar en persona que sigues teniendo todas las extremidades.
—De momento, sí.
—¿Y la paciencia?
—Esa murió el primer día.
Amanda se ríe y el sonido me resulta tan familiar que algo dentro de mí afloja. No sabía cuánto necesitaba oírla sin una conexión defectuosa, sin calcular la diferencia horaria y sin que estuviera a punto de marcharse a una reunión.
—Podemos quedar en aquella cafetería de la playa —propongo—. La que me enviaste antes de venir.
Amanda hace una mueca.
—Podemos. Aunque me apetece conocer la casa.
La alegría se detiene a medio camino.
—La casa.
—Sí, Carla. Ese lugar con paredes en el que llevas viviendo casi dos semanas.
—Sé lo que es una casa.
—A veces no estoy segura. —Miro hacia la puerta cerrada de mi habitación.
—No sé si es buena idea.
—¿Por qué?
—Porque no es mía.
—Vives ahí.
—Trabajo aquí.
—Duermes ahí.
—El alojamiento forma parte del contrato.
—Tienes tus bragas guardadas en un cajón de esa casa. Eso te concede cierto derecho territorial.
—No creo que la legislación funcione así.
—Debería. —Amanda se quita las gafas y me observa a través de la pantalla—. Además, quiero ver a Ares.
—¿Para qué?
—Para comprobar si continúa teniendo el mismo carácter encantador.
—Puedes ahorrarte el desplazamiento. Ha empeorado.
—Mi madre no deja de preguntarme por vosotros.
—Así que vienes como espía.
—Prefiero el término observadora neutral.
—Ninguna persona que te conozca utilizaría la palabra neutral para describirte.
—También tengo curiosidad —admite—. Quiero ver cómo os lleváis.
—Mal —la respuesta sale demasiado deprisa y Amanda ladea la cabeza.
—La última vez que hablamos dijiste que empezabais a entenderos.
—Aquello fue antes.
—¿Antes de qué?
Aparto la vista del teléfono y fijo la atención en una arruga de la colcha. Podría contarle lo ocurrido. Decirle que intenté adaptar la cocina, que Ares lo interpretó como una lista de sus limitaciones y que terminamos lanzándonos verdades con la intención precisa de hacer daño.
Sobre todo, podría repetirle lo que me dijo sobre España y sobre haber escapado para que nadie pudiera alcanzarme.
No lo hago.
Decirlo en voz alta le concedería un peso que llevo tres días intentando quitarle.
—Discutimos.
—¿Por la cocina?
Levanto la mirada.
—¿Cómo sabes que fue por la cocina?
—Porque te conozco. Llevas once días allí y seguramente ya has intentado reorganizar la despensa, cambiar las cortinas y abolir algún electrodoméstico que no respetaba tus principios.
—Solo la cocina.
—Dios bendiga a Ares por seguir vivo.
—No tiene gracia.
Amanda abandona la sonrisa.
—¿Qué ocurrió?
—Pensó que intentaba arreglarlo.
—¿Y tú qué intentabas hacer?
—Arreglar la cocina, no a él.
—No es lo mismo.
—Eso le dije. Acabamos expresando cosas que no debíamos —añado.
—¿Qué te dijo?
—Nada que importe.
—Si no importara, no tendrías esa cara.
—¿Qué cara?
—La que ponías cuando tu ex te convencía de que una discusión había sido culpa tuya y después intentabas explicármela sin utilizar la palabra discusión.
La comparación me tensa.
—Ares no es él.
—No he dicho que lo sea.
—Pues no los compares.
—Tampoco lo he hecho. Te estoy comparando a ti contigo.
Cierro los ojos un instante.
—Amanda…
—Vale. No voy a presionarte.
Lo agradezco, aunque la facilidad con la que retrocede me hace sentir peor.
—Solo fue una bronca —digo—. Bastante fea, pero una bronca. Desde entonces nos tratamos con una educación maravillosa. Parecemos dos diplomáticos negociando la custodia de un caballo.
—Eso tiene que estar volviéndote loca.
—Empiezo a echar de menos cuando me gruñía.
—Lo sabía.
—No lo digas como si fuera algo bonito.
—No lo es. Es preocupante.
Le enseño el dedo corazón y Amanda recupera la sonrisa.
—Entonces iré a verte.
—¿No acabas de escuchar nada de lo que he dicho?
—Todo. Precisamente por eso. Te vendrá bien ver una cara amiga y a mí me apetece saludar a Ares. Hace tiempo que no lo veo en persona.
—Puede que no quiera visitas.
—Pregúntaselo.
La idea se instala en mi estómago como una piedra.
Preguntárselo.
Palabras sencillas que deberían consistir en entrar en el salón, abrir la boca y esperar una respuesta.
Sin embargo, llevo tres días procurando no ocupar más espacio del necesario.
No toco sus cosas, no sugiero cambios y no entro en una habitación sin anunciarme antes.
Incluso he empezado a cerrar la puerta de mi dormitorio, como si necesitara recordarnos a ambos qué parte de la casa me corresponde.
—Podemos quedar fuera —propongo.
—Podemos —acepta Amanda—. Pero preferiría ir allí. Llevaré comida y me comportaré como una adulta responsable.
—Eso último demuestra que estás mintiendo.
—Pregúntale. Si dice que no, nos vemos en otro sitio.
—Es su casa.
—Y por eso vas a preguntarle, no a falsificar las escrituras.
Resoplo. Tiene razón, lo cual empeora considerablemente la situación.
—¿A qué hora vendrías?
La sonrisa de Amanda se ensancha.
—A las cinco.
—Todavía no he dicho que puedas venir.
—Perfecto. Te llamaré después para que me cuentes qué cara ha puesto.
—La de siempre.
—¿La de modelo enfadado al que le deben dinero?
—Esa misma.
—Me cae bien.
—Porque no vives con él.
—Tú tampoco parecías muy disgustada la última vez que hablamos. —Las cejas se le levantan por encima de las gafas.
No debería haberle contado a Amanda que Ares tiene unos brazos capaces de hacer perder la fe en las decisiones sensatas y unos abdominales que parecen esculpidos por alguien con demasiado tiempo libre.
En aquel momento necesitaba compartir el descubrimiento con otra persona para asegurarme de que no había sido una alucinación provocada por el jet lag.
Ahora que ella quiere verlo en persona, empiezo a comprender que algunos informes deberían permanecer confidenciales.
—Adiós, Amanda.
—A las cinco.
Cuelgo antes de que pueda añadir algo peor.
La pantalla se oscurece y mi reflejo ocupa su lugar. Sigo sonriendo un poco. Amanda ha vuelto. Está aquí, en la misma ciudad, a una distancia que puede recorrerse en coche y no en once horas de avión.
Quiero verla. Lo necesito más de lo que estoy dispuesta a reconocer y ahora tengo que preguntárselo a Ares.