19
Ares
Lo primero que hago al caerme es comprobar que la silla no me ha caído encima.
La tengo a mi derecha, encajada contra la parte inferior de la encimera.
Una de las ruedas continúa girando lentamente, como si quisiera dejar claro que el desastre todavía no ha terminado.
El bote de café se ha abierto durante la caída y hay una mancha oscura extendiéndose por el suelo.
También he arrastrado una olla, dos cucharones y la poca dignidad que me quedaba después de discutir con Carla.
Muevo el hombro contra el que he aterrizado. Responde, aunque me duele lo suficiente para garantizarme un buen moratón. La cabeza no ha tocado el suelo y no veo sangre. Podría haber sido peor.
Siempre puede ser peor.
Intento incorporarme y entonces descubro que el pie derecho ha quedado enganchado entre la horquilla delantera y el reposapiés. La otra pierna está doblada hacia dentro, en una postura que resultaría dolorosa para cualquiera que pudiera sentirla.
No notar nada no significa que no pueda haber daño. Esa fue una de las primeras lecciones de rehabilitación: revisar, proteger y no confiarse. Una herida que no duele continúa siendo una herida.
Apoyo una mano en el suelo y tiro de la pernera del pantalón con la otra. El pie atrapado se mueve apenas un centímetro. Desde esta posición no consigo elevarlo lo suficiente para liberarlo y la silla está demasiado lejos para usarla como apoyo.
Podría llamar a Carla.
La idea me dura menos que el orgullo.
Vuelvo a intentarlo. Me giro sobre la cadera, apoyo el antebrazo izquierdo y tiro de la tela con más fuerza. La pierna avanza, pero el zapato se atasca de nuevo. Al cambiar el peso, la palma me resbala sobre los granos derramados y estoy a punto de golpearme la cara contra el suelo.
—Joder —se me escapa entre dientes, apretando la mandíbula.
Me limpio la mano en la camiseta con un gesto brusco. El hombro protesta cuando trato de cargar peso otra vez, así que me detengo para buscar una posición mejor, respirando por la nariz.
Desde el pasillo llega el sonido de una puerta al abrirse.
Cierro los ojos un instante.
Por supuesto.
Carla aparece en la entrada de la cocina con una mano todavía apoyada en el marco. Su mirada recorre la olla caída, la mancha oscura, la silla desplazada y, finalmente, mis piernas.
Se queda quieta un segundo más de lo necesario, como si estuviera decidiendo si reírse o no.
—Ni se te ocurra —le advierto, sin levantar la voz.
Ella no hace ningún gesto que indique que va a acercarse a mí.
—¿El qué? —Inclina levemente la cabeza.
—Poner esa cara.
Carla frunce el ceño y se lleva una mano a la mejilla, como si quisiera comprobar su propia expresión.
—Esta es mi cara normal —murmura, ofendida.
—Pues es insoportable.
—Me tranquiliza comprobar que la caída no te ha mejorado el carácter —replica, seca.
Da un paso dentro de la cocina, pero se detiene antes de acercarse del todo. Sus ojos bajan otra vez hacia mí, evaluando.
—¿Te has golpeado la cabeza?
—No —corto.
—¿Y el hombro?
Me muevo para que deje de interrogarme. La punzada que me atraviesa al levantar el brazo no se refleja en mi rostro. O eso espero.
—Está bien.
Carla no responde de inmediato. Se agacha un poco, como si desde ese ángulo pudiera ver mejor el estado real del desastre.
—No te he preguntado si está bien, Ares —corrige, sin alzar la voz—. Te he preguntado si te lo has golpeado.
—Y yo no he llamado a una ambulancia —resoplo.
—Menos mal —murmura, desviando la vista hacia el suelo—. Habrían llegado, te habrían encontrado en el suelo y tú los habrías acusado de invadir tu intimidad.
La observo. No se acerca más, pero tampoco se va. Se queda en ese punto intermedio que no me permite ignorarla.
—No voy a tocarte sin que me lo pidas —añade al fin, señalando mi pierna con la barbilla—. Pero tampoco pienso fingir que eso parece cómodo.
—No siento si es cómodo —gruño.
Carla aprieta los labios, como si estuviera conteniendo una respuesta más larga.
—Sabes a qué me refiero.
Lo sé. Y sé también que está midiendo cada movimiento, como si yo fuera algo que pudiera romperse con facilidad.
—Tu pie está enganchado —observa, más para sí que para mí.
—Ya lo sé.
—¿Qué necesitas que haga?
La pregunta me descoloca más de lo que debería. No hay prisa en su voz. Solo espera, apoyada ligeramente en el marco de la puerta ahora que ha entrado del todo.
Miro la silla. No podré transferirme hasta que libere primero la pierna.
—Acércala —ordeno al fin.
Carla rodea la mancha sin pisarla. Se coloca detrás de la silla y apoya las manos en los puños, pero no la mueve todavía. La observa a la espera de una instrucción más precisa.
—¿Dónde la quieres?
—A mi derecha, en diagonal. No la pongas delante.
La silla se desplaza con cuidado. Carla la acerca desde el ángulo que le he indicado, sin prisas.
—¿Así? —informa, deteniéndose.
—Más cerca.
Obedece. Cuando la rueda queda a la altura de mi hombro, vuelve a mirarme.
—¿Ahora?
—Bloquea las dos ruedas.
El clic del freno suena seco en la cocina.
Carla se agacha frente a mí. Lleva arena pegada a un tobillo y una mancha húmeda en el bajo del pantalón. La camiseta se le ha deslizado por un hombro.
Aparto la vista un segundo.
—El zapato sigue atrapado —observa mientras examina el reposapiés—. ¿Lo saco?
—Tendrás que levantarme la pierna.
Sus manos se acercan, pero se detienen antes de tocarme.
—Dime cómo.
—Una mano debajo de la pantorrilla y la otra detrás de la rodilla. No tires del pie.
Carla asiente una sola vez. Cuando coloca las manos, lo hace con precisión, sin dudar. Eleva la pierna con cuidado, pero sin dramatismo. El pantalón se tensa y el zapato sigue enganchado.
—Un poco más arriba —le indico, ajustando el reposapiés con la mano—. No dejes que la rodilla caiga hacia fuera.
Carla corrige la posición sin apartar la mirada de lo que hace.
—¿Así?
—Sí. Ahora gira la pierna hacia mí.
El zapato se libera y cae al suelo con un golpe seco.
—¿Dónde la dejo? —pregunta, sin soltar del todo.
—Extendida, con el pie recto.
La coloca y retira las manos despacio, como si midiera el espacio que deja entre nosotros.
—¿Necesitas algo más?
—Espacio —corto.
Carla se levanta y se apoya contra la encimera. Cruza los brazos, pero los descruza casi de inmediato, incómoda con su propia quietud.
La ignoro.
Me giro hasta quedar de espaldas a la silla. Apoyo una mano en el asiento y la otra en el suelo. Desde ahí debería poder levantar el cuerpo, girar la cadera y subir. Lo he hecho cientos de veces.
Cargo el peso y el cuerpo cae de nuevo. Carla se separa de la encimera, aunque se detiene antes de acercarse.
—No digas nada —le advierto sin mirarla, jadeando apenas.
Se detiene.
—No he dicho nada.
—Lo estabas pensando muy alto.
—Estaba pensando que deberíamos limpiar el suelo antes de que vuelvas a intentarlo —contesta, sin moverse.
—No necesito consejos.
—Pues intenta no apoyar la mano encima del café —replica, seca—. Considera eso una observación geográfica.
Me seco la palma en el pantalón y vuelvo a intentarlo. Esta vez evito la mancha. Empujo, elevo el cuerpo y consigo sentarme parcialmente en la silla.
El cojín se desplaza hacia atrás.
—Tira del cojín hacia mí —ordeno, entre dientes.
Carla se coloca detrás de la silla.
—¿Cuánto?
—Hasta el borde. No muevas la silla.
Ajusta el cojín con cuidado.
—¿Ya?
—Un poco más.
Cuando termina, empujo con los brazos y consigo sentarme del todo. La postura es inestable, pero estoy dentro.
Respiro una vez, más hondo.
Carla vuelve a situarse frente a mí.
—¿Puedo ponerte bien las piernas?
—Puedo hacerlo solo —corto.
Intento mover la derecha. El hombro falla.
Me detengo.
Carla no dice nada. Solo espera.
—Hazlo —murmuro al fin.
—¿El qué?
—La pierna.
Se agacha de nuevo, sin comentario. Coloca la pierna como la anterior, comprobando la posición antes de soltarla.
—¿Así está bien? —verifica.
Miro.
—Sí.
Carla se levanta y se limpia las manos en los pantalones. No parece satisfecha ni insatisfecha. Solo atenta.
—Voy a recoger esto.
—Déjalo.
—Hay medio paquete en el suelo.
—Ya lo recogeré yo.
Busca la escoba sin prisa. La apoya contra el suelo y empieza a reunir el café en un montón, evitando deliberadamente mis ruedas.
—No necesitabas venir corriendo —digo, más bajo.
—No he venido corriendo —replica sin girarse—. He recorrido diez metros. Tampoco te concedas tanta importancia.
—Podrías haberte quedado en tu habitación.
Carla deja de barrer un segundo.
—Y tú podrías haber pedido ayuda antes de caerte.
—No me he caído por no pedir ayuda.
Se detiene del todo. Apoya la barbilla en el extremo del mango de la escoba, mirándome desde arriba.
—¿Se puede saber qué intentabas alcanzar?
—Café.
Carla levanta la vista hacia el estante.
—El bote estaba junto a la cafetera esta mañana.
—Pues ya no.
—Yo no lo he movido.
—Alguien lo ha hecho.
—Estupendo —suelta, retomando el barrido con movimientos más secos—. Tenemos un ladrón especializado en cambiar alimentos de estante.
La rotundidad le dura poco. Mira el armario, después el café esparcido por el suelo y finalmente la escoba que sostiene entre las manos.
—Creo —añade.
—¿Crees?
—Esta mañana estaba ordenando.
—Estabas enfadada conmigo.
—También. Una cosa no excluye la otra.
Entorna los ojos, intentando reconstruir sus propios movimientos.
—Puede que lo guardara por costumbre. O que quisiera fastidiarte un poco y pensara que pasarías diez minutos buscándolo. No esperaba que intentaras escalar la cocina.
—Estoy en silla de ruedas. Mis opciones como escalador son bastante limitadas.
—Y, sin embargo, has conseguido derribar una olla, dos cucharones y media cafetera. No te quites mérito.
Miro el desastre que nos rodea.
—Entonces lo moviste tú.
—He dicho que es posible —reconoce.
—Eso significa que sí.
—No. Significa que necesito un abogado antes de seguir contestando.
—Estupendo. Me caigo al suelo y la principal sospechosa invoca su derecho a guardar silencio.
—La principal sospechosa acaba de liberarte el pie. Un poco de gratitud con las autoridades competentes.
Aprieto los aros de la silla.