Un corazón entre tú y yo (pueblo pequeño) que te acariciará el corazón. (Edentown nº 30) 13
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Sam sonrió. Durante un instante ninguno se movió. Los ojos de ambos brillaban. Sus corazones latían al mismo ritmo. Sam dejó su botellín de cerveza sobre la barra.

—Vamos —decidió Sam.

Cuando salieron del pub, el aire frío de la noche les golpeó el rostro.

Alex se abrazó a sí misma.

—¿Tienes frío?

—Un poco.

Sam se quitó la chaqueta y se la puso sobre los hombros. Sabía que le abrigaría bastante.

—Póntela.

—No —se la devolvió incómoda.

—Alex.

—Si me la pongo, tendrás frío tú.

—Soy sanitario. Estoy preparado para sobrevivir a temperaturas inferiores a diez grados.

Ella soltó una carcajada.

—Qué hombre tan sacrificado.

Sam sonrió y volvió a ofrecerle la chaqueta.

Esta vez, Alex la aceptó. Se la puso y se quedó unos segundos mirando las mangas, demasiado largas para ella.

—Huele a ti.

Sam la miró en silencio. Parecía que realmente le gustaba.

—Eso no ha sonado tan inocente como pretendías —comentó expectante.

Alex levantó la mirada.

—No pretendía que sonara inocente.

Él la observó confundido.

—Alex...

—¿Qué?

Sam dio un paso hacia ella.

—Llevas toda la noche provocándome.

—Puede.

—Y luego haces como si no supieras lo que estás haciendo.

Ella sonrió.

—Creo que no era mi intención, pero no sé cómo pararlo.

Sam negó lentamente con la cabeza.

—¿Te arrepientes?

La miró a los ojos. Después a sus labios. Volvió a su mirada para perderse en ella.

—No lo sé —reconoció Alex en un susurro.

Sam se acercó un poco más a Alex. Sus labios casi podían rozar su frente. Dejó escapar una respiración.

—Alex... Dime que me aparte.

Ella negó muy despacio. Todo su ser palpitaba, se estremecía. No iba a decírselo. No quería que lo hiciera. Le mantuvo la mirada expectante.

Sam contuvo la respiración. Le había dado tiempo suficiente para que se apartara y no lo había hecho. No necesitó más. Eliminó la distancia entre ellos. La besó. Primero apenas fue un roce, suave, como si todavía le estuviera dando la oportunidad de arrepentirse.

Ella no lo hizo. Alex apoyó una mano sobre su pecho y respondió al beso sin reservas. La mano de Sam encontró su cintura y la acercó un poco más, para profundizar en el beso sin prisas. Le encantaba su sabor, le abrasaban sus labios, le encendía su entrega.

Se separaron apenas unos centímetros.

—Esto complica las cosas —murmuró él.

—No tiene por qué —susurró Alex.

—Claro que sí —la miró durante un largo instante.

—Te iba a enseñar la casa —carraspeó ella.

Sam asintió. Lo que había entre los dos parecía ser mucho más fuerte que cada uno de ellos.

—Sí, vamos —entrelazaron sus dedos para empezar a caminar—. ¿Está muy lejos?

—Cerca del lago.

—Lo has encontrado a tiempo. Yo tengo que buscar piso. El hijo de Helga vuelve a casa y lo necesita para él y sus niñas.

—Algo me comentó Maud. Quería preguntarte por ello.

—Helga es un libro abierto. Si quieres que algo se sepa pronto, cuéntaselo a ella. Se lo dirá a Doris, la tía de Maud y objetivo conseguido —sonrió Sam.

—¿Cuándo lo necesita?

—Pronto. Me ha dado algo de tiempo, pero el resultado es inevitable. Ya he llamado a Megan.

Alex se quedó pensativa por unos instantes. Ya habían vivido juntos y si no fuera porque era tan quisquilloso no tendría por qué haber ido mal. Podrían intentarlo otra vez. Volvió a mirarlo a él.

—Puedes quedarte conmigo.

Sam parpadeó.

—¿Qué?

—Me has escuchado perfectamente.

—Alex...

—Tengo habitaciones de sobra.

—No.

—¿No, qué?

—No voy a vivir contigo.

Ella cruzó los brazos.

—¿Por qué? No nos llevábamos tan mal.

Sam la miró extrañado.

—¿Lo dices en serio?

—Encárgate de apagar el despertador cuando suena y yo colgaré las chaquetas. Hay un armario en la entrada.

—Alex, acabamos de besarnos.

Alex apretó los labios. Tenía razón. Se podía complicar todo.

—Pero la casa es grande, tú necesitas un sitio para vivir y a mí me vendrá bien que me ayudes con los gastos.

—Con lo que ganas no necesitas ayuda para pagar el alquiler.

Alex lo miró de reojo.

—¿Eso es un reproche?

—No. Es una realidad. Y además, nos hemos besado, y sinceramente, no creo que quiera dejar de hacerlo.

—No tienes por qué parar.

—Si vivimos juntos discutiremos.

—Es lo que tiene la convivencia, las relaciones…

Sam la miró de reojo. No quería otra relación, sin embargo, le costaba dejar de mirarla y la esperaba ver por casa en cualquier momento.

—No sé qué estamos haciendo —murmuró, incómodo y molesto consigo mismo, mientras caminaban.

—Estamos yendo a mi casa… Sam, somos personas adultas —le rebatió ella—. Tú necesitas un piso, a mí me sobran habitaciones.

—Nos hemos besado y lo cierto es que querría seguir haciéndolo.

—No tengo nada en contra de ello —sonrió Alex—. Mira, Sam, voy a dejar las cosas claras. Sí, trabajo mucho y gano dinero. No me arrepiento de una cosa ni de otra.

—Pero yo querré pasar tiempo contigo.

—Sí, bueno… Supongo que tenías razón con lo de que no me tomo descansos, pero ¿para qué? Realmente estoy sola, me lo paso bien trabajando… Desde que estoy aquí salgo más… Lo que necesito son motivos para descansar.

—Y yo podría ser un motivo.

Alex asintió convencida.

—Me toca… Me gusta mi trabajo…

—Ahora no me vengas con que el tuyo es más importante que el mío. Son diferentes, solo eso. Valoro y agradezco que salves a personas, pero a mí me gusta lo que hago.

Sam la miró confundido.

—No. Solo quiero decirte que me gusta mi trabajo. Estoy bien en él. No quiero ser médico aunque pudiera cobrar más.

—¿Y que me quieres decir con eso?

—Que estoy satisfecho con mi sueldo.

Alex le miró esperando que siguiera con la explicación que parecía que necesitaba dar, pero no llegaba.

—No te entiendo.

—Trabajo a turnos y a veces tengo que hacer refuerzos.

Alex siguió esperando las pegas, que tampoco llegaban.

—Si te supone un problema mi trabajo, deberías decirlo ahora y no utilizarlo como justificante para ser infiel.