Un desastre llamado Ares Sutton 14
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​​ Carla

La cocina arde con el calor del horno encendido y el aroma a especias que burbujea en la olla. Yo rebusco en los cajones buscando la espátula mientras Ares rueda desde el porche y atraviesa el umbral.

—Huele bien. —Le dedico una mirada sin dejar de remover la salsa.

—No hace falta que me lances cumplidos para compensar —le respondo—. Tampoco necesito validación por compromiso o compasión.

Suspira, crujiendo la mandíbula.

—Solo digo la verdad.

—Entonces déjame dudar —insisto, soltando la cuchara sobre la encimera—. Sé cómo funcionan las relaciones con gente como tú.

Ares frunce el ceño y avanza, haciendo girar las ruedas.

—¿Cómo soy, según tú? —pregunta, desafiante.

Me giro y lo encaro en silencio unos segundos. La olla chisporrotea a fuego medio.

—Eres de esos que presumen de dureza, pero en realidad son una caja de inseguridades —le digo con voz firme.

Se detiene, procesando mis palabras.

—Pues a mí no me falta seguridad —responde, un hilo de orgullo traspasando su voz.

Esbozo una sonrisa irónica.

—Claro que no. Solo te falta una cocina adaptada, ¿verdad? Sé bien que ir en silla de ruedas hace que te cueste cocinar un plato decente. Tu madre lo dejó claro.

Él me observa, sorprendido.

—Nadie me contrató por si no podías limpiarte el culo solo —agrego—. Fue preocupación genuina de madre. No hay nada malo en pedir ayuda con lo que uno no puede hacer.

—Crees que tengo un cuerpo desnutrido, ¿débil? —bufa.

—Yo no he dicho eso —replico—, solo estás mal alimentado. Y se nota en el carácter que gastas.

—¿Vas a encargarte tú de restablecer mis niveles de vitaminas y nutrientes? —ironiza.

—Lo intento —confieso—, pero es difícil cuando te niegas a poner de tu parte.

Me observa con una mezcla de resistencia y cansancio.

—Estoy aquí, dispuesto a comerme lo que hayas cocinado para cenar.

—Sé que lo harás. —Alzo la vista para encontrar su mirada—. Estás demasiado hambriento como para dejarte morir de inanición, y no eres tan tonto como para intentarlo.

Saco la bandeja del horno, dejando escapar un vapor fragante lleno de romero y ajo.

La deslizo con cuidado sobre la encimera, y acerco la olla humeante de estofado de pollo con patatas, cuyo caldo espeso invita a saborear cada cucharada.

Con dos platos en mano, sirvo primero las verduras, distribuyendo los trozos asados con mimo, y luego añado el guiso junto a ellas.

Los dejo delante de él y, sin decir palabra, lo observo inclinarse sobre la mesa y hundir el tenedor en el estofado, devorándolo con un ansia tan evidente que no necesita elogio alguno: la comida habla por sí misma.

Hasta que soy yo quien rompe el silencio:

—¿Te ha molestado que me fuera a la playa? —pregunto, con voz sorprendentemente suave.

Él levanta los ojos, el plato a medio comer entre sus manos:

—No —responde tras unos segundos—. Solo me sorprendió no encontrarte en casa. Supuse que lo necesitabas.

Lo observo y asiento, pero sé que miente.

—¿Esperabas que te respondiera otra cosa? —inquiere. Ha debido notar que su respuesta no me ha convencido.

—No es eso —replico, alejando la mirada—. Tampoco es lo que ha parecido cuando me has acusado de estar de vacaciones.

Ares se encoge de hombros, su gesto tan metódico como siempre.

—Deberías conocerme ya para saber que hablo así por sistema.

—Ese sistema es desagradable —le aseguro—. Bramabas con humor, pero las bromas funcionan dentro de una relación donde las acciones decentes suman mucho más.

Él suspira y aparta la vista.

—No me molesta que disfrutes de la playa —confiesa—. Más bien me duele no poder hacerlo yo como antes.

Lo miro, con delicadeza creciente.

—Puedes hacerlo —le digo—, tal y como eres ahora. Solo hace falta que te lo permitas.

Él respira hondo.

—Deslizar esta silla por la arena es toda una gozada —confiesa.

—Quizá por eso fui —susurro—. Para sentir un ápice de esa libertad que te roba el aliento.

Él arquea una ceja y suelta una carcajada suave.

—¿Piensas cargar conmigo hasta la toalla como una princesa? —bromea.

—Ni de coña —replico con una sonrisa—. Pero tienes brazos fuertes y un torso de dominadas. Con esa fuerza, podrías impulsarte sobre la arena hasta el mar, o situarte cómodo en una toalla y contemplar las olas.

Ares frunce el ceño y rueda un poco hacia atrás.

—No soporto que la gente me mire como a un bicho raro —confiesa con brusquedad.

—Tal vez eres tú quien se siente un bicho raro —le devuelvo—. La gente va a lo suyo. No tiene tiempo para quedarse embobada mirando a los demás. Lo sé por experiencia propia.

—¿Experiencia propia? —pregunta, curioso.

—Porque nadie se dio cuenta de que vivía en un infierno —explico—. En parte por mi culpa, porque lo ocultaba con artimañas mentales y nunca se lo conté a nadie, salvo a Amanda.

—¿Amanda? ¿La hija de la amiga de mi madre que te recomendó? —dice él, sorprendido.

—Esa misma —confirmo con un gesto.

—Debería mandarle un email de agradecimiento por recomendarte. A ver si sabe reconocer la ironía.

—Tanto yo como ella somos expertas en reconocer capullos en potencia. Entonces —añado—, ¿te animas mañana a ir conmigo a la playa?

—Lo consultaré con la almohada. —Se encoge de hombros.

—Estoy deseando saber lo que te diga ese cilindro con plumas —remato.