Un desastre llamado Ares Sutton 12
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​​ Carla

Por la tarde siento el primer impulso de escaparme de la casa y, sin pensarlo demasiado, me calzo unas sandalias y salgo con la toalla al hombro.

La arena me recibe en cuanto saco un pie del porche y arde bajo mis pies descalzos. Cada grano empuja contra la planta, enviándome un calor intenso.

Me abro paso hasta tostarme ligeramente al sol, dejando que el peso de la rutina se disuelva en el roce del viento salado.

Me siento junto a la orilla. Solo el roce de las olas tibias acaricia mis tobillos, pero no me atrevo a internarme más.

El mar de California tiene un misterio distinto, inescrutable para quien no lo conoce.

Cierro los ojos y recuerdo la playa de Alicante: el griterío de los niños, el olor a alga, el sabor de la sal en los labios. Pero aquí, la costa me ofrece un refugio silencioso donde puedo ordenar las ideas.

Al cabo de un rato, decido volver. Recojo mi toalla y regreso por la pasarela, el sol comenzando a descender.

Al acercarme a la casa, lo veo en el porche. Está colgado de la barra de dominadas, elevando el cuerpo con una precisión y fuerza pasmosas. Su espalda se arquea, los músculos tensos, y al terminar, deja caer su peso con un leve crujido del metal de la silla.

—¿Te has tomado vacaciones? —me lanza sin dejar de esforzarse, con la toalla enrollada en los hombros.

Me apoyo en el umbral, con la arena aún pegada en la piel.

—No vine a California de vacaciones —respondo—. Tengo un jefe poco exigente y no me ha mandado tareas… de momento.

—Mejor: así puedes tomarte el resto del día libre. Pero veremos si te mando algo después.

Mis labios se curvan en una sonrisa. La tensión de la mañana parece disiparse por un instante, reemplazada por un juego de provocaciones que, de algún modo, nos une.

La brisa acaricia mi cabello mientras observo a Ares.

—Voy a preparar la cena —le digo con determinación—. Ya sabes que disfrutas cada plato que hago.

Él rueda un poco hacia atrás y, sin perder la compostura, suelta con sorna:

—Preferiría morirme de hambre antes que tragarme otra de tus recetas.

Una protesta inesperada retumba en su vientre. No me sorprende: Ares no ha probado bocado en todo el día. Sigue con esa absurda huelga de hambre, como un niño caprichoso que busca inquietar y preocupar a sus padres, aunque solo se fastidia a sí mismo.

—Tu estómago no parece estar de acuerdo. —Me esfuerzo por esbozar una sonrisa divertida—. Creo que responde por mí esta vez.