Un desastre llamado Ares Sutton 7
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​​ Carla

Cuando una tortilla de calabacín desemboca en una guerra psicológica, sabes que el día ha sido un éxito rotundo. O un desastre, según se mire. Yo prefiero pensar que fue una especie de purga. Una buena hostia emocional a tiempo, aunque sea a base de palabras.

Despierto con la sensación de haber dormido dentro de una lavadora en ciclo de centrifugado.

El jet lag , el cansancio y la intensidad del día anterior me hicieron caer rendida nada más tocar la almohada.

La cabeza me da vueltas, el cuerpo me pesa, y la conciencia…

bueno, la conciencia está ahí, observándome desde una esquina con los brazos cruzados y cara de: te has pasado, amiga.

Me siento en la cama, me recojo el pelo en un moño desastre y respiro hondo. Muy hondo. Respiro con la absurda esperanza de que el aire californiano me coloque las ideas y borre el pequeño detalle de que acabo de mandar a la mierda, con elegancia, eso sí, a un hombre en silla de ruedas.

Ay, Carla, qué arte tienes para meterte en berenjenales.

Camino en silencio por la casa, descalza, sintiendo el suelo frío bajo los pies. No se oye nada. Ni la tele, ni el crujido de la silla rodando, ni un mal suspiro. Nada. El silencio tiene ese tipo de volumen que no anuncia paz, sino preparación para la siguiente emboscada.

Paso por delante de su puerta. Cerrada. Evidentemente. Y aunque mi parte más madura quiere tocar y decir: oye, perdona por decirte verdades como puños con la delicadeza de una apisonadora , mi parte lógica piensa: no fui yo la que empezó con las hostilidades, caballero . Y gana la parte lógica.

Me meto en la cocina. Abro el frigorífico como quien abre el arca de la dignidad. Me preparo un café. Fuerte. Oscuro. Con ganas de golpear la mañana.

A los pocos minutos, hay dos tazas humeantes sobre la mesa y una sartén con un par de huevos cocinándose sin mucha pasión. Como yo esta mañana. Fría, funcional, sin ganas de charla.

Y sin embargo, sirvo dos platos.

Porque a pesar de todo, no soy una cabrona.

O lo soy, pero una cabrona que no deja a nadie sin desayuno.

Sobre todo, porque, aunque me cueste, este es mi trabajo.

Y si algo sé hacer, es cumplir incluso cuando me arden las entrañas.

Lo dejo ahí. En silencio. Sin nota. Sin post-it motivacional. Sin sonrisitas.

Cuando lo escucho llegar, no levanto la vista. Solo sigo removiendo la taza como si fuera un ritual ancestral.

—Buenos días —murmura una voz.

Vaya. Aún habla. Eso ya es algo.

—Por lo menos afuera hay sol —respondo sin girarme.

Silencio.

—Gracias por el piropo.

Casi me atraganto con el siguiente sorbo.

Me giro, lo miro. No parece irónico. No del todo.

Solo serio. Cansado. Como si también hubiera dormido mal.

O no hubiera dormido en absoluto. Es guapo, joder.

Demasiado guapo para el mal humor que carga encima.

No se merece tener esas facciones. Deberían venir con un manual de buen trato obligatorio.

Asiento. Ni una palabra más.

Se acomoda en la mesa. Uno frente al otro. Comiendo. Masticando. Sin romper el equilibrio frágil de una tregua improvisada.

La guerra no ha terminado.

Pero por hoy, hay desayuno. Aunque ayer me confesara que no desayuna. Así que le toca aguantar.

Porque esto, Ares, es guerra de desgaste. Y yo soy muy buena jugando a largo plazo.

Terminamos el desayuno sin grandes gestos ni miradas prolongadas.

Ha sido una rutina torpe entre dos desconocidos que comparten techo por obligación.

Cuando se marcha rodando de nuevo hacia su cuarto, no digo nada.

Pero lo observo de reojo. Hay algo distinto en su forma de moverse.

O tal vez soy yo, que empiezo a notar demasiado.

Recojo los platos. Limpio la encimera. Y me sorprendo a mí misma tarareando. Una tontería, una canción absurda que no recuerdo de dónde ha salido. Me reprendo en silencio. Que no se me vaya la olla tan pronto, Carla. Esto no es una comedia romántica, esto es una misión de supervivencia.

Paso el resto de la mañana revisando los cajones del mueble del salón, ordenando cosas que no me incumben y midiendo los metros cuadrados de mi paciencia.

Me hago una lista mental de las cosas que hay que reponer.

Me dan ganas de escribirle un manual de convivencia, pero me contengo. No estoy tan mal. Aún no.

A la hora de comer, no sale. No lo llamo.

Hoy jugamos a eso: a ignorarnos con elegancia.

Así que almuerzo sola en el porche, frente al mar, con una brisa que me despeina las ideas.

Me digo que es mejor así. Pero la verdad es que me siento...

rara. Y no por estar sola. Estoy acostumbrada a la soledad.

Pero no de esas que conllevan sentirse sin compañía, sino de las que pesan precisamente porque sabes que hay alguien al otro lado de la casa.

Es ese maldito runrún que deja alguien cuando empieza a ocupar espacio, aunque no te haya pedido permiso para hacerlo.

Más tarde, me encierro en mi cuarto y me tumbo boca arriba, mirando el techo blanco.

Releo mensajes antiguos, respondo a un par de correos que no me interesan, y me sorprendo deseando que Amanda me escriba para preguntarme cómo va todo.

Como si con eso pudiera justificar este nudo que llevo dentro desde anoche.

Y cuando cae la tarde y todo vuelve a quedarse en silencio, me asomo de nuevo a la cocina.

Pongo agua a hervir sin saber qué cocinar.

No tengo hambre. Pero hay algo reconfortante en ese gesto.

En saber que, pase lo que pase, esta casa no se me va a tragar.

Que no pienso dejar que otro hombre que gruñe más que habla me saque de mis casillas.

Me doy la vuelta y miro hacia el pasillo. Su puerta sigue cerrada.

Bien. Que se encierre. Yo tengo el resto del mundo para respirar.

Pero apenas unos minutos después, lo oigo.

Sale de su cuarto con el portátil en una mano y unos auriculares colgando del cuello.

Se instala en el salón sin decir palabra, como si formara parte del mobiliario.

Pero yo lo veo. Y él lo sabe. Y esa coreografía muda, ese: yo por aquí, tú por allá, sin tocarnos, pero sabiendo que estamos , empieza a tener un ritmo perversamente familiar.