1
Ares
Sé que ha llegado antes de que la puerta se abra.
No hace falta que me lo digan. El aire cambia. La casa tiene ese zumbido distinto que aparece cuando alguien nuevo respira dentro.
No sé si es el olor —ligeramente floral, no empalagoso—, el ritmo desigual de sus pasos o esa forma incómoda de abrir los cajones de la cocina como si fueran trampas explosivas. Pero sé que está aquí. Y que no quiero que esté.
Mi madre me ha hecho esto.
Otra vez.
No necesito ayuda. Solo que me dejen en paz.
Se lo repetí mil veces. Que estoy bien. Que me apaño solo. Que si me caigo, ya me levantaré. O me arrastro. O me quedo en el suelo viendo la tele hasta que me muera de aburrimiento.
—No es por ti —dijo mi madre, con esa dulzura venenosa que solo las madres dominan—. Es por mí, para que duerma tranquila.
La miré con una incredulidad que no intenté disimular mientras recogía mi bolso.
—¿Para que tú estés tranquila? —respondí, dejándome escapar una risa breve y amarga—. Así que tu paz mental exige que comparta mi casa con una extraña que no ha vivido ni una décima parte de lo que yo he soportado.
Mis palabras colgaron en el aire mientras ella estrechaba los labios, temerosa de admitir que quizá yo tenía razón.
—Es solo por precaución —murmuró, arrastrando cada sílaba—. No quiero volver a sentirme culpable si algo sale mal.
—La culpabilidad no arregla nada —contesté con voz firme—. Lo que realmente duele es que decidas protegerte a mi costa, como si mi vida fuera un proyecto a medio guisar.
Un silencio tenso siguió, salpicado por el pitido del microondas, recordándonos que el mundo seguía girando sin esperar a que resolviéramos nuestras propias heridas.
Y así, de golpe, perdí el único espacio donde todavía podía ser yo.
Donde nadie me mira como el chico del accidente .
Donde puedo ser un borde sin que nadie me lo eche en cara.
Dentro de unas semanas se cumplirán seis años desde la caída.
Y aún hay días en los que me despierto pensando que voy a mover los pies.
No me gusta que me vean como un mártir. Tampoco como un héroe.
Y mucho menos como un inútil al que hay que cuidar.
Así que sí, quizá soy seco. Y tengo menos paciencia que un gato con hambre.
Pero estoy vivo. Y eso ya es bastante trabajo.
Lo sé porque oigo a mi madre repetir su nombre varias veces como si lo estuviera entrenando: Carla, esto por aquí. Carla, si necesitas algo. Carla, no dudes en…
Dios.
Me acerco sin hacer ruido. Ruedas suaves sobre madera. Cuerpo tenso.
Y ahí está.
Delgada. Morena. Pelo algo revuelto. Vestida para no llamar la atención, aunque consigue exactamente lo contrario. Su mirada escanea cada detalle con la concentración de quien piensa escribirlo después.
—¿Eres la nueva niñera? —suelto sin filtro.
Podría haber sido más educado. Pero no tengo ganas.
Ella se gira despacio y me lanza una de esas miradas que no sabes si terminan en un bufido o en un zasca.
Y va y contesta:
—Soy Carla. Y no cuido niños. Solo adultos maleducados.
Touché.
Tiene agallas. O no me ha pillado el humor. O ambas cosas.
La primera impresión es una mierda. Pero es honesta.
No me cae bien. Tampoco me cae mal.
Simplemente no la quiero aquí.
No porque sea ella. Sino porque es alguien .
Alguien que va a invadir mis horarios, tocar mis cosas, escuchar mis silencios, juzgar cómo desayuno o cómo tardo diez minutos más que el resto en ponerme una camiseta.
Pero algo me dice que no se va a ir tan fácilmente.
Y lo peor no es eso. Lo peor es que, por primera vez en mucho tiempo, alguien me mira sin pena.
Y no sé si estoy preparado para eso.
—Solo quiero que tengas clara una cosa —le digo, sin rodeos, mientras ella empieza a recoger los papeles que mi madre ha dejado sobre la mesa—. No necesito ayuda. Esta casa se supone que iba a ser para mí. Para estar solo. No para compartirla con alguien que no conozco de nada.
Ella levanta la vista. No parece ofendida, solo me observa durante unos segundos que se hacen más largos de lo que me gustaría.
—Entiendo —responde con voz tranquila—. No necesitas ayuda para ir al baño, ni para moverte por aquí. Pero a lo mejor sí para suavizar el carácter. Aunque eso ya me imagino que es campo minado.
No sé si acaba de insultarme o de tener razón.
—Por cierto —añade, mientras deja los papeles perfectamente alineados sobre la mesa—, me llamo Carla Domènech.
—Ares Sutton —respondo sin pensar. Y añado con una ceja levantada—: Y ya te lo he dicho…
—…Que no necesitas mi ayuda —remata ella, con una media sonrisa—. Pero me gustaría prepararte algo para desayunar. Para que valores mis habilidades.
—No suelo desayunar.
—Tu madre dice que deberías —responde sin inmutarse.
—Me independicé para dejar de escuchar a mi madre.
—Yo puedo ser más bien como una amiga, si eso ayuda.
—No necesito una amiga. Haz lo que quieras el resto del día, no tienes que justificar tu sueldo ni el alojamiento. Tu jefe soy yo, y te ordeno que disfrutes de la ciudad y me dejes en paz. Es la única forma de que esto funcione mínimamente bien entre nosotros.
—Vale. —Asiente ella, con un tono más seco que el mío—. Pero antes tengo que comer algo. Yo sí suelo desayunar, si no te importa.
—Ponte cómoda, haz lo que te dé la gana, yo me vuelvo a mi habitación.