20
Ares
Carla lleva once días en mi casa y todavía no sé por qué cojones la ha contratado mi madre.
Al principio pensé que su presencia acabaría encontrando su sitio, del mismo modo que uno termina acostumbrándose al tictac de un reloj o al zumbido de un frigorífico viejo.
Solo hace falta tiempo para que ciertos ruidos se disuelvan en el fondo y dejen de reclamar atención.
El problema es que Carla no se disuelve.
Carla deja una taza junto al fregadero, abre las ventanas cuando considera que la casa necesita aire y aparece en las habitaciones con esa forma suya de caminar como si supiera exactamente adónde va, aunque empiezo a sospechar que está tan perdida como yo.
Mi madre me llama cada noche y siempre consigue introducir su nombre en la conversación.
Primero pregunta si he trabajado, si he comido o si ha llovido. Aguarda unos minutos, como si creyera que no reconozco la emboscada, y después adopta un tono casual que no engañaría ni a un niño.
—¿Qué tal con Carla?
—Sigue aquí.
—Ya sé que sigue ahí, Ares.
—Entonces no entiendo la pregunta.
Desde el otro lado de la línea llega uno de sus suspiros. Mi madre suspira como otras personas subrayan una frase: para dejar claro qué parte debería avergonzarme.
—Quiero saber si te está ayudando.
Miro hacia la cocina, donde Carla permanece de puntillas frente a uno de los armarios superiores.
Lleva una camiseta clara, unos pantalones cortos y el pelo recogido de cualquier manera, aunque varios mechones se han escapado y le rozan el cuello.
Saca una caja de pasta, cierra la puerta con la cadera y, al descubrir que la observo, levanta el paquete en gesto triunfal.
—Hoy ha bajado unos macarrones de un estante —respondo—. No sé cómo he sobrevivido tantos años sin ella.
—Procura no ser desagradable.
—¿También le pagas un suplemento por soportarme?
Carla arquea una ceja desde la cocina. No puede oír a mi madre, pero parece capaz de reconocer cuándo estoy hablando de ella, quizá porque su instinto de supervivencia ha aprendido a detectar mi irritación a distancia.
—Dale una oportunidad —dice mi madre.
—Le he dado once días.
—Eso no es dar una oportunidad. Eso es contar el tiempo.
Cuelgo poco después, sin haber averiguado nada. Mi madre lleva toda la vida respondiendo únicamente a las preguntas que le convienen y dejando las demás suspendidas en el aire, como prendas que alguien ha olvidado recoger antes de la tormenta.
Cuando entro en la cocina, Carla ya ha puesto agua a hervir.
—¿Tu madre quería saber si sigo viva? —pregunta.
—Quería saber si eres útil.
—¿Y qué le has dicho?
Miro la caja de pasta que ha dejado sobre la encimera.
—He hablado maravillas de ti.
—Me alegra que al fin se reconozca mi talento. No cualquiera puede enfrentarse a un armario de metro ochenta y salir victoriosa.
Sonríe mientras busca una sartén y yo aparto la mirada antes de que note que estoy a punto de hacer lo mismo.
La verdad es que Carla no intenta ayudarme demasiado. Durante los primeros días me preguntaba si necesitaba algo cada vez que entraba en una habitación.
—Perfecto —me dijo el otro día—. Cuando cambies de opinión, intenta avisarme antes de que cumpla sesenta.
Desde entonces espera a que se lo pida, lo que debería facilitar las cosas, pero solo consigue que sea más consciente de su presencia.
No se precipita hacia mí cuando algo se complica ni me mira con esa mezcla de preocupación y lástima que algunas personas confunden con bondad.
Si tardo más de la cuenta, encuentra un interés repentino en el móvil, en la ventana o en cualquier objeto situado en dirección contraria.
Me deja hacerlo a mi manera, incluso cuando mi manera no es la más rápida ni la más sensata.
A veces sospecho que entiende mejor que nadie que ofrecer ayuda y hacer sentir inútil a una persona pueden parecerse demasiado si no se tiene cuidado.
No pienso decírselo.
Nuestra convivencia va adquiriendo una rutina que ninguno de los dos reconoce haber creado.
Desayunamos a horas distintas, pero siempre coincidimos en el segundo café.
Ella trabaja o lee durante la mañana mientras yo me encierro en el despacho.
A la hora de comer, uno de los dos termina preparando algo suficiente para ambos, aunque seguimos fingiendo que las cantidades son un error de cálculo.
Por la noche ocupamos extremos opuestos del sofá y discutimos sobre la película con tanta dedicación que casi nunca sabemos cómo acaba.
La casa, que antes se plegaba dócilmente alrededor de mis costumbres, empieza a cambiar de forma.
No son modificaciones importantes. Una manta aparece sobre el respaldo del sofá.
Hay fruta en el cuenco de la cocina, que hasta ahora ha sido un objeto puramente ornamental.
En el baño de abajo encuentro una goma para el pelo junto al lavabo.
Pequeñas huellas de una existencia ajena que se extienden por las habitaciones como raíces bajo la tierra.
Debería molestarme mucho más de lo que lo hace.
Lo que sí me molesta es empezar a aprender cosas sobre ella sin haberlo decidido.
Sé que pone demasiada leche en el café, que necesita leer unas páginas antes de dormir y que siempre escoge el asiento desde el que puede ver la puerta.
Sé que lleva el teléfono consigo incluso cuando solo va a la cocina a buscar agua.
También sé que, si una voz masculina sube demasiado de volumen en la televisión, sus hombros se tensan un instante antes de que finja que no ha ocurrido nada.
Nunca le pregunto por qué.
En parte porque no es asunto mío y en parte porque intuyo que Carla guarda sus respuestas detrás de una puerta que no piensa abrirme. Yo tampoco le he dado ninguna razón para hacerlo.
Sin embargo, empiezo a preguntarme qué hay al otro lado.
Y esa curiosidad me irrita más que su taza junto al fregadero, la fruta en la cocina y todas las malditas cajas de pasta que pueda alcanzar.