11
Carla
El sol se cuela sin ganas por las rendijas de la persiana, iluminando pequeñas motas de polvo que flotan distraídas en el aire.
Mi habitación es sencilla y funcional: una cama cómoda pero impersonal, una pequeña mesilla con una lámpara de diseño minimalista, y un armario blanco que todavía está medio vacío, recordándome constantemente que este lugar aún no es realmente mío.
Llevo veinte minutos despierta y sigo sin reunir fuerzas para levantarme.
Observo esas partículas suspendidas, tan caóticas e inútiles como mis pensamientos, imposibles de ordenar porque, en el fondo, sé que no tienen solución.
Me giro sobre el colchón y alcanzo el móvil en la mesilla. Necesito hablar con alguien que no sea yo misma o el gruñón profesional del otro lado del pasillo. Marco el número de Amanda y, mientras escucho el tono de llamada, me incorporo en la cama apoyando la espalda en la pared.
—¡Carla! Sigues viva.
—Sigo viva, aunque no prometo que siga así mucho más tiempo —suelto un suspiro dramático—. Necesito terapia urgente. O un exorcismo.
Amanda ríe al otro lado del teléfono. Su risa es reconfortante, casi tanto como si estuviera aquí conmigo.
—¿Tan grave es la cosa?
—Peor. Hemos tenido nuestra primera bronca seria y he empezado a plantearme si este trabajo compensa mi estabilidad mental. ¿Por qué no me advertiste mejor? Ese chico es como una caja fuerte oxidada. Por mucho que lo intentes, no hay quien lo abra.
—Te lo advertí claramente: es especial.
— Especial es una palabra que se usa para describir cuadros abstractos o perros que tienen una oreja caída, no adultos cuya única habilidad social es lanzar dardos a cada frase que sueltan.
Amanda vuelve a reír y escucho ruido de fondo, probablemente esté en algún local hipster , de esos con sofás incómodos y cafés sobrevalorados.
—Carla, sinceramente creo que eres justo lo que Ares necesita, aunque aún no lo sepa. Y tú también necesitas un desafío para salir de tu zona de confort.
—Mi zona de confort era sencilla, marcada por una relación tóxica que, aunque dañina, al menos sabía cómo gestionar, sobre todo a base de psicólogos. Era como sentarme en un sofá conocido, incómodo pero predecible.
—¿Sabes lo que creo realmente? —pregunta Amanda con un tono más serio—. Creo que te asusta Ares porque es diferente a todas las personas que has conocido hasta ahora.
—Claro que es diferente, Amanda. No me quiere, no le gusto y básicamente me ve como una invasora doméstica.
—Exacto. No estás acostumbrada a que alguien te rechace tan claramente desde el minuto uno. Siempre has tenido una posición segura en tus relaciones, incluso cuando eran malas. Ares te hace dudar porque, aunque encaja en un patrón conocido, hay algo en él que te intriga.
Me quedo en silencio un momento. Detesto admitirlo, pero Amanda tiene razón.
—Y para colmo me parece uno de los hombres más guapos que he visto en la vida —digo al fin, con resignación fingida—. No se lo merece.
Amanda suelta una carcajada.
—Eso ya es un avance enorme viniendo de ti, Carla Domènech.
—No te burles, es grave.
—Lo sé. Por eso estoy aquí para apoyarte. ¿Quieres mi consejo?
—Lo estoy deseando —respondo sin el menor entusiasmo.
—Relájate un poco. No trates de controlarlo todo. Conoce a Ares poco a poco, deja que él también se acostumbre a ti. Y no olvides por qué decidiste venir.
—Para alejarme de una situación que me consumía.
—Y para descubrir qué quieres realmente. ¿Qué tal si empiezas a averiguar qué quiere Ares también?
—Creo que lo que quiere es que desaparezca.
—Eso es lo que dice, pero quizá no lo que siente. A veces somos complicados. Tenéis muchas cosas en común, pero ya lo irás descubriendo.
Me quedo mirando por la ventana mientras la conversación se desvanece en pequeños comentarios triviales sobre su día y promesas de vernos pronto. Cuelgo con la sensación agridulce de haber dicho más de lo que pensaba.
Respiro hondo y me levanto de la cama. La casa sigue en silencio, pero de repente, no parece tan hostil. La conversación con Amanda ha sido como una ducha fría después de un día de calor asfixiante.
Quizá Amanda tiene razón y debería bajar la guardia.
Tal vez debería darle una oportunidad real a Ares y, de paso, a mí misma.