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Ares
Llevo tres meses metido en esta casa con vistas al mar, pero hasta hoy Nunca había olido a otra cosa que no fuera rutinas rancias y comidas improvisadas.
Lo que me zarandea no es el olor, sino la sensación de entrar en un lugar que ya no funciona igual.
Como si alguien hubiera abierto una ventana que llevaba siglos cerrada.
No me refiero al bacon de esta mañana ni al café mal hecho que a veces me preparo por inercia.
Esto huele a otra cosa. A vida. A ganas. A alguien que no está solo por estar.
Antes, lo más parecido a existencia que había aquí eran las visitas exprés de mi madre o las niñeras que me enviaba con su buena intención y que no aguantaban ni setenta y dos horas.
Carla lleva doce horas y ya ha cocinado, me ha insultado y ha hecho que la casa parezca menos una celda de lujo y más un sitio donde pasan cosas. No debería afectarme.
Pero joder, me afecta.
Me quedo a unos metros de la isla, observando en silencio.
Carla está sirviendo en la mesa dos platos con una especie de tortilla de aspecto decente. Muy decente. Tiene ese color dorado por fuera y textura jugosa por dentro. Una de esas que ves en Pinterest y dudas que sean reales. Pero ella la ha hecho. Aquí. En mi casa.
Cocinar para mí se convirtió en un auténtico suplicio. No llego bien ni a la isla ni a la encimera de la cocina; mi silla de ruedas simplemente no lo permite. Durante meses, he tenido que conformarme con lo mínimo.
—Tortilla de calabacín con cebolla —dice, sin girarse—. Es una versión saludable de la que hace mi madre de patatas. Más ligera, pero igual de buena.
—¿No lleva patata? Eso ya es un sacrilegio —murmuro, rodando hacia la mesa.
Ella deja el plato frente a mí sin perder la sonrisa.
—Gracias por tu apoyo cultural. Prueba antes de juzgar.
Lo hago. Y para mi desgracia, está buena. Muy buena. Maldita sea, está deliciosa. El calabacín está bien hecho, la cebolla suave, y hay un toque de especias que no sé identificar, pero que encaja perfecto.
—Asco —suelto, sin levantar la vista del plato.
Ella arquea una ceja.
—¿Asco? Estás arrasando el plato.
—Porque tengo hambre, no porque me guste.
—Claro. Y yo cocino porque disfruto recibiendo desprecios gratuitos. Encantada de servir.
Mastica otro trozo, esta vez más rápido. Yo sigo comiendo en silencio, porque no pienso admitir que esto es lo más sabroso que he comido en semanas. Pero ella no se calla. Nunca se calla.
—¿Se puede saber qué intentas demostrar exactamente?
Levanto la vista.
—¿Perdona?
—Esa actitud. Ese plan de: voy a tratar mal a todo el mundo para que no se acerquen.
Te habrá funcionado con las otras asistentes, pero conmigo no.
Yo no estoy aquí por gusto. Tenía un trabajo que me gustaba en Madrid, una vida, un piso, y a pesar de eso acabé huyendo.
Porque hay tíos como tú, que van por el mundo haciéndole sentir mal a la gente como si fuera un hobby.
Aprieto los dientes. Quiero responder. Morder. Pero me habla como si supiera cosas que no tiene derecho a saber.
—O cooperas y te comportas como un adulto, o te quedarás más solo que la una el resto de tus días. Y ni siquiera podrás culpar a nadie por ello.
Me estremezco. Por dentro. Pero me obligo a mantener la calma.
—No tienes ni puta idea de lo que es estar en mi situación.
—Y tú vas por la vida como si ser la víctima de todo te diera permiso para escupirle a la gente. Ese papel de mártir no ayuda.
—Con lo que me has soltado, ¿acaso no te estás haciendo tú la víctima también?
Se cruza de brazos, desafiante.
—Desde que llegué he intentado ser amable. Pasar por alto todos tus desprecios. Pero también tengo derecho a poner límites, como los pones tú. Estar en silla de ruedas no te da más derechos que a los demás.
Eso me golpea. Con fuerza. Como un cubo de agua helada directo al pecho. Me quedo quieto. Me cuesta tragar saliva. Y me arde el orgullo. Mucho más de lo que debería.
Dejo el tenedor. Empujo la silla hacia atrás. Pero antes de darme la vuelta, la miro. Fijo. Frío.
—No sabes nada de mí. Ni de lo que significa despertarte cada día en un cuerpo que no te obedece. Así que no vengas a darme lecciones de dignidad desde tu pedestal privilegiado.
Ella no contesta. Y yo tampoco espero que lo haga.
Me giro y me voy.
Y me encierro en mi habitación.
Allí, entre el silencio y la penumbra, las palabras de Carla siguen retumbando: No te da más derechos que a los demás.
Quizá sí me lo crea. Que tengo derecho a estar enfadado con el mundo.
Porque tengo veinticuatro y llevo casi seis años aprendiendo a vivir de otra manera.
Porque nadie se imagina lo que es levantarse cada día y recordar que no vas a levantarte.
Porque el mundo se ha movido sin mí, y yo estoy aquí, en pausa.
¿Tengo derecho a estar cabreado? Sí.
¿Tengo derecho a escupirle eso a cualquiera que se cruce conmigo?
No lo sé.
Pero ahora mismo no siento ninguna compasión por nadie. Porque si lo hiciera, tendría que admitir que ella tiene razón. Y eso, hoy, es demasiado pedir.