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Carla
Llevo siete horas en esta casa y aún me queda por revisar bien la cocina.
Y no porque sea una maniática del orden (aunque puede que un poquito sí), sino porque me niego a vivir en un sitio donde las especias caducaron antes de que el hombre de la casa aprendiera a vivir solo sin supervisión materna.
Mientras Ares ha estado encerrado en su habitación viendo lo que juraría que es un documental sobre tiburones asesinos, a deducir por los gritos que se oían, yo he aprovechado para abrir cajones, mover sartenes, mirar en la despensa y calcular el grado de abandono de los armarios.
Resultado: cinco latas de alubias, dos paquetes de cereales sin cerrar del todo y una bolsa de arroz que ha vivido tiempos mejores.
Hago mentalmente una lista. Papel higiénico.
Pan. Fruta. Algo verde que no esté congelado.
Agua, porque no me pienso convertir en una de esas personas que beben del grifo en una ciudad donde el agua tiene ese regusto raro que te hace plantearte si no sería mejor ducharse con zumo.
Luego me planteo si Ares sabrá siquiera lo que hay en su propia despensa o si vive de aire, café y hostilidad pasivo-agresiva.
Es decir, básicamente del odio que acumula hacia el mundo antes de abrir los ojos por las mañanas.
Me apoyo en la encimera y suspiro. Aún no he deshecho del todo la maleta.
He colgado un par de camisetas, he dejado el neceser en el baño y he enchufado el cargador del móvil como si eso bastara para decir: ya está, vivo aquí.
Pero no. Vivir en un sitio implica un poco más.
Poner tu cepillo de dientes al lado del del otro.
Dejar el cargador del portátil en la mesita de noche.
Guardar tus bragas en el cajón de siempre. Pequeñas cosas.
Y yo, en esta casa, soy una intrusa. Como si fuera una invitada que se ha quedado demasiado tiempo y teme que la echen a escobazos.
Aun así, cuando me cruzo con Ares por el pasillo, me esfuerzo por sonreír.
No porque me caiga especialmente bien (que no), sino porque me niego a ser la española malhumorada que vino a invadir su espacio.
Ya bastante tengo con lidiar con su versión de una mezcla entre Clint Eastwood con resaca y un gato al que le han movido el comedero de sitio.
Nos cruzamos cerca de lo que sería la puerta del salón, si la casa no fuera de concepto abierto y todo estuviera más o menos a la vista.
—¿Has comido algo aparte de ese café malo? —inquiero, por pura decencia.
Me lanza una mirada rápida, casi un pestañeo de desdén.
—No tenía hambre.
—Claro. Será porque he acabado con las últimas reservas frescas de la nevera.
Esta vez no responde. Solo sigue hacia el baño y desaparece con ese sonido particular de las ruedas sobre la madera. Me dejo caer en el sofá y me llevo las manos al rostro.
Esto va a ser duro.
Media hora después, tengo una lista en papel con una caligrafía que haría llorar de orgullo a mi profesora de tercero de primaria. Me pongo unas zapatillas y cojo el bolso.
Ares está viendo la tele, otra vez. Ahora no hay tiburones, sino coches explotando. Estupendo. Tarde de testosterona digital.
Me asomo al umbral de su habitación, sin llegar a entrar del todo.
—Voy a hacer la compra. ¿Quieres algo en especial?
Silencio.
—Algo que te guste, que suelas comer, que no implique matar un animal con tus propias manos.
Él ladea la cabeza, a punto de responder. Luego vuelve la vista a la pantalla.
—Lo que quieras. No soy exigente.
Me cruzo de brazos. Sí, ya… no eres nada exigente. Seguro que si le traigo un pan que no cruje como le gusta, me lo lanza a la cabeza.
—Dices eso como si no me fueras a mirar con desprecio si traigo yogures con trozos de fruta.
—No los miraré. Los esconderé directamente.
—Anotado. Nada de yogures sospechosos.
Salgo sin esperar más comentarios. No tengo energía para batallas dialécticas con un hombre que probablemente considera la mayonesa una herejía culinaria.
El supermercado está a unos quince minutos caminando.
Lo sé porque lo busqué en Google nada más aterrizar, como buena neurótica de la planificación.
El sol californiano ya empieza a golpear con esa intensidad que te obliga a plantearte por qué no vives en Islandia.
Pero me viene bien. El paseo. El cambio de aire.
La sensación de ser anónima entre una multitud de desconocidos que no esperan nada de mí.
Camino con los auriculares puestos y una playlist de canciones alegres que contrastan con mi estado de ánimo.
Paso por casas con jardines perfectos, por niños que juegan al baloncesto en la calle y por mujeres que pasean perros con nombres probablemente más originales que los de sus maridos.
Todo parece de postal. O de serie de Netflix.
Compro plátanos, pan integral, leche vegetal, huevos, manzanas, pechugas de pollo, avena, tomates cherry, y un bote de Nutella que decido esconder en mi parte del armario como si fuera un tesoro nacional.
Cuando salgo cargada como una mula, me arrepiento de no haber venido en coche.
Luego me acuerdo de que no tengo coche. Ni carnet estadounidense.
Ni energía para aprender cómo funciona el transporte aquí sin Google Maps.
Al llegar a casa, Ares no está en el salón. Ni en la cocina. Escucho ruido en su habitación. Aprovecho para guardar todo sin tener a un fiscal de energías negativas juzgando mis elecciones alimenticias. Mientras coloco los tomates, dejo escapar un suspiro largo.
Y justo entonces, escucho su voz a mi espalda:
—¿Compraste yogures?
Me giro.
—No. Porque me das miedo.
—Bien. Vamos mejorando.
—He traído avena. Por si un día decides abrazar tu lado sensible.
—Mi lado sensible desayuna filetes.
—Tendré eso en cuenta para cuando tenga que convencerte de que los vegetales no muerden.
—Solo los que preparas tú.
Alzo una ceja. Me lanza una sonrisa apenas perceptible. Pero está ahí.
—Nunca te he preparado nada de verduras, por cierto. Así que tampoco puedes opinar con conocimiento de causa.
—No necesito pruebas para saber que serían horribles.
—Pues prepárate, porque esta semana toca calabacín —le digo, sonriendo como quien anuncia una amenaza en clave de receta.
—¿Eso es legal?
—En California, sí. Y además me he documentado.
Me mira de reojo, entre resignado y divertido. Creo que me está empezando a tolerar. O simplemente está demasiado cansado para pelearse conmigo.
—¿Qué tal el paseo hasta el supermercado? —pregunta de pronto.
—Terrible. Pero no me queda de otra, tengo que hacer las cosas a pata.
—Podría haberte llevado yo.
Lo miro, arqueando las cejas.
—¿Puedes conducir?
—Puedo hacer muchas cosas.
—Entonces, ¿por qué no te ofreciste?
Se encoge de hombros. La expresión se le endurece un poco.
—Porque quería joderte un poquito. Y no me arrepiento de haberlo hecho.
Abro la boca para contestar, pero la cierro al instante. No por falta de respuestas, sino porque la frase, aunque cafre, me ha hecho gracia. Me apoyo en la encimera, lo miro de reojo y suelto:
—Eres un capullo con iniciativa. Al menos ahora lo sé.
Él se encoge de hombros, satisfecho.
—Transparencia ante todo.
—Genial, porque estoy acostumbrada a la transparencia y a la crueldad de los hombres.
No vas a amedrentarme con eso, Ares. Vas a tener que esforzarte más si quieres que me dé por vencida.
Ah, y por cierto... yo también puedo joderte.
Pensaba ser benévola y dejar las verduras para dentro de un par de días, pero visto lo visto, vamos a adelantar el calabacín para la cena. Te lo has ganado a pulso.