19 #2
—¿Vas a aprovechar esto para volver a empezar?
—No —corta, sin mirarme—. Has sido tú quien ha dicho que podría haberme quedado en mi habitación.
—Te he pedido que acercaras la silla.
—Sí.
—Y lo has hecho.
—También.
—Entonces ya está.
Carla se detiene otra vez, esta vez sin apoyarse en nada.
—No, no está —corrige, más firme—. Sigues hablando como si yo hubiera irrumpido aquí para humillarte.
—No me has humillado.
—Me alegro.
—Solo digo que no tienes que aparecer cada vez que algo sale mal.
—Y yo te estoy diciendo que no ha sido una obligación.
El silencio se estira entre los dos. Carla vuelve a barrer, pero con menos cuidado.
—Ese es el problema contigo, Ares —dice al fin, sin mirarme—. No pides nada. Esperas hasta estar en el suelo y después conviertes cualquier mano tendida en una ofensa personal.
—No sabes de qué hablas.
—Sé que acabo de ayudarte exactamente como me has indicado y que ahora estás buscando la manera de hacerme sentir mal por ello.
—No estoy buscando nada.
—Pues se te da de maravilla encontrarlo.
Se agacha para recoger la tapa de la olla y, al incorporarse, se golpea ligeramente la cabeza contra la mesa.
Se queda quieta un segundo.
—Joder —murmura, llevándose la mano a la frente.
—Ten cuidado —se me escapa, más rápido de lo que quiero.
Carla me mira.
—¿Eso ha sido preocupación?
—No —corto—. Me preocupa la mesa.
—Menos mal —ironiza, volviendo a la escoba.
—Puedes estar enfadado —dice mientras termina de recoger—. Puedes sentir vergüenza o rabia porque me has necesitado. Lo que no puedes es castigarme por haberte visto.
—No me avergüenza caerme.
Carla se detiene.
—Entonces deja de actuar como si te hubiera quitado algo.
—Me has quitado la posibilidad de levantarme solo.
—No —niega, firme—. Lo has intentado y después me has pedido que acercara la silla. Yo he seguido tus instrucciones.
El argumento queda suspendido en el aire.
Carla deja la escoba apoyada.
—No confundas las cosas.
—Tú me pediste que te pusiera crema.
—Te estaba provocando.
¿Provocando? Me lo repito mientras la observo, intentando decidir si es una provocación consciente o solo su forma natural de moverse en el mundo.
—¿Por qué?
Silencio.
—Porque es facilísimo —responde al fin, encogiéndose apenas de hombros—. Se te marca una vena en la frente y empiezas a hablar como un villano de película.
—Eso no responde a mi pregunta.
—Es la única respuesta que vas a recibir.
Vuelve a la limpieza, dándome la espalda.
—No necesitabas que te ayudara con la crema —insisto.
—Felicidades. Has resuelto otro misterio.
—Entonces querías incomodarme.
—Y funcionó.
—No, para nada.
Carla suelta una risa breve sin girarse.
—Huiste de la playa como si hubiera aparecido un tiburón con piernas.
—Tenía trabajo.
—Documentales de animales salvajes. Una profesión exigente.
—Eran importantes.
—Seguro que la supervivencia del planeta dependía de que los vieras sin camiseta desde tu habitación.
Aprieto los aros.
—Te gusta llevar las cosas demasiado lejos.
Carla deja de barrer.
—No —corrige, sin volverse—. Me gusta recordarte que ayudar a alguien no significa sentir lástima por él.
Se agacha para recoger la tapa de la olla. Al incorporarse, evita mirarme. Yo también aparto la vista.
La tira rosa de su bikini asoma bajo la camiseta y no puedo evitar pensar en lo fácil que sería deslizarla con los dedos, como si fuera un accidente imposible de impedir.
No debería importarte, idiota.
Carla lleva el recogedor a la basura y lo vacía. Cuando vuelve, su atención se detiene en la encimera.
Sigo su mirada.
Tengo dos tazas sobre la superficie, una negra y otra blanca, como si alguien hubiera querido marcar con ese contraste el silencio que se ha instalado entre nosotros.
Carla se acerca sin prisa, casi con cautela, y cuando llega extiende la mano lo justo para rozar con la yema de un dedo el asa de la taza blanca; es un gesto mínimo, pero a mí me parece que dice más que cualquier cosa que podamos estar evitando.
Yo no la miro de inmediato. Dejo que el momento respire un poco.
Entiendo, casi con una claridad incómoda, que esta era mi forma de pedirle disculpas: hacerle un café, no hablar de nada, simplemente estar aquí, sin exigir palabras ni respuestas, dejando que el gesto haga el trabajo que yo no sé hacer con la boca.
—¿Esperabas visita?
—No.
—Entonces debes de tener mucha sed.
—Pensaba preparar café.
—Eso explica algunas cosas —murmura, ladeando la taza.
—La taza era para mí.
Carla espera.
—¿Y esa?
—Ya estaba ahí.
—Claro.
—No tengo que explicarte por qué hay una taza en mi cocina.
—No —concede, dejando la taza girar ligeramente sobre la encimera—. Pero podrías inventar algo mejor.
Cojo el cuaderno negro y lo apoyo sobre mis piernas. Necesito salir de aquí antes de decir algo que no controle.
Carla se aparta para dejarme pasar.
—Ares. —Me detengo sin girarme—. Gracias por decirme cómo ayudarte —dice, más suave—. Sé que no te ha resultado fácil.
Miro el cuaderno.
—Has colocado el café demasiado alto —respondo.
—Te he dicho que yo no lo he movido.
—Pues quien lo haya hecho es idiota.
—Le abriré una investigación —ironiza.
Empiezo a avanzar.
—Y —añade—, la próxima vez que quieras prepararme un café como disculpa, intenta no derribar la cocina. Me conformo con que esté malo.
Giro apenas la cabeza. Carla sostiene la taza blanca. Ya no parece enfadada.
—No habrá próxima vez —le aseguro.
—Por supuesto que no —concede, sin discutirlo.
Ruedo hasta el pasillo.
Detrás de mí, la cafetera comienza a funcionar.