18
Carla
Hay objetos que piden a gritos que los abras.
El cuaderno negro de Ares, por ejemplo.
Está sobre la mesa del porche, con un bolígrafo atrapado entre las páginas y una cinta roja colgando por la parte inferior.
Tiene las esquinas gastadas y una mancha circular en la cubierta, probablemente dejada por alguna taza.
No parece una libreta decorativa de esas que una compra para reorganizar su vida y abandona después de apuntar dos buenos propósitos y la lista de la compra.
Ares escribe en él. Mucho.
Llevo un rato recogiendo los restos del almuerzo, concentrada en sacudir la arena del mantel sin mirar el cuaderno más de lo estrictamente necesario. No me interesa lo que contiene.
Eso me digo mientras doblo el mantel por tercera vez porque las esquinas se niegan a coincidir.
Una ráfaga de viento levanta la cubierta y hace correr varias páginas. Dejo los vasos sobre la mesa para impedir que vuelquen y alargo la mano hacia la libreta. Solo pretendo cerrarla, pero antes de que la tapa caiga alcanzo a ver una palabra escrita en mitad de la página.
Carla.
Mi nombre, trazado con una caligrafía inclinada que parece avanzar a empujones por el papel.
Retiro la mano.
Podría leer la frase completa sin demasiado esfuerzo. Una línea, quizá dos. Lo suficiente para averiguar qué piensa realmente de mí un hombre capaz de compartir conmigo un bocadillo, hablarme del mar y huir en cuanto le pido que me ponga crema en la espalda.
La curiosidad tira en una dirección y la memoria en otra.
Mi ex también sentía curiosidad.
Al principio cogía mi teléfono delante de mí y fingía que todo era una broma.
—Vamos a comprobar cuántos amantes tienes hoy.
Después empezó a revisarlo mientras yo estaba en la ducha. Si cambiaba la contraseña, decía que ocultaba algo. Si no la cambiaba, siempre encontraba un mensaje, una fotografía o una palabra con la que fabricar una discusión.
Llegó un momento en que dejé de escribir ciertas cosas. No porque tuviera nada que esconder, sino porque sabía que cualquier frase podía acabar convertida en un arma.
No pienso parecerme a él.
Sujeto el cuaderno por los bordes, vuelvo a colocar la cinta donde estaba y cierro la cubierta con cuidado.
—¿Qué coño haces?
La voz de Ares me obliga a girarme.
Está en la puerta del porche, con las manos apoyadas en los aros de impulso y los hombros todavía desnudos. La tranquilidad que había mostrado durante el almuerzo ha desaparecido. Su mirada pasa de mis dedos al cuaderno y regresa a mi cara.
—Evitar que el viento se lleve tus memorias —respondo mientras retiro la mano—. De nada.
Ares se impulsa hacia la mesa con dos movimientos rápidos. Coge el cuaderno y lo deposita sobre sus piernas, protegiéndolo con el antebrazo.
—¿Lo has leído?
—No.
—Estaba abierto.
—Lo ha abierto el viento.
Una sonrisa sin humor le curva apenas la boca.
—Claro. El viento.
—Puedes interrogarlo si no me crees. Estaba bastante hablador hace un momento.
Ares abre el cuaderno y pasa las páginas con el pulgar. Busca algo concreto. La cinta, seguramente. Cuando la encuentra, comprueba su posición y vuelve a mirarme.
—¿Qué has visto?
Recojo los vasos y los apilo para llevarlos dentro.
—Nada.
—No te he preguntado cuánto has leído —insiste, cerrándome el paso hacia la puerta—. Te he preguntado qué has visto.
—Y yo te he contestado.
—Mientes fatal, Carla.
Me detengo frente a él. El porche es lo bastante ancho para rodearlo, pero hacerlo sería aceptar que puede arrinconarme en una conversación que él mismo ha convertido en interrogatorio.
—Y tú confías todavía peor.
Su expresión se endurece.
—No tengo por qué confiar en una desconocida a la que mi madre ha metido en mi casa.
—Entonces no lo hagas. Pero no me llames mentirosa.
Intento pasar. Ares coloca una mano en el marco de la puerta y hace avanzar la silla unos centímetros. No llega a bloquearme por completo, aunque queda claro que todavía no ha terminado.
—Has visto tu nombre —afirma.
El modo en que aprieta el cuaderno contra las piernas me confirma que no solo está enfadado. Hay algo escrito ahí que no quiere que conozca. Podría ser sobre la playa, sobre la discusión de anoche o una lista detallada de formas de deshacerse de mí sin perder la fianza.
—Sí, he visto mi nombre —admito, dejando los vasos nuevamente sobre la mesa—. Después he cerrado la libreta.
—¿Y pretendes que crea que no leíste el resto?
—Pretendo que escuches lo que te estoy diciendo.
—La gente siempre mira.
—Yo no soy la gente.
Ares suelta una risa seca y baja la vista hacia la cubierta.
—Llevas cuatro días aquí. No tengo ni puta idea de quién eres.
La frase me alcanza con una precisión que seguramente no merece. Hace una hora pensé que habíamos avanzado. No mucho, apenas el espacio de un bocadillo y una conversación sin insultos, pero algo. Ahora descubro que para él sigo siendo una desconocida con acceso a sus armarios.
Aprieto los labios y vuelvo a coger los vasos.
—Tienes razón. No me conoces. Pero eso no te permite decidir que soy culpable cada vez que te entra miedo.
Ares levanta la cabeza de golpe.
—No tengo miedo.
—Entonces todo esto debe de ser una afición. Hay gente que colecciona sellos y tú acusas a las visitas de espionaje.
—No bromees con lo que no entiendes —replica, golpeando la cubierta con dos dedos—. Ese cuaderno es privado.
—Y sigue siéndolo.
—No después de que hayas metido las narices.
Dejo uno de los vasos con demasiada fuerza. El cristal choca contra la mesa y ambos bajamos la vista, pero no se rompe.
—Te he dicho que no lo he leído.
—Y yo te estoy diciendo que no te creo.
Siento el impulso de explicarle cada movimiento: dónde tenía las manos, qué página abrió el viento, cuánto tardé en cerrarla. La necesidad de demostrar mi inocencia me resulta tan conocida que casi empiezo a hacerlo sin darme cuenta.
Me contengo.
Ya he vivido pendiente del veredicto de un hombre. No necesito repetir la experiencia en otro continente.
—Pues tenemos un problema —digo, recogiendo la bolsa de la playa.
—El problema lo tendrás tú si vuelves a tocar mis cosas.
—No, Ares. El problema es que yo puedo respetar tu intimidad, pero no puedo obligarte a creerme. Y no voy a justificar cada movimiento que haga dentro de esta casa para que tú te sientas seguro.
—Nadie te obliga a quedarte.
Pronuncia la frase sin levantar la voz. Ni siquiera me mira al hacerlo; finge estar ocupado colocando bien el bolígrafo.
Observo la puerta abierta, el pasillo y, al fondo, la habitación donde mi maleta continúa a medio deshacer. Podría recogerla en menos de quince minutos. Después tendría que llamar a Amanda, reconocer que el trabajo ha durado cuatro días y buscar algún lugar donde empezar otra vez.
La posibilidad pesa más de lo que me gustaría.
—Si quieres que me vaya, dilo claramente —le pido—. Mírame y dime que haga la maleta.
Ares deja de mover el bolígrafo. Sus ojos encuentran los míos, pero la respuesta no llega. Aprieta la mandíbula y desplaza una mano hasta la rueda.
—Eso pensaba —murmuro, pasando a su lado.
—No tienes ni idea de lo que pienso.
—No, porque cada vez que alguien se acerca sacas los dientes.
—Y tú te acercas demasiado.
Me detengo en el umbral.
—No te preocupes. Se me está pasando.
Algo cambia en su expresión. No sabría decir si es enfado o si simplemente le molesta no haber tenido la última palabra. Sea lo que sea, desaparece cuando baja la vista hacia el cuaderno.
—¿Adónde vas? —pregunta mientras me ve recoger el mantel.
—A guardar las cosas del picnic.
Su mirada se desvía un instante hacia el interior de la casa.
—Haz lo que quieras.
—Esa frase empieza a perder encanto.
Entro en la cocina y dejo la bolsa sobre la encimera. Guardo las botellas de agua, tiro los envoltorios y meto el vino sin abrir en el frigorífico. Ares entra unos segundos después. No dice nada; se instala junto a la mesa del salón y abre otra vez el cuaderno.
Oigo cómo pasa las páginas.
Está comprobando si he movido algo.
Abro el cajón de los cubiertos y empiezo a ordenarlos para no volver allí y estamparle una cuchara en la frente. Coloco los tenedores a un lado, los cuchillos al otro y descubro que la rabia también puede manifestarse alineando cucharillas con una precisión militar.
—La cinta estaba en el mismo sitio —dice al fin.
Me vuelvo hacia él con una cucharilla todavía en la mano.
—Qué alivio. El equipo forense ha resuelto el caso.
Ares mantiene el cuaderno abierto sobre las piernas. Observa la página durante unos segundos antes de cerrarlo.
—Podrías haberla colocado otra vez.
Dejo la cucharilla en el cajón.
—Y tú podrías dejar de comportarte como un capullo durante cinco minutos, pero parece que hoy ninguno va a presenciar un milagro.
—No necesito que me psicoanalices.
—No lo hago. Te estoy llamando capullo. Es más sencillo y bastante más barato.
Empujo el cajón con la cadera y paso junto a él para guardar el mantel. Ares gira la silla y me sigue con la mirada.
—Vete a la mierda, Carla.
—Después de ti, Sutton.
—Estás en mi casa.
—Eso ya lo has utilizado. Busca material nuevo.
Lo dejo en el salón y camino hacia mi habitación. Antes de alcanzar el pasillo, escucho el roce de las ruedas detrás de mí. Ares no viene a buscarme; se dirige a la cocina.
Abre uno de los armarios superiores y lo cierra de golpe.
—¿Qué haces? —pregunto, volviéndome.
—Nada que te importe.
Se coloca frente a la encimera y estira el brazo hacia la cafetera. Desde allí apenas llega al depósito de agua, pero se niega a acercarse de otra forma.
—Pues procura que esa nada no incluya romper otra taza.
Ares me dedica una mirada desagradable por encima del hombro.
—¿No tienes una maleta que preparar?
—¿No tienes un cuaderno al que contarle lo encantador que eres?
—No necesito ayuda —claudica.
—No te la he ofrecido.
La respuesta lo hace callar. Su mano permanece suspendida sobre la encimera durante un segundo, como si le hubiera quitado una frase de la boca.
Aprovecho el silencio para marcharme.
Entro en mi habitación y cierro la puerta con cuidado. Me niego a dar un portazo y permitir que interprete el ruido como una victoria. Dejo la bolsa vacía junto al armario y me siento en el borde de la cama.
Estoy enfadada, pero debajo del enfado hay otra cosa.
Decepción.
Durante el almuerzo había hablado conmigo. No mucho, pero lo suficiente para que yo confundiera una tregua con el comienzo de la confianza. Ahora sé que la distancia entre sentarse junto a alguien y permitir que se acerque puede ser enorme.
Desde la cocina llegan nuevos golpes. Una puerta que se abre, el arrastre de algún recipiente sobre la encimera y el ruido de la cafetera al cambiar de sitio.
Me levanto para salir, pero me detengo con la mano en el pomo.
Ares no me ha pedido ayuda. Todo lo contrario.
Regreso a la cama y cojo el móvil. Tengo un mensaje de Amanda preguntando si sigo viva. Empiezo a escribirle que su amigo es un paranoico con modales de animal salvaje, pero antes de terminar escucho una maldición al otro lado del pasillo.
Borro el mensaje y aguzo el oído.
Durante unos segundos solo se oye el murmullo lejano del mar y el choque de algo metálico contra el suelo. Después llega el sonido de las ruedas desplazándose con brusquedad, seguido de un golpe tan seco que me pone en pie.
El orgullo me dura lo que tardo en abrir la puerta.