15
Ares
Me despierto con la luz colándose por la rendija de la persiana y me invade una sensación agridulce: lo de anoche fue lo más parecido a una cita que he sentido desde el accidente, aunque no lo fuera —ella está aquí por obligación, no por placer. Y no, no tengo ganas de playa.
Tampoco es que antes tuviera demasiadas referencias. Algunas citas, unos cuantos besos y una colección bastante digna de oportunidades desperdiciadas. Siempre creí que habría tiempo.
Salgo de la casa y me dirijo al porche, intrigado.
Al asomarme, veo primero la bolsa de lona apoyada contra la barandilla.
Me inclino para abrirla y descubro un mantel de cuadros, botellas de agua, un termo con algo más frío al fondo y bocadillos perfectamente envueltos.
Está tan milimétricamente organizado que casi da miedo.
De pronto, un suspiro a mi espalda me sobresalta.
—También hay vino al fondo —anuncia una voz alegre.
Me giro y la veo: lleva un bikini rosa que realza su figura y un pareo escueto atado a la cadera.
El sol dibuja reflejos en su piel y, por un instante, siento un calor distinto que me estremece desde el estómago.
Nunca había notado algo así con una mujer de carne y hueso —ni siquiera se parece a lo que siento cuando curioseo algo de porno— y me asusta lo auténtico que resulta.
—No bebo alcohol.
—Bueno —contesta ella—. Solo traje un poco, por si cambias de idea. Hay agua y bocadillos.
—Prefiero agua —intento sonar firme.
—Entonces será agua. —Asiente con naturalidad—. Pero pienso que deberías acompañarme a la orilla.
No me apetece discutir, así que asiento con un gesto.
—No me siento cómodo en la playa.
—No hay obligación —reconoce—. Es solo una invitación.
—Si bajo al borde de la pasarela, ¿te quedarás contenta?
—Será una pequeña victoria para mí.
Respiro hondo y ruedo por la pasarela hasta el final de la misma. Cada centímetro es un pequeño esfuerzo, pero Carla me sigue con la mirada, sin presionar.
Ella extiende el mantel en un claro cercano, a escasos centímetros de donde mi silla ha quedado parada. Saca los bocadillos y un par de vasos con cuidado, y luego me acerca uno con un gesto tranquilo.
—Toma, este pan es increíble.
Doy un mordisco al bocadillo. Sabe bien y reconforta más de lo que esperaba.
—Está bien —confieso—. Gracias.
Ella asiente y guarda silencio durante un momento. Luego me observa con seriedad.
—Ayer pedí algunas cosas online y las han traído a primera hora, mientras tú seguías durmiendo. Estaría bien que algún día vinieras conmigo al súper.
Me tenso un poco.
—No creo que sea buena idea y ya has encontrado la forma de suministrarnos comida sin moverte de aquí —respondo.
—Para mí, salir es una forma de resetear.
Ruedo la silla hacia un lado y vuelvo la vista al mar.
—Ya me has hecho salir de mi zona de confort, y reconozco que no me incomoda tanto el mar —le digo—. Aunque me cuesta meterme en el agua.
—Pero podrías sentarte en la orilla. No necesitas más.
Guardamos un silencio tranquilo mientras el sol calienta la arena. El ruido de las olas es lo único que rompe la rutina.
—No me sirve de nada si no hay un cambio real.
—¿Un cambio? —Ella inclina la cabeza, examinándome con calma—. Dime, ¿qué esperas de mí?
—Que me entiendas de verdad. El mar me traicionó una vez.
Sus ojos se suavizan.
—Cuando quieras, puedes hablarme de ello — ofrece—. Compartir bocadillos de pastrami fuera de tu zona de confort tal vez sea suficiente para que me cuentes qué pasó.
Levanto la mirada, sorprendido por su propuesta.
—¿ Pastrami ? —bromeo, saboreando un trago de agua—. ¿Crees que un sándwich puede reemplazar años de auténtica mierda?
—No reemplaza nada —aclara ella—, pero puede abrir la puerta. Y tú eliges cruzarla o no. Solo te pido que te sientes aquí, conmigo, y me dejes escuchar. Amanda me dijo hace unos días que cree que tú y yo tenemos muchas cosas en común.
El sol pinta destellos en el agua. Siento el peso de su paciencia, sus ganas de tender un puente.
—Esa amiga tuya está loca —respondo con un mohín.
—No lo creo —insiste ella—. Quizá ambos guardamos rabia por la vida que nos tocó vivir.
—Tú misma me dijiste que fuiste tú quien la eligió —replico—. En mi caso no hubo elección.
—A veces el universo confía sus batallas más duras a los mejores guerreros —susurra ella.
—No creo en frases de Instagram —respondo con un suspiro.
—¿Entonces en qué crees?
—Solo conozco de cerca la injusticia —admito—. No debería siquiera estar en esta silla.
—Si piensas que alguien más merecía esta misión, te equivocas —repite Carla, con firmeza.
—Nadie debería desearme este estado.
—Sin embargo, tú sí deseas que otra persona fuera la que estuviera ahí sentada —me dice ella con voz suave.
—No —respondo sin dudar—. Pero pensar que podrías haber tenido más suerte me consuela de forma extraña.
Ella frunce el ceño, incrédula.
—No entiendo cómo eso puede consolarte —insiste.
—Es difícil de explicar —admito—. Puede que solo tenga sentido en mi cabeza, como un susurro que me recuerda lo que podría haber sido si ese día me hubiera quedado en casa.
Carla deja de insistir y, en lugar de palabras, saca un bote de crema solar.
Lo abre con destreza y comienza a extender el producto por su piel.
Con cada pasada, la masa blanca se desliza suave, empapándose en su piel bronceada.
Me quedo un segundo embobado, viendo cómo sus dedos untan la crema con parsimonia y delicadeza.
La luz resalta las curvas de su piel, y siento una respuesta cálida y desconcertante en una parte de mi cuerpo sobre la que llevo años haciéndome preguntas que no me atrevo a formular.
Mierda.
—Sería útil —rompe ella el silencio, al notar mi mirada— que te acercaras y me ayudaras con la espalda.
El corazón me da un vuelco al darme cuenta de que busca manipularme para que me siente a su lado. Mis músculos tensos palpitan.
—Será mejor que vuelva a la casa. Tengo cosas más urgentes que atender.
—¿Como ver documentales de animales salvajes? —bromea ella—. No creo que sea mejor plan que esto.
—Es por trabajo —respondo con sequedad.
—Entonces espero que mi jefe me deje un rato más libre en la playa para aprovechar la crema solar que me acabo de poner —dice con una sonrisa traviesa.
—Tómate todo el tiempo que quieras —susurro al final—. Y gracias por el almuerzo.
—De nada —responde ella con media sonrisa—. Ya te voy conociendo: sé que te saltas el desayuno y tu primera comida siempre es el almuerzo.
—Excelente observación —respondo con sequedad y maldigo mentalmente lo cachondo que me ha puesto, mientras subo la pasarela que conduce hasta el porche de la casa.