Epílogo #2
—¿Podemos comer? Tengo curiosidad por saber si el sabor es tan preocupante como el aspecto.
Ares la fulmina con la mirada. Todos probamos el estofado a la vez.
La carne está dura. Las verduras se han rendido por completo y la salsa tiene un sabor dulzón que enseguida da paso a algo amargo.
Mastico despacio, intentando encontrar una reacción que no destruya el orgullo del hombre al que amo.
Noah deja los cubiertos. Maya bebe vino. Amanda mira la bolsa con la comida de emergencia.
Ares prueba su propia creación. Su expresión se inmoviliza.
—Bueno —dice al fin—. No es exactamente como esperaba.
—¿Qué esperabas? —pregunta Noah—. ¿Que fuera comestible?
—Cállate.
—Yo creo que tiene posibilidades —interviene Maya.
Todos la miramos.
—¿De qué? —pregunta Amanda—. ¿De ser analizado por las autoridades sanitarias?
Ares vuelve a probar la salsa, como si el segundo bocado pudiera reparar el primero.
—Está un poco dulce.
—Y amarga —añado.
—Y la carne ha desarrollado un mecanismo de defensa para no ser masticada —dice Noah.
Ares aparta el plato y mira la pizza que Noah ha dejado junto a la pared.
Hace un año, un fracaso como este habría arruinado la noche.
No por la comida, sino por todo lo que habría representado para él.
Habría interpretado nuestras bromas como lástima, habría insistido en que nos lo comiéramos y, cuando nos negáramos, habría pasado el resto de la cena castigándonos con su silencio.
Ahora resopla.
—Noah.
—¿Sí?
—Trae la pizza.
—Sabía que este momento llegaría. —Su amigo se levanta con una sonrisa triunfal.
—Prométeme que este estofado será un secreto familiar.
—Voy a contarlo en tu funeral.
—Morirás antes que yo.
—Si sigues preparando estas cenas para nosotros, seguro.
Terminamos comiendo pizza, comida china que ha traído Amanda y dejando el estofado en el centro de la mesa como una advertencia.
La tarta de Maya lleva escrito mi nombre con letras torcidas, porque Noah intentó ayudar a decorarla y, según ella, debería tener prohibido acercarse a una manga pastelera.
Amanda propone un discurso sobre la importancia de mi apartamento para la recuperación de su vida sexual.
—Fueron siete meses maravillosos —dice—. Podía llevar a alguien a casa sin tener que mandarle un mensaje previo. Las paredes de mi apartamento son decorativas.
—No necesitamos detalles —interviene Ares.
Amanda lo mira con una sonrisa.
—Tú eres el principal beneficiado de que se haya mudado aquí. Un poco de gratitud.
—Te estaré eternamente agradecido.
—Deberías pagarme una comisión.
—Ya te he dado de cenar.
Amanda señala la comida de emergencia.
—Esto lo hemos pagado nosotros.
Nos reímos hasta que me duele el estómago.
Más tarde, Maya me pregunta cuándo tendré que viajar a España para reunirme con la editorial.
Le explico que todavía no hay fechas, que muchas cosas se harán por videollamada, aunque es probable que tenga que pasar allí una semana cuando se acerque la publicación.
Miro a Ares y él también me mira.
—Tendremos que comprar los billetes con tiempo —dice—. Los precios se disparan.
—¿Tendremos?
—Claro, los tuyos y los míos para reunirme contigo el último fin de semana. Si quieres. —Me sonríe, pero espera mi respuesta. Siempre espera mi respuesta.
—Quiero.
Noah empieza a hablar de hoteles accesibles en Barcelona y Amanda decide que también debería viajar, aunque nadie la ha invitado.
Maya se apunta de inmediato y, en menos de cinco minutos, mi viaje de trabajo se ha convertido en unas vacaciones colectivas que incluyen una ruta gastronómica, dos museos y una discusión sobre si Ares será capaz de sobrevivir a un vuelo tan largo sin insultar a alguien.
Cuando todos se marchan, la casa queda llena de copas vacías y platos manchados.
Cierro la puerta detrás de Amanda y regreso al comedor.
Ares está junto a la mesa, contemplando la olla.
—Deberíamos tirarlo —dice.
—La intención era buena.
—La intención no se mastica.
Me acerco y me siento sobre sus piernas. Él me rodea la cintura y apoya la frente contra mi hombro.
—Quería hacer algo especial por ti.
—Lo has hecho.
—Hemos terminado comiendo pizza y tallarines.
—Con las personas que queremos. No todos los planes tienen que salir bien para que la noche sea perfecta.
—Eso ha sido muy de escritora.
—Acostúmbrate.
Lo beso despacio. Cuando nos separamos, apoyo la frente contra la suya.
—Te quiero.
—Yo también te quiero.
Mañana él irá a nadar con Noah y yo pasaré la mañana corrigiendo el manuscrito.
Por la tarde quizá discutamos porque querrá organizar mi viaje antes de que yo haya firmado nada.
Algún día volverá a encerrarse en sí mismo y tendré que recordarle que no puedo adivinar lo que necesita.
Yo trabajaré hasta demasiado tarde y él tendrá que decirme que está enfadado en lugar de fingir que no le importa.
Nos equivocaremos. Pediremos perdón. Y aprenderemos a querernos también cuando no sepamos hacerlo bien.
—La próxima vez cocinas tú —apunta—. ¿Quieres café?
Lo miro durante unos segundos.
—¿Del tuyo?
—Sí.
Debería decir que no. En lugar de eso, dejo que me lleve hasta la cocina y observo cómo sirve dos tazas con la solemnidad de quien está a punto de demostrar algo importante. Cojo la mía, soplo y pruebo un sorbo.
Está aguado, amargo y apenas caliente. Él me observa, expectante. Dejo la taza sobre la encimera.
—Joder, Ares. Está malísimo.