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Ares
No sé en qué momento exacto empieza a oler así. Solo sé que, de pronto, la casa huele a desayuno de verdad. De los buenos. De los que te hacen dudar de tus principios y de tus traumas existenciales. Bacon, huevos, pan tostado, algo cítrico. ¿Zumo de naranja? ¿En serio?
Me asomo desde el pasillo sin hacer ruido.
O al menos, eso creo. No es que Carla se gire o diga algo, pero da un paso a un lado justo cuando paso frente a la cocina, como si supiera que estoy ahí.
Tiene los auriculares puestos, uno solo, y mueve el pie al ritmo de algo que suena a música alegre. Eso ya es irritante de por sí.
Está de espaldas, con el pelo recogido en un moño raro, de esos que se hacen con una goma floja y que amenazan con caerse en cualquier momento.
Lleva una camiseta vieja, de esas anchas, y unos vaqueros con las perneras dobladas.
Parece sacada de un anuncio de desayuno perfecto.
Odio lo perfecta que parece en este momento.
¿No se suponía que era española? ¿Dónde está la paella? ¿La tortilla de patatas? ¿La sangría a las nueve de la mañana?
—¿Desayuno americano? Qué decepción —murmuro más para mí que para ella.
Ella se gira solo un poco, sin dejar de remover los huevos revueltos en la sartén.
—Lo siento, no me dio tiempo a importar el jamón ibérico —responde con esa voz entre sarcástica y amable que empieza a tocarme los nervios. O los activa. No sé.
Me da la espalda de nuevo y sigue. Con calma. Como si cocinara para ella misma desde hace años. Y tal vez sí. Tal vez esté acostumbrada a cuidarse sola. Qué suerte.
El bacon chisporrotea y la casa se llena de ese aroma que se te pega a la ropa y te despierta el apetito, aunque no quieras.
Maldita sea.
Me gruñe el estómago. Literalmente.
Ella se sirve un plato generoso y se apoya en la encimera, de pie, comiendo con una tranquilidad insultante. Sin decir nada. Solo masticando y observándome como si yo fuera el raro por no unirme al festín.
—¿Seguro que no quieres un poco? —Alza una ceja.
—No —respondo con tono seco. Demasiado seco, incluso para mí. Pero si cedo ahora, mañana me hará tostadas y al siguiente se sentará a mi lado en el sofá. Luego me leerá cuentos. O me arropará.
—El bacon está delicioso. Nada que ver con el de España, que parece cartón con sal —añade mientras se mete otro trozo en la boca.
Frunzo el ceño.
—Pensaba que en España el desayuno sería de otra forma.
—Pensabas mal. Pero bueno, al menos aquí tenéis mantequilla de cacahuete. Algo es algo.
Me cruzo de brazos. No sé si quiero que siga hablando o si prefiero que se calle. Hay algo en su forma de estar tan cómoda en mi cocina que me irrita. Me incomoda. Me… pica.
—¿Siempre desayunas como si no fueras a comer en tres días? —pregunto.
—Siempre que puedo —responde, encogiéndose de hombros—. Me gusta cuidarme. Sobre todo, después de haber pasado tanto tiempo sin hacerlo.
Esa frase me raspa por dentro. No sé qué quiere decir con exactitud, pero me recuerda demasiado a lo que yo mismo no quiero recordar.
Nos quedamos en silencio. Ella sigue comiendo. Yo sigo fingiendo que no tengo hambre.
Y el bacon sigue oliendo como el maldito paraíso.
—¿Sabes? Me caes bien —afirma, como si eso fuera algo que yo necesitara saber.
—Vas fuerte para llevar menos de una hora aquí.
—Mejor que esperar tres días y acabar odiándonos. Así al menos sabrás desde el principio que no pienso irme por un gruñido tuyo.
La miro fijamente. Es un hueso duro. Me gustan los huesos duros. Aunque duelan.