Un desastre llamado Ares Sutton 9
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​​ Carla

He puesto mi playlist favorita de fondo en el móvil.

No porque quiera animar el ambiente. Bueno, un poco sí.

Pero sobre todo porque sé que a él le molesta.

Esa mezcla de pop español, reguetón light y alguna que otra versión de Sabina con acento andaluz debe de parecerle una tortura auditiva.

Pero oye, nadie le obliga a estar en el salón. Podría volver a encerrarse en su cueva.

Mientras escurro la pasta, canto por lo bajo.

No desafino, pero tampoco me esfuerzo. Solo quiero ver si lo consigo sacar de quicio.

Un poco. Porque no soy una santa y porque, aunque no quiera admitirlo, me intriga.

Me intriga todo él. Su mal humor, su silencio, su manera de observar sin que parezca que observa.

Cuando la salsa está lista, dejo todo preparado en la mesa. Dos platos. Dos vasos. Un bol de parmesano. Y el aire cargado de una tensión que ya casi podría considerarse costumbre.

—Está lista la cena —anuncio, como si le estuviera comunicando la llegada del apocalipsis.

Aparece con el mismo gesto de: todo me estorba y se instala sin decir nada. Pero esta vez, al menos, no me lanza una mirada asesina.

Progreso.

Empieza a comer sin comentarios, lo cual, viniendo de él, es casi un halago. Lo observo. Mover la boca. Respirar. Pensar. Siempre está pensando. Se le nota en la mandíbula. En la forma de fruncir el ceño incluso cuando traga.

—¿Y qué hacías en el portátil? —investigo, con tono casual, como quien habla del tiempo.

Me lanza una mirada fugaz, seca.

—Trabajar. No vivo del aire.

—Ya. Supongo que no. Pero tengo curiosidad. Porque tú sabes en qué trabajo yo. —Le sonrío con toda la amabilidad fingida que manejo—. Lo justo es que yo también sepa a qué te dedicas.

Suspira.

—Soy consultor freelance en estrategia digital.

Trabajo sobre todo con marcas sostenibles y negocios con impacto social.

Ahora estoy preparando una campaña para una fundación dedicada a la conservación de la fauna, así que me paso media vida viendo documentales y buscando la forma de convencer a la gente de que salvar a un tiburón es más importante que comprar otra camiseta.

—Anda. No está nada mal. Y todo eso desde casa. Suena... práctico.

—Lo hago para seguir sintiéndome útil. No porque lo necesite. Después del accidente, me dieron una indemnización bastante generosa. Podría no mover un dedo el resto de mi vida y no me faltaría de nada.

Me quedo en silencio un segundo. No porque no sepa qué decir, sino porque intento no decir lo primero que se me pasa por la cabeza. Pero me puede la curiosidad. Y la sinceridad. Y un poco la osadía.

—¿Cómo fue?

Levanta la vista. Fría. Afilada.

—Aún no somos amigos para que te cuente mi vida al detalle.

Me lo suelta sin anestesia. Directo. Como una cuchilla que no pide permiso.

Me cruzo de brazos, con la boca apretada.

—Vaya. Disculpa por preguntar. Pensé que después de compartir cocina y comidas sin veneno teníamos algo parecido a una tregua civilizada.

—¿Te he preguntado yo por tu fracaso amoroso? ¿Por el tipo que te hizo hacer las maletas hasta California? Seguro que fue una nimiedad y lo dramatizaste como si te hubiera roto el alma en cinco partes iguales.

No veo venir esa frase. Me da de lleno. Como un puñetazo seco en el estómago.

Dejo el tenedor sobre el plato con un golpe sordo.

—Disculpa, eso ha sido una grosería.

—Sí, y no me voy a disculpar por pensarlo.

—¡Tú no tienes ni idea de lo que he pasado! ¡Y tampoco tienes derecho a soltar eso así, como si nada!

—¡Y tú tampoco tienes derecho a meter las narices en lo que no te importa!

—Llevo dos días tragándome tus silencios, tus gruñidos y tus desprecios. Y, aun así, cocino, limpio y me callo muchas veces más de las que debería. Pero eso no te da derecho a atacarme como si fuera un intruso en tu maldita tragedia personal.

Él se queda callado. Pero no baja la mirada.

Me levanto con el plato antes de que el silencio consiga demostrar lo contrario. Y sin decir una palabra, lo meto en el fregadero. No pienso llorar. No por él. No por esto.

Pero sí pienso replantearme muy fuerte si este chico merece de verdad la pena.

—¿Vas a llorar? —espeta él desde la mesa, con ese tono frío que usa cuando quiere herir sin mancharse.

Me doy la vuelta despacio, con los ojos ardiendo y la dignidad intacta.

—Piensa lo que te dé la gana, Ares. Esta es tu casa. Yo solo soy la empleada indeseada que no pediste, pero te encasquetaron igual.

Él no contesta. Se limita a empujar su silla hacia atrás, como si el simple hecho de permanecer en la misma habitación que yo le provocara urticaria.

Perfecto.

Mejor así.