Un desastre llamado Ares Sutton 3
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​​ Carla

Me quedo ahí plantada, preguntándome en qué momento exacto de mi vida dije: ¿por qué no cruzo medio mundo para cuidar a un americano gruñón con ojos que hipnotizan? Ah, sí. Justo después de que mi ex me dejara con la libido congelada y las ganas de escapar disparadas.

Lo observo por el rabillo del ojo mientras doy otro bocado a mi desayuno. No porque me apetezca comer delante de él —que también—, sino porque me niego a dejar que su negativa me haga sentir incómoda. Si no quiere comer nada, más para mí.

Él sigue con esa expresión entre escepticismo y desprecio educado. Y me encantaría decir que me intimida… pero no. Me pica. Me provoca. Me dan ganas de decirle: venga, suéltate un poco, que no soy una amenaza biológica.

—¿Quieres café? —pregunto alzando la taza como si brindara.

—No necesito cafeína —responde, como si fuera una debilidad moral.

—Yo sí. Y azúcar, y chocolate, y malas decisiones. Pero eso ya lo sabrás con el tiempo. —Sonrío. Él no.

El silencio se instala entre nosotros mientras termino mi plato. No es incómodo. Es de esos silencios que se llenan con pensamientos que no se dicen en voz alta porque sería muy pronto para empezar una guerra.

—¿Siempre hablas tanto? —cuestiona, al fin.

—No. Solo cuando estoy nerviosa. O cuando alguien me da mala espina —le contesto con total sinceridad.

Él no responde. Solo me mira. Me analiza. Como si intentara encontrar las piezas que no encajan en mí. Buena suerte, campeón. Ni yo las encuentro.

Recojo mi plato y lo dejo en el fregadero. La comida ha hecho su magia.

—Me voy a duchar. Si explota la casa, avísame —bromeo, y él asiente con la cabeza. Una especie de despedida no verbal.

Cuando me encierro en el baño de invitados y cierro la puerta, suelto el aire que no sabía que estaba conteniendo.

Madre mía. Esto va a ser un experimento sociológico. O un reality.

Aprovecho el momento de privacidad para sacar el móvil y marcar el número de Amanda. Me lo coge al segundo tono, como si estuviera esperando mi llamada.

—¿Ya te ha gruñido? —pregunta sin saludar.

—¿Esto es una venganza por aquella vez en el máster que te convencí de presentar un trabajo con un vídeo de Chayanne subtitulado al latín?

Amanda se ríe. Esa risa suya que siempre suena como si tuviera una copa de vino en la mano.

—Te dije que era un chico peculiar. Muy inteligente, pero algo… especial.

—¿Especial? Amanda, es un crío de veinticuatro con cara de querer demandar al mundo por existir. Me ha mirado como si le acabara de pisar el césped sagrado de su dignidad.

—Dale tiempo. Tiene su carácter, sí, pero también sus razones. Solo necesita alguien con paciencia.

—Me estás describiendo como si fuera una planta de interior. Necesita luz, agua y que le poden las hojas pochas de vez en cuando.

—Y tú eres buenísima con las plantas. O sea, match perfecto —bromea.

—¿Cuándo vuelves a la ciudad? Quiero verte. Hablar. Criticar a los hombres como si fueran una especie aparte.

—En unos días. Prometido. Nos tomamos algo, me cuentas todo y yo te devuelvo el favor con cotilleos de mi oficina.

—Trato hecho. Pero si desaparezco misteriosamente, dile a la policía que empiecen a buscar por la rampa de entrada.

—Anotado. Y Carla… gracias por hacerlo. De verdad.

—No me des las gracias todavía. Aún no ha empezado lo bueno.

Salgo de la ducha con el pelo aún goteando y la cara roja por el vapor.

No me molesto en secármelo bien. Me ato la toalla al cuerpo, me pongo la ropa más cómoda que encuentro en la maleta y voy hacia el centro de la casa, pero algo llama mi atención desde la cristalera del salón y salgo al porche. Me quedo en el umbral de la puerta.

Ares está sin camiseta. Con las ruedas de la silla bien plantadas, usando unas bandas elásticas para trabajar los brazos y el torso. Y vaya torso.

Me quedo quieta. Casi me olvido de parpadear.

No mueve las piernas, no necesita hacerlo. Su espalda, sus hombros, los bíceps marcados bajo el sol de media mañana… todo parece sacado de una campaña de ropa deportiva que te dice que no tienes excusa para no ir al gimnasio.

Está concentrado. Respira por la nariz. Empuja. Sube. Estira. Se detiene solo cuando se da cuenta de que lo estoy mirando.

Nuestros ojos se cruzan.

Y entonces, con la voz más seca y directa que he oído en días, suelta:

—¿Te sorprende que un tullido pueda hacer estas cosas?

No tardo ni medio segundo en responder.

—Todavía no he visto a ningún tullido. Aunque si sigo escuchándote hablar, igual se te nota alguna tara. Pero solo mental.

Una ceja se le levanta.

—¿Siempre tienes una respuesta hiriente? —espeta, volviendo a tirar de la banda con más fuerza de la necesaria.

—No siempre. Solo cuando me provocan con frases de manual de autocompasión. —Me encojo de hombros como quien habla del tiempo.

—No necesito compasión —gruñe.

—Perfecto, porque no estaba en la oferta. Lo que sí tengo es sentido del humor. Algo que, por cierto, podrías probar alguna vez. Va bien con la vida en general.

Él deja de tirar de la banda, se pasa una mano por el cuello y me lanza una mirada que no sé si es irritación, sorpresa o ambas cosas mezcladas con otra que no quiere reconocer.

—No eres como las otras asistentes.

—¿Lo dices porque sé freír un huevo sin incendiar la casa o porque no me asusto cuando frunces el ceño?

—Porque hablas como si no te diera miedo tocar las cosas que duelen.

—Porque no me da miedo —le digo, bajando la voz. Y añado, con una sonrisa torcida—. Lo que me da miedo es la gente que va por la vida sin dejarse tocar por nada.

Nos quedamos en silencio unos segundos. El sol aprieta. Él baja la mirada. Y yo… yo no me muevo. Así que simplemente me quedo ahí y finjo no haber visto nada, no estar sorprendida y, sobre todo, no sentirme afectada.

Porque lo último que necesita alguien que se protege con cuchillas, es que lo mires como si fuera de cristal.