13
Ares
Estoy en el porche con el sudor aún en la frente y los brazos vibrando tras las dominadas. La madera cruje bajo las ruedas de mi silla y el eco de mi esfuerzo se funde con el susurro del mar cercano.
En la mesa junto a la puerta reposa mi cuaderno de piel negra.
Me lo dio la psicóloga del centro de rehabilitación durante las pocas sesiones a las que accedí después del accidente.
Yo no quería hablar. Mis padres y los médicos insistían, y yo me sentaba frente a ella a contar los minutos.
Cuando empecé a romper cosas, me pidió que volcara cada arranque de ira en aquellas páginas antes de descargarlo contra una pared, un mueble o cualquiera que tuviera la mala suerte de acercarse.
Dejé las sesiones poco después. El cuaderno, no.
Abro la cubierta y hojeo las entradas antiguas: rabietas silenciosas, palabras duras a las personas que aprecio, mi propio aislamiento convertido en tinta. También vuelvo a leer lo que escribí esa misma mañana y la tarde en la playa.
Huelga de hambre:
Me niego a comer hoy. El estómago me truena de vacío, pero mi orgullo es más fuerte. Lo hago para fastidiarla. Patético: solo acabo haciéndome daño.
Tarde en el porche:
Vi a Carla caminar sobre la arena ardiente, con paso seguro y el viento despeinándole el cabello. Quise ser ella, con la libertad para desaparecer en el mar que me aterra. Su calma me llenó de envidia.
Respiro hondo. Reconozco que mi huelga de hambre es un acto infantil, una súplica silenciosa. Pero verla huir hacia la orilla me enseñó lo poco que sé más allá de mis muros.
Cojo el boli y escribo:
Confesión:
Necesito más de lo que admito.
Nuevo plan:
Comer lo que ella cocine.
Intentar escucharla sin levantar muros.
Cierro el cuaderno con cuidado y lo dejo reposar sobre la mesa del porche y noto un alivio inesperado.