8
Ares
No salgo de mi habitación hasta que el silencio se posa, restaurándome por completo.
Salgo cuando sé que ya no hay guerra declarada. Estamos en esa fase pasivo-agresiva donde ambos sabemos que la hemos liado, pero ninguno quiere el cuerpo a cuerpo otra vez.
Y ahí está. Sentada, con el moño mal hecho de las mujeres que han dormido poco y aun así se levantan con actitud. No dice nada. Ni me mira. Pero hay dos platos sobre la mesa y dos tazas de café. Y eso, en su idioma, es una especie de abrazo con guantes puestos.
Comemos en silencio. Y es curioso. Me siento más acompañado que en muchas conversaciones de los últimos años.
Me paso la mañana en la habitación. No porque quiera estar solo, sino porque no sé qué hacer con esta sensación en el pecho. No es rabia. No es culpa. Es otra cosa. Una especie de escozor en el alma, como si algo me arañara desde dentro y ni una respuesta mordaz pudiera anestesiarlo.
Intento trabajar. Corregir unas notas que dejé pendientes. Pero la cabeza me lleva a ella. A su frase de anoche.
Lo peor es que no está equivocada. Solo que duele oírselo de alguien que no sabe lo que es despertarse cada día con las piernas muertas. Como si tu cuerpo te estuviera haciendo la cama para el funeral.
Al mediodía, sé que ha preparado comida. La oigo moverse por la casa. Su energía se siente desde el pasillo, como una corriente eléctrica en zapatillas de andar por casa. Pero no me acerco. Me cuesta.
Ella tampoco me llama, Bien. Juego limpio.
Por la tarde, me instalo en el salón. Me coloco con el portátil sobre la mesa y los auriculares puestos, fingiendo que trabajo.
Pero estoy medio atento. La oigo ordenar.
Tararear. Reorganizar. A veces me pregunto si tiene un tic nervioso con el orden o si realmente está construyendo algo en este desorden que yo apenas consigo habitar.
A eso de las cinco, pasa por detrás de mí sin decir nada. Lleva una coleta alta y una camiseta ancha con letras en español que no entiendo. Pero se le ve cómoda. En su piel. En la casa. Y eso me desconcierta.
Nadie debería sentirse tan a gusto aquí. Ni siquiera yo.
Ha puesto agua a hervir. Va a cocinar otra vez. No me lo merezco. No hoy. Y, sin embargo, una parte de mí quiere que lo haga. Que vuelva a sentarse frente a mí sin hablar. Porque eso significa que, pese a todo, seguimos aquí.
Una mesa. Dos platos. Dos personas aprendiendo a no estorbarse.
Por ahora, me vale.
Aunque tengo que reconocer que empiezo a detestar lo bien que cocina. Y lo peor: lo hace como quien respira. Lo hace con la naturalidad de quien ya forma parte de esta casa, ajena a que está invadiendo algo que durante un tiempo fue mi única zona segura.
Me incomoda. Toda ella. Su forma de moverse, de no pedirme permiso para existir. De no disculparse por tener carácter. Pero, sobre todo, me incomoda lo que despierta. Porque hay algo en su presencia que empieza a calar. En el ambiente. En los objetos. En mí.
Veo su reflejo en el cristal de la ventana mientras limpia la encimera. Habla sola. O a lo mejor canta. No lo distingo, pero me resulta ridículamente íntimo.
En otro contexto, en otra vida, le habría lanzado alguna frase estúpida solo para provocar.
Pero ahora no sé qué decir. Me cuesta. Y eso también me jode.
Porque antes de caerme al agua, tenía palabras para todo.
Me sobraban. Ahora siento que, cada vez que abro la boca, es como si lanzara una piedra y esperara el eco.
Ella estira la espalda frente al fogón. Me fijo en sus manos. No tienen pinta de manos delicadas. Son de las que trabajan, de las que sostienen. Me sorprendo observando esos detalles. Y me odio un poco por eso.
Me coloco los auriculares de nuevo y miro la pantalla como si el archivo que tengo abierto fuese más importante que lo que pasa a mi alrededor. Pero no me concentro. No puedo. Porque el sonido que hace cuando prueba la salsa. El ruido del cucharón contra la olla. El perfume del sofrito...
Joder. Esto es una tortura distinta. Una que no esperaba.
Y ni siquiera puedo quejarme, porque yo le dije que hiciera lo que quisiera. Y eso es exactamente lo que está haciendo: vivir su vida. En la mía.