21 #2
Se encoge de hombros, dando el asunto por cerrado.
Ares alza la vista hacia la olla, donde el vapor sigue subiendo en espirales densas.
—Podrías estar preparando comida para mañana.
Resoplo, apartándome un mechón de pelo de la frente con el dorso de la mano.
—No cocino con tanta previsión.
—Eso explica el estado de la nevera.
—La nevera estaba así antes de que llegara —replico, señalando con la cuchara que aún tengo en la mano.
—No puedes demostrarlo.
Ares deja la cuchara apoyada en el borde de la sartén y se cruza de brazos, mirándome por fin con una ceja ligeramente alzada.
—Tengo fotografías.
La mentira me sale sin esfuerzo. Ni siquiera parpadeo. No las tengo, pero él no necesita saberlo.
La salsa termina de espesar al mismo tiempo que la pasta alcanza su punto.
Ares apaga el fuego con un giro seco de muñeca y se hace cargo de mezclarlo todo, moviendo la olla con una soltura que sugiere práctica más que ayuda puntual.
Yo aprovecho para recoger los ingredientes desperdigados, empujando la cebolla hacia su recipiente y cerrando el queso con un golpe suave de tapa.
Llevo los platos a la mesa mientras él sirve.
Ya no discutimos sobre si vamos a cenar juntos. Simplemente lo hacemos. Nos sentamos en los mismos sitios que hemos ido ocupando sin hablarlo durante la última semana, como si alguien hubiera trazado un plano invisible que ninguno se ha molestado en cuestionar.
Empiezo a comer antes de darme cuenta de que tengo hambre.
La pasta está mejor de lo que esperaba.
—No está mal —admito, girando el tenedor en el plato.
Ares levanta la vista un segundo, mastica, traga.
—La salsa la he hecho yo.
—Y yo he hervido el agua —puntualizo.
—Una tarea de alto riesgo —murmura, con la boca apenas curvada.
—Además, he rescatado los macarrones de su hábitat natural. —Señalo el armario superior con la barbilla—. Sin mí estarías cenando tomate con cebolla.
Ares se apoya hacia atrás en la silla, recolocándose la pierna con una mano.
—Habría utilizado arroz.
—También está en el estante superior.
Levanto la mirada hacia el armario en cuestión y luego hacia él, arqueando una ceja.
—Empiezo a entender por qué te ha contratado mi madre.
Dejo el tenedor en el borde del plato, observándolo con una calma fingida.
—¿Para evitar que mueras de hambre? Lo único que hago es cocinar, preparar café y aguantar tu mal humor.
Niega con la cabeza, como si la idea le resultara ofensiva.
—Para reorganizar la cocina.
Me llevo un bocado a la boca antes de responder, masticando despacio.
—Eso puedo hacerlo mañana.
—Era una broma —apunta, apoyando el antebrazo en la mesa.
—Demasiado tarde —respondo, señalando con el tenedor—. Los vasos van a cambiar de sitio.
—Carla.
Su tono baja medio grado, advertencia suave más que orden.
—Y las especias —suelto, ignorándolo deliberadamente.
Ares deja el tenedor en el plato con un clic seco.
—No toques las especias.
Me inclino un poco hacia delante, apoyando el mentón en la mano.
—No te preocupes. Te dejaré el orégano donde puedas verlo y recordar que existe una vida más allá de tu alcance.
Durante un segundo no responde.
Después suelta una risa corta, inesperada, que le sacude el pecho sin permiso. No es contenida ni medida; le sale antes de que pueda filtrarla. La tensión de su cara se deshace lo justo para que parezca otra persona, alguien menos afilado, menos preparado para defenderse de todo.
Y, sin querer, me quedo mirándolo.
Demasiado.
Ares lo nota. Lo sé porque la risa se le corta a medias y la expresión vuelve a cerrarse, aunque no del todo, como una puerta que no encaja bien en el marco.
—¿Qué? —Ladea la cabeza, limpiándose la comisura de la boca con el pulgar.
—Nada.
—Esa es mi frase —replica, retomando el tenedor.
—Te la he bajado de un estante —murmuro, volviendo al plato.
Niega con la cabeza, pero la comisura de su boca sigue traicionándolo.
La conversación se diluye sin romperse. Hablamos de la película de anoche, de una llamada que espera y de si el queso debería vivir envuelto en papel o encerrado en un recipiente con pretensiones de seguridad alimentaria.
Ninguno de los temas parece importante, y sin embargo todos se quedan un poco más de lo que deberían.
Cuando terminamos, empujo la silla hacia atrás y recojo mi plato.
Extiendo la mano hacia el suyo por inercia.
Ares lo aparta un segundo antes de que lo alcance.
—Puedo llevarlo yo.
—Ya lo sé —respondo sin mirarlo, apilando el mío.
La pausa que sigue es breve, pero lo bastante densa como para notarse. Ares se queda pensativo un instante, como si hubiera esperado otra cosa, una insistencia, una corrección, cualquier cosa que encajara mejor con el guion que tenía en la cabeza.
—Entonces, ¿por qué ibas a cogerlo? —pregunta al fin, apoyando el plato de nuevo en la mesa sin soltarlo del todo.
Me encojo de hombros mientras camino hacia el fregadero.
—Porque voy hacia allí y tengo una mano libre.
Abro el grifo con la muñeca y dejo mi plato bajo el agua. Siento sus ojos en mi espalda mientras busca una intención escondida detrás de mis palabras.
No hay ninguna.
No intento ayudarlo, protegerlo ni demostrarle que me necesita. Solo puedo llevar dos platos en lugar de uno.
Al cabo de unos segundos, las ruedas se deslizan sobre el suelo. Ares se acerca al fregadero y me tiende el plato.
—No te acostumbres —murmura, soltándolo con cuidado.
—Tranquilo. Mañana volveré a ser una inútil.
Dejo los platos en el fregadero y abro el grifo.
Ares permanece junto a la mesa, observándome con una expresión que no sé interpretar.
La casa permanece en silencio, aunque ahora ya no parece empeñada en mantenernos separados.
Entonces parecía un espacio vacío donde cualquier ruido resultaba una intromisión.
Ahora se parece más a una manta extendida entre los dos: ligera, imperfecta y lo bastante amplia para compartirla sin necesidad de acercarnos demasiado.
—La pasta estaba buena —dice Ares.
No me giro, porque sospecho que si lo hago retirará las palabras.
—La salsa tampoco estaba mal.
—No abuses.
Sonrío mientras el agua corre sobre los platos.
Sigo sin saber por qué me ha contratado su madre y Ares continúa sin tener claro para qué me necesita. Sin embargo, mientras él guarda las sobras y yo limpio la encimera, la pregunta deja de parecer urgente.