Un desastre llamado Ares Sutton
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Carla
Hay algo profundamente humillante en arrastrar una maleta gigante que se niega a girar como debe, mientras sudas, jadeas y finges que estás controlando la situación.
Esa soy yo. Carla Domènech. Veintiocho años, una maleta con una rueda rebelde y la habilidad sobrenatural de vestirme con pantalón largo cuando hace treinta grados.
Peinado a tomar por saco. Y un cartel gigantesco que me da la bienvenida a Los Ángeles con una sonrisa que no se parece en nada a la mía.
Respiro hondo.
Mentira.
Intento respirar hondo, pero me sale un bufido feo y tembloroso, de esos que vienen cargados de pensamientos que uno no ha terminado de ordenar. Como si respirar bien dependiera de estar en paz con una misma.
Y no, no lo estoy. Tampoco me engaño. He cruzado medio mundo para empezar de cero.
Me he plantado en California con un contrato, una maleta y un listado de cosas que no quiero volver a hacer nunca más.
Entre ellas: meterme en una relación que me dejó hecha puré.
O aparentar normalidad mientras las dudas me carcomen por dentro.
Aquí estoy. En tierra de surfers, palmeras, coches que parecen naves espaciales y gente con sonrisas sospechosamente blancas. Con los ojos como platos, intentando parecer una mujer segura de sí misma. Y sin embargo, lo único que tengo claro es que me tiemblan las piernas. Y no es por el jet lag .
Hace un año, tenía un piso en el centro de Madrid, una pareja estable —esa palabra maldita— y una vida montada con precisión de reloj suizo.
Todo encajaba. O eso creía yo. Trabajaba como redactora creativa en una pequeña editorial que publicaba desde libros de autoayuda hasta manuales de fontanería, me encargaban descripciones de contraportada tan entusiastas que ni los autores las creían, o títulos para novelas que nadie iba a leer pero que tenían que sonar como el próximo gran éxito de ventas.
Pero pagaban. Me gustaba. O eso me repetía.
Y luego estaba él.
No voy a decir su nombre. No porque no me acuerde. Me acuerdo perfectamente. Es porque cada vez que lo digo en voz alta, se me pone un nudo en la garganta. Ese que te impide tragar saliva sin sentir que te estás tragando también algo que no deberías.
Era listo. Encantador. Guapo. Tan guapo que dolía. Y poco a poco fue convirtiéndome en alguien que ni yo reconocía. Me hacía sentir pequeña. Tonta. Insegura. Como si el amor fuera una constante competición en la que siempre perdía.
Y un día, mientras recogía mis bragas del suelo del baño —otra discusión, otro portazo, otro comentario hiriente— me di cuenta de que no quería seguir jugando a eso. Que no me quedaba ni media risa sincera.
Así que me fui.
Sin drama. Sin gritar. Solo me marché.
Me fui a una pensión en las afueras de Madrid durante un mes. No quería molestar a nadie, ni involucrar a alguien más en mis problemas. Fue mi elección seguir atada a un vínculo que me hacía daño, quedarme donde no me valoraban y donde terminé odiando incluso lo que antes amaba, como el sexo.
Y empecé a planear cómo salir también del país.
Podría haberme ido a Londres, a Berlín o a casa de mis padres en Elche. Pero no.
California.
Y no porque me gusten los aguacates y el yoga. Que lo primero sí, pero lo segundo no.
Me vine porque aquí vive Amanda. Mi amiga americana.
La única persona que conocí en aquel máster de traducción audiovisual que hice hace años en Valencia y que hablaba español con acento de película doblada.
Coincidimos en un grupo de trabajo y me salvó del aburrimiento con frases como: Spain is different but your beer is cheap . Conectamos al instante.
Desde entonces, nos hemos visto cada vez que ella viene a Europa o yo cruzo el charco.
Y cuando le conté que estaba hasta el moño de todo y que necesitaba desaparecer, me ofreció una solución que en su momento me pareció de ciencia ficción: trabajar como asistente de un chico llamado Ares, que vive solo desde hace poco.
—Mi madre conoce a su madre —me dijo por FaceTime, mientras masticaba algo que no supe identificar—. Han entrevistado a varias personas, pero ninguna ha encajado. Buscan a alguien educado, paciente… y con buen inglés.
—¿Y crees que yo…?
—Tía. Estudiaste filología inglesa. Has vivido en Dublín. Traduces subtítulos como una pro. Y, lo más importante, eres buena gente.
Amanda exagera. Siempre lo hace. Pero le dije que sí.
Porque a veces hay trenes que no sabes si te van a llevar a algún sitio… pero sabes que te están sacando de donde no quieres estar.
El Uber huele a coco y tiene luces LED en el techo.
El conductor me pregunta si es mi primera vez en California.
Asiento. No me apetece hablar. Él interpreta mi silencio como timidez y me suelta una lista de lugares turísticos que visitar.
Yo asiento en bucle, como si estuviera memorizando una receta.
Miro por la ventanilla.
Todo es tan… ancho. Las avenidas, los coches, la luz. Siento que tengo que abrir más los ojos para abarcarlo todo. Como si España se me hubiera quedado pequeña y este sitio me exigiera ser más grande, más fuerte, más rápida.
Cuando llegamos a la dirección que me han dado, el estómago se me encoge.
Es una casa baja, de fachada blanca y tejado gris.
Un jardín cuidado. Una rampa que sube hasta la puerta.
Está en una zona residencial tranquila, justo frente a la playa, con esa brisa salada que se cuela en los pulmones y te recuerda que estás en la costa de California, no en una postal.
Trago saliva.
Este es mi nuevo hogar.
Por ahora.
Me recibe la madre del chico, Lydia Sutton. Guapísima. Pelo recogido, ropa sencilla, pero impoluta. Voz amable, mirada firme. Esa clase de mujer que huele a galletas recién hechas y a amenaza silenciosa si cruzas una línea invisible.
—Gracias por venir, Carla. Mi hijo Ares está descansando. No es muy sociable por las mañanas. —Me sonríe como si eso que acaba de decir fuera adorable.
La primera vez que leí su nombre fue en uno de los correos de Lydia.
Ares . Me pareció un nombre excesivo, de esos que obligan a su propietario a convertirse en dios de la guerra o a pasarse la vida explicando que sus padres sentían debilidad por la mitología griega.
También pensé que debía de ser difícil llamarse así y dedicarse a algo tranquilo, como cuidar orquídeas o meditar al amanecer.
Por lo visto, lo de la paz matutina tampoco entra en sus competencias.
—No pasa nada. Me adapto fácil —miento. Soy de rutinas, de agendas, de listas.
Me enseña la casa. Cocina americana. Salón amplio. Todo pensado para que se pueda mover con libertad. Me explica mis tareas: preparar desayuno, organizar medicamentos (aunque él se encarga casi siempre), ayudar con la compra y… estar.
—Mi hijo no es fácil. Pero es buena persona —su tono es de quien quiere dejarlo claro antes de irse.
—¿A qué se refiere exactamente? —pregunto, tratando de medir sus palabras.
—Es un chico orgulloso, muy orgulloso. Insistió en independizarse después de cinco años viviendo con nosotros tras el accidente, pero siempre ha estado acostumbrado a hacerlo todo solo, y eso lo ha endurecido.
—¿Y eso afecta a su manera de relacionarse con los demás?
—Sí, muchísimo. Tiene miedo de mostrarse vulnerable, incluso con su propia familia. A veces puede parecer frío o distante, pero es solo una coraza.
—¿Cree que eso cambiará?
—No lo sé —alega con honestidad—. Pero espero que tú puedas ser la persona que le ayude a bajar esa barrera. Que lo acompañes sin presionarlo, que le des tiempo. Amanda ha hablado maravillas de ti.
—Haré lo que pueda —le aseguro, con más arrojo que confianza.
—Eso es todo lo que puedo pedir —indica con una sonrisa cansada—. Gracias por estar aquí. Y avísame si necesitas cualquier cosa. Tengo que marcharme. Llego tarde a una clase de cerámica.
Recoge el bolso que ha dejado sobre una de las sillas y consulta la hora.
La miro, convencida de que no puede estar hablando en serio.
—¿Ahora?
—Empezaba hace diez minutos, en realidad.
—Pensaba que te quedarías para presentarnos.
Lydia acomoda el bolso sobre su hombro con una tranquilidad que no comparto.
—Ares no necesita que lo presente en su propia casa. Además, creo que será mejor que os conozcáis sin que yo intente facilitar las cosas.
No sé qué me desconcierta más: que vaya a dejarme sola con un desconocido al que, técnicamente, todavía no he visto, o que parezca considerar su ausencia una ventaja.
—¿Y si no le gusta que esté aquí?
—No le gusta que nadie esté aquí —responde con una sonrisa afectuosa—. No te lo tomes como algo personal.
Magnífico. He cruzado medio mundo para trabajar con un hombre llamado como el dios de la guerra, poco sociable por las mañanas y alérgico a la presencia humana, mientras su madre se marcha a fabricar un cenicero.
Cuando Lydia se marcha, la casa se queda en silencio.
Yo también.
Permanezco en mitad del salón, con la incómoda sensación de que alguien acaba de abandonarme en territorio enemigo sin explicarme las reglas.
Intento convencerme de que no estoy nerviosa.
Solo alerta. Muy alerta. Como una persona perfectamente serena que calcula cuánto tardaría en alcanzar la puerta si su nuevo jefe resulta ser un asesino.
Entonces escucho un sonido procedente del pasillo.
El roce suave y acompasado de unas ruedas sobre la madera se acerca poco a poco, rompiendo el silencio de la casa. Me vuelvo hacia él justo cuando una figura aparece en el umbral.
Ares.
Y, de pronto, el nombre deja de parecerme excesivo.
Tiene el pelo oscuro, la piel clara y una mandíbula tan marcada que parece diseñada para tensarse con desaprobación.
Pero son sus ojos los que consiguen inmovilizarme: verdes, fríos y clavados en mí con la expresión de alguien que acaba de descubrir que su madre ha dejado a una desconocida en su casa y espera que él se encargue del problema.
Nos observamos.
Él no dice nada.
Yo tampoco, porque todas las frases que había preparado durante el vuelo han decidido emigrar de mi cabeza.
El silencio se prolonga hasta volverse incómodo. Después, sin apartar la mirada, él abre la boca:
—¿Eres la nueva niñera?
Toma ya.
—Soy Carla. Y no cuido niños. Solo adultos maleducados —respondo, sin pensarlo demasiado.
Y por primera vez desde que llegué a este continente, me nace una sonrisa.
Pequeña, algo torcida, pero real.