Un desastre llamado Ares Sutton 4
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​​ Ares

Hay algo irritante en sentirse observado, cuando sabes que no puedes huir de la mirada ajena sin parecer que te afecta.

Termino la serie de ejercicios con las bandas elásticas y dejo que el cuerpo descanse. El sudor me empapa la frente y la parte baja de la espalda, pero no es eso lo que me incomoda.

Es ella.

Carla.

Plantada en el umbral como si estuviera contemplando un documental sobre fauna salvaje. Solo le falta una libreta para tomar apuntes y un té frío con pajita.

Me ha soltado una frase aguda —no fue una respuesta, fue un gancho limpio al ego— y luego se ha quedado ahí, sin ninguna prisa por marcharse. Ni siquiera se ha reído. Solo ha aguantado mi mirada, segura de que soy yo quien se incomodará primero. Y eso es lo que me jode.

Porque tiene razón. Me incomoda.

Pero no pienso admitirlo.

Cuando por fin se va, me quedo un rato más afuera, moviendo los brazos sin propósito. Fingiendo que aún me queda otra ronda de esfuerzo físico. No me gusta dejar las cosas a medias. Pero menos me gusta sentir que me descolocan. Ella lo hace. Y no lleva ni cuatro horas aquí.

En el interior, la casa se siente extrañamente más habitada. No hay ruidos, pero hay señales: el olor a comida, la silla que no está en el mismo sitio, el eco distinto del aire al pasar por el salón. Es como si su presencia hubiera dejado huella en los objetos, en la luz. En mí.

Resoplo. Necesito una taza de café. Quiero demostrarme que aún puedo hacer cosas solo, sin que nadie me vea como un proyecto de rehabilitación.

Cargo el brazo derecho y me inclino hacia la cafetera.

Giro con esfuerzo. Alcance limitado. Echo el agua, coloco el filtro y añado el café molido con más torpeza que precisión. El brazo izquierdo tiembla un poco.

Intento sacar la taza del estante superior. La agarro, pero se me escurre.

Cae. Rebota. Estalla contra el suelo.

Genial.

Tomo aire por la nariz. No grito. No maldigo. Estoy solo. No necesito teatro.

Pero no lo estoy.

—¿Te ayudo? —la voz llega desde la puerta. Natural. Ni lástima ni sarcasmo. Solo una pregunta.

La miro. Ella está allí, con el pelo ya medio seco, una camiseta amplia que dice: Not today, Satan.

Qué irónico.

—Estoy bien —gruño, recogiendo los pedazos rotos con un paño.

—¿Seguro? —Da un paso más, pero no invade. Solo observa.

—Seguro —repito, clavando la mirada en el suelo.

Ella asiente. No insiste. Va hacia la encimera, coge una taza con suavidad del estante superior y se queda en silencio. Puedo sentir sus ojos sobre mi espalda mientras limpio. Cuando termino, la oigo servirse una taza. Silencio otra vez.

Tensa paz.

—¿Siempre eres así? —pregunta de pronto, como quien comenta el clima.

—¿Así cómo?

—Tan... encantador —ironiza.

—¿Siempre entras en cocinas ajenas haciendo desayunos como si llevaras meses viviendo aquí?

—Solo cuando me pagan por ello. Y cuando el dueño se niega a comer y me dice que haga lo que me dé la gana sin molestar. —Levanta las cejas con falsa inocencia.

—No necesito una cuidadora.

—Perfecto. Porque yo tampoco necesito clientes difíciles. Pero míranos. Aquí estamos, haciéndolo funcionar.

—¿Esto te parece funcionar?

—Hombre, no has intentado atropellarme con la silla, así que algo es.

No puedo evitar que se me escape una especie de risa por la nariz. Apenas audible. Pero ella la nota.

—¿Eso ha sido una risa, Sutton? ¡Debe ser histórico! ¿Debo llamar a tu madre y decirle que sobreviviste al primer contacto humano sin morir en el intento?

—No le des falsas esperanzas. Se ilusiona fácil —le contesto.

Me incorporo, dispuesto a alcanzar una taza nueva para mitigar el bochorno, pero Carla me adelanta.

Con una calma que me sorprende, abre el armario y deja una justo delante de mí.

Ella la sirve con movimientos tranquilos, como si hacerlo no significara nada. Luego la pone frente a mí.

—Pensé que no tomabas cafeína.

—Tampoco suelo dejar que me despierten antes de las diez. Hoy parece que todo es una excepción —le contesto.

—Ajá. O sea, que el gruñón también improvisa. Voy a anotarlo en mi cuaderno invisible. Por cierto, te la serví sin veneno. —Sonríe.

—No me gustan las cosas fáciles.

—Pues este café te va a encantar. Está fatal hecho.

La miro. Ella aguanta el tipo. Me reta sin esfuerzo, como si estuviéramos jugando a un juego que aún no he aceptado.

No digo nada más. Solo cojo la taza. Y sí, está mal hecho. Mucho. Pero lo bebo igual.

Porque si algo tengo claro sobre esta chica tras solo unas horas, es que no se echa atrás a la primera. Ni aunque se lo pidas con cara de bulldog mal dormido.

Y eso, por muy molesto que sea… me da cierta curiosidad.