21
Carla
El agua empieza a calentarse mientras busco la pasta en uno de los armarios superiores.
Sé que hay un paquete de macarrones en alguna parte porque lo he visto esta mañana, aunque la lógica utilizada para organizar esta cocina continúa siendo un misterio.
Las cosas que Ares usa con frecuencia están repartidas entre cajones bajos y estantes a los que no puede llegar, como si quien los colocó hubiera querido convertir cada comida en una búsqueda del tesoro.
Me pongo de puntillas y aparto una bolsa de arroz. El paquete aparece detrás del orégano, refugiado en el fondo del armario con la seguridad de quien sabe que su propietario jamás podrá exigirle responsabilidades.
Ares habla por teléfono en el salón. No necesito escuchar a la persona que está al otro lado para saber que es su madre; su voz adquiere con ella un cansancio particular, una mezcla de paciencia gastada y afecto mal disimulado que no utiliza con nadie más.
—Sigue aquí —dice.
Me detengo un instante con el brazo extendido.
No sé qué le habrá preguntado la señora Sutton, pero empiezo a sospechar que ese «aquí» soy yo.
Desde que llegué, sus llamadas terminan girando alrededor de mi presencia con la persistencia de una cuchara dentro de una taza.
Ella quiere saber si su hijo me permite ayudarlo y Ares quiere averiguar por qué me ha contratado.
Yo me conformaría con que alguno de los dos recordara incluirme en la conversación.
Consigo sacar la pasta y, cuando bajo el brazo, descubro que Ares me observa desde el salón. Tiene el teléfono pegado a la oreja y una expresión que reconozco demasiado bien. Es la cara que pone cuando está hablando de mí y preferiría que yo no supiera cuánto le irrita mi existencia.
Levanto el paquete como si acabara de conquistar una cima.
Ares no sonríe, aunque algo se mueve en las comisuras de su boca antes de que vuelva la atención a la llamada.
—Hoy ha bajado unos macarrones de un estante —lo escucho decir—. No sé cómo he sobrevivido tantos años sin ella.
Arqueo una ceja.
No alcanzo a oír la respuesta de su madre, pero espero que le recuerde que también le bajé el arroz, una sartén y el bote de café. Si va a reducir mi contribución a esta casa a mi capacidad para alcanzar objetos, al menos debería presentar un informe completo.
Dejo los macarrones sobre la encimera y compruebo el agua. Todavía no hierve, así que aprovecho para sacar dos platos. Solo reparo en lo que he hecho cuando ya están uno junto al otro.
Durante los primeros días cocinaba exclusivamente para mí.
Ares aparecía poco después, miraba mi comida con el disimulo de un perro hambriento y se preparaba cualquier cosa mientras fingía que aquello era exactamente lo que le apetecía.
Ahora pongo agua para los dos sin preguntarle y él se come lo que preparo sin reconocer que esperaba que lo hiciera.
Hemos convertido las comidas compartidas en una sucesión de accidentes demasiado frecuentes para seguir pareciendo casuales.
Desde el salón me llega otra de sus respuestas.
—¿También le pagas un suplemento por soportarme?
No puedo evitar sonreír. La pregunta confirma que están hablando de mí, pero también que la señora Sutton acaba de reprenderlo. Bien por ella.
Abro la nevera y busco algo que añadir a la pasta mientras la conversación continúa amortiguada por la distancia. Ares baja la voz en algunos momentos y en otros guarda silencio, probablemente porque su madre está utilizando uno de esos argumentos que él no puede desmontar con una grosería.
—Le he dado once días —suelta de pronto.
Cierro la nevera más despacio.
Once días.
Lo pronuncia como si hubiera marcado cada uno de ellos en una pared, esperando que al llegar a cierta cifra yo revelara por fin la utilidad secreta que justificaba mi presencia.
No puedo reprochárselo. Yo también los he contado, aunque por razones diferentes: todavía no sé cuál es exactamente mi trabajo.
No es una exageración nacida del aburrimiento, aunque a estas alturas el aburrimiento ya se ha instalado conmigo y probablemente también figure en la nómina.
La señora Sutton me contrató para ayudar a su hijo durante una temporada, me habló de acompañamiento, de ciertas tareas cotidianas y de un periodo de adaptación que, según ella, requeriría paciencia por ambas partes.
Lo explicó todo con la serenidad de las personas que conocen el final de una historia y disfrutan viendo cómo los demás avanzan a tientas por los primeros capítulos.
Yo llegué preparada para trabajar. Ares, en cambio, parecía convencido de que mi presencia era una ocurrencia extravagante de su madre que desaparecería si la ignoraba durante el tiempo suficiente.
Ares entra en la cocina justo cuando el agua empieza a hervir y la tapa de la olla tiembla con pequeños golpes impacientes.
Ha terminado la llamada, pero conserva esa expresión ligeramente crispada que siempre le deja hablar con su madre, como si cada conversación con ella removiera muebles en habitaciones de su cabeza que preferiría mantener cerradas.
Echo los macarrones en el agua y remuevo antes de mirarlo.
—¿Tu madre quería saber si sigo viva?
—Quería saber si eres útil.
—¿Y qué le has dicho?
Ares mira la caja de pasta que he dejado sobre la encimera.
—He hablado maravillas de ti.
—Me alegra que al fin se reconozca mi talento. No cualquiera puede enfrentarse a un armario de metro ochenta y salir victoriosa.
Sonrío mientras busco una sartén. Está en el armario inferior, así que esta vez no puedo utilizar mi extraordinaria altura como argumento para solicitar un aumento.
Cuando vuelvo a incorporarme, Ares ya ha apartado la mirada, aunque todavía queda algo parecido a una sonrisa en la comisura de su boca.
Dura tan poco que podría haberlo imaginado.
—¿Piensas quedarte ahí supervisando o vas a ayudar? —inquiero.
—Creía que la profesional eras tú.
—Mi especialidad son los estantes. La cena queda fuera de mis competencias.
Ares se acerca a la encimera y abre la nevera. Saca unos tomates, un trozo de queso y el recipiente donde guardamos media cebolla desde ayer.
—Eso no son ingredientes para una salsa decente, esa media cebolla es la que guardamos ayer y no tiene muy buena pinta —le advierto.
—Todavía no es ninguna salsa.
—Me tranquiliza tu fe en el proceso.
—Y a mí me preocupa que hayas dicho guardamos .
Tardo un instante en comprender que he pronunciado la palabra en voz alta.
—No he dicho guardamos .
—Lo has dicho.
—No, y será mejor que te revisen el oído —miento deliberadamente.
Ares deja los ingredientes sobre la encimera sin molestarse en discutir. Ese silencio satisfecho resulta bastante más irritante que cualquiera de sus respuestas, porque significa que sabe que tengo razón y ha decidido permitirme conservar la poca dignidad que me queda.
Me concentro en la pasta. El vapor sube hacia mi cara y me obliga a apartar un mechón que se ha soltado del moño.
Cuando vuelvo a mirar a Ares, lo encuentro cortando los tomates con movimientos precisos y los brazos por encima de su cabeza.
No le pregunto si necesita ayuda. Hace varios días que he aprendido a esperar hasta que la petición llegue, si es que llega, y a no convertir cada una de sus acciones en una prueba que deba superar ante mí.
—¿Tu madre te ha explicado alguna vez por qué me contrató? —curioseo.
El cuchillo se detiene un segundo.
—No.
—¿Se lo has preguntado?
—Todos los días.
—Quizá espera que lo averigüemos solos.
—Mi madre sobreestima el atractivo de los misterios.
—O disfruta torturándote.
—Eso no lo descarto.
Sigo removiendo mientras él vuelve a cortar.
La encimera le queda un poco alta y tiene que acercar la silla hasta que las rodillas casi rozan el mueble.
Inclina el cuerpo hacia delante para trabajar con cierta comodidad, aunque la postura se ve forzada y cada pocos cortes necesita apoyarse en el borde para recuperar el equilibrio.
Mi primer impulso es acercarle la tabla, pero me contengo. Empiezo a entender que dejarlo hacer también puede ser una forma de ayudar. Así que mantengo la vista en la olla y finjo no advertir el esfuerzo que esconde detrás de unos movimientos deliberadamente precisos.
Trabajamos en un silencio extraño, pero no incómodo. La cocina se llena del borboteo del agua, el roce irregular del cuchillo contra la tabla y el siseo de la cebolla al caer sobre la sartén. Son sonidos pequeños, domésticos, que se acomodan entre nosotros sin pedir permiso.
Casi parece que llevamos mucho más de once días haciendo esto.
La idea me inquieta lo suficiente para buscar algo que decir.
—Si no necesitas una asistente, podrías hablar con ella y terminar el contrato.
Ares baja la intensidad del fuego.
—Podría.
Espero algo más, pero se limita a echar los tomates en la sartén. El aceite protesta al recibirlos y una gota salta cerca de su cara.
—¿Y? —insisto.
—¿Y qué?
—¿Piensas hacerlo?
Ares remueve la salsa con una cuchara de madera, tomándose demasiado tiempo para contestar.
—Mi madre ya te ha pagado el mes.
—Eso no responde a la pregunta.
Levanta la mirada y durante unos segundos nos observamos. No parece enfadado, pero hay cierta cautela en sus ojos, como si sospechara que cualquier respuesta sincera podría moverse bajo sus pies.
—Si quieres marcharte, puedes hacerlo —dice al fin.
La frase roza algo dentro de mí, pero esta vez no consigue abrirlo. Quizá porque no suena a una invitación para que me vaya, sino a una puerta que Ares deja abierta para no tener que preguntarme si pienso quedarme.
—No he dicho que quiera marcharme.
Dejo la frase suspendida en el aire mientras apoyo la cadera contra la encimera, cruzándome de brazos.
—Tampoco has dicho que quieras quedarte.
Ares remueve la salsa con la cuchara de madera, sin mirarme de inmediato. El gesto es lento, casi calculado, como si midiera el peso de lo que va a soltar.
—Acabo de preparar pasta para dos. Creo que mis intenciones respecto a esta noche son bastante claras.