Un desastre llamado Ares Sutton 16
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​​ Ares

Me instalo en el escritorio de mi habitación, donde la brisa marina entra con más suavidad. El cuaderno de piel negra reposa sobre mi regazo y, frente a mí, el bolígrafo espera, impaciente.

Mi cerebro aún rememora su bikini rosa claro, cómo la tela se ceñía sobre sus pezones. Un destello de luz reflejado en sus labios se desliza por mi mente.

Abro la libreta y paso las páginas hasta encontrar la última entrada, esa en la que decidí dar el paso para enfrentar las sombras que me paralizaban. Dejo que mis dedos repasen el papel antes de escribir:

Sus manos deslizándose sobre su piel con crema solar me volaron la razón. Hacía tanto que no sentía nada real...

Mierda.

El rostro se me enrojece y escribo de nuevo:

Me enfurece no saber qué hacer con este deseo. Antes del accidente tampoco lo sabía; ahora tengo muchas más preguntas y bastante menos valor para responderlas. Me recuerda que sigo vivo y que la silla no ha borrado esa parte de mí, por mucho que yo haya intentado enterrarla.

Me detengo y respiro hondo. La contradicción me toma el pulso: rabia por mi cuerpo que traiciona, y deseo por una imagen que no debería importarme.

Paso a la sección de confesiones:

Admito que ella me despierta sensaciones que nunca he sabido manejar. Verla así, libre y segura, me revuelve por dentro.

Antes del accidente encontraba excusas. Que no era la chica adecuada. Que no me apetecía tanto. Que ya ocurriría. Después dejé de necesitar excusas: me bastaba con no permitir que nadie se acercara lo suficiente.

Bajo la mirada y pienso en la furia que me recorre al saber que, para alguien como yo, ser deseable es un eco lejano.

Cierro el cuaderno y lo dejo sobre la mesa del porche. El bolígrafo cae a un lado, señal de que hoy ya no escribiré más.

Permanezco un rato en silencio. Mi mente arde con la mezcla de indignación y excitación, como si dos fuerzas opuestas lucharan por mi atención.

Susurro para mí:

—Odio desear esto.

Pero no lo borro. Porque si algo tengo claro, es que este cuaderno está empezando a mostrarme que sigo siendo un hombre. Uno de veinticuatro años con demasiadas primeras veces pendientes y un cuerpo sobre el que aún no me atrevo a hacer todas las preguntas.