Un corazón entre tú y yo (pueblo pequeño) que te acariciará el corazón. (Edentown nº 30) 12
90%

12

Alex se encogió de hombros despreocupada, antes de dar su primer sorbo. El café con leche le templó el cuerpo tanto como la disculpa de él acarició su alma.

—Ya está. Ya ha pasado. Fue un error vivir juntos.

Sam la miró en silencio. ¿Lo pensaba de verdad?

—No fue tan malo.

—¿No? ¿Qué parte? Porque solo recuerdo tus quejas.

Sam no iba a rendirse por mucha razón que ella tuviera.

—No esperaba vivir con una mujer.

—Sí, me di cuenta.

—Mis hermanas ya te habrán contado mis experiencias anteriores —comentó incómodo, a regañadientes.

—Sí —aceptó Alex—. Realmente malas.

—Entonces entiendes que me resista, ¿no?

—Pero yo no soy ellas.

Pero eres una mujer, resolvió Sam en su cabeza. Una mujer guapa, risueña, atractiva, ahogó un suspiro.

—Lo sé.

Una mujer rubia y muy guapa entró en la cafetería directa hacia Sam.

—Sam, ¿puedo contar contigo para Halloween? Ya he pedido oficialmente que dobléis el turno esa noche —le explicó directa—. Hola, Alex. Ah, pero si también está Frank. Voy a decírselo a él también.

La vieron alejarse.

—No le has contestado.

—No hace falta —sonrió Sam—. Es imposible negarse a ella. Es concienzuda y no le detiene una negativa.

—Es la bibliotecaria.

—Y la concejal de cultura. Halloween, la feria de Navidad o cualquier evento que haya en Edentown lo organiza ella.

—Halloween… ¿vas a disfrazarte?

—Trabajaré como has podido ver.

Alex sonrió. Tenía ganas de vivir Halloween allí. No solía celebrarlo nunca. Sam la vio sonreír.

—¿Por qué sonríes?

Alex se encogió de hombros. Sam la miró inseguro.

¿Se estaba riendo por su trabajo? Le acababa de decir que no era como sus anteriores relaciones, pero su trabajo también le hacía reírse de él.

Ya estaba harto. No iba a disculparse por ello.

No le importaba que ella ganara más dinero. No eran una pareja ni estaban saliendo.

Frank se acercó hasta la mesa, con Sawyer.

—Ya has oído a Jane. Nada de hacer planes para Halloween.

—No pensaba hacerlos —le respondió levantándose.

Alex lo miró sorprendida. Apenas tuvo tiempo de reaccionar. Vio salir a los tres compañeros sin saber qué pensar. ¿Había dicho algo ofensivo para que Sam reaccionara así? Repasó la conversación mentalmente. No encontró la respuesta.

Sam aún estaba adormilado cuando llamaron a la puerta. Era demasiado pronto para que los niños empezaran a pedir caramelos que ni siquiera tenía porque pensaba estar trabajando. Abrió sin ningún interés.

—Helga… —adivinó por su altura que tras la peluca morada, el vestido negro y el terrorífico maquillaje se escondía su vecina.

—Sam, ha surgido un inconveniente —le explicó con cierta angustia.

—¿Qué ha pasado?

—Es Hans, mi hijo. Va a volver con mis nietas. No puedo tenerlos en casa. La habitación de Hans la convertí en mi cuarto de costura.

—Eh… No sabía que cosías…

—Y no lo hago, ya tengo poca vista. Pinto cuadros. Hacemos exposiciones a final de curso, ya te avisaré para que vengas a verla. Lo entiendes, ¿verdad?

Sam titubeó por un instante. ¿Qué debía entender?

—Gracias por no ponérmelo más difícil. Me cuesta mucho tener que pedirte que busques otro piso sabiendo que hay tan pocos.

Sam asintió dándole vueltas a lo que estaba escuchando. ¿Tenía que buscar otro lugar para vivir?

—No te preocupes —le respondió barajando posibilidades en las que no había pensado—. Encontraré algo.

—Gracias, Sam —le dio un abrazo antes de girarse y bajar las escaleras.

Sam cerró la puerta y se apoyó en ella. ¿Qué podía hacer?

Llamar a Megan Saint James. Siempre podría volver a la casa de los chicos, pero le tocaría dormir en el sofá porque Sawyer había ocupado su habitación.

Era mejor llamar a Megan y que le encontrara otro piso.

Resopló molesto. Helga le había avisado que el piso era para cualquiera de sus hijos cuando regresaran, pero los dos trabajaban en el extranjero, ¿Quién iba a pensar que iban a volver tan pronto?

La plaza, decorada con fardos de paja, y calabazas naranjas de todos los tamaños, estaba repleta de niños disfrazados.

Pequeños vampiros corrían de un lado a otro con las capas arrastrando por el suelo, brujas diminutas agitaban sus escobas de plástico y algún que otro esqueleto cargaba una bolsa de caramelos que parecía pesar más que él.

Sam apoyó la espalda contra la ambulancia y miró su reloj.

—¿Cuánto crees que tardaremos en atender al primero? —preguntó Frank.

Sam observó a un niño que llevaba una bolsa de chucherías del tamaño de su cabeza.

—Diez minutos.

Sawyer, que había decidido acompañarlos, soltó una carcajada desde el asiento del conductor.

—Optimista.

—Cinco, entonces.

—Eso sí.

Sam sonrió.

Era Halloween y ellos estaban de guardia. La noche prometía ser larga, y la plaza se había convertido en una pequeña invasión de disfraces, caramelos y padres agotados.

Entonces, su mirada se detuvo. Tres mujeres jóvenes, sin niños, cruzaron la plaza entre la multitud. Una iba vestida de vampira. La otra, de gato negro. Y la tercera...

Sam dejó de sonreír. Alex.

Llevaba un vestido negro corto, medias oscuras y un sombrero de bruja inclinado sobre el cabello. En una mano sostenía una escoba de juguete y en la otra una pequeña bolsa de tela llena de caramelos. Llevaba poco tiempo allí y ya era una de ellos.

Se quedó mirándola un segundo más de lo prudente. Frank se dio cuenta de su reacción porque también las había visto.

—Cierra la boca.

Sam carraspeó y apartó la mirada.

—No estaba mirando.

—Claro.

—Estaba comprobando que nadie necesitara asistencia médica.

—Por supuesto. Muy profesional.

Sam le lanzó una mirada con el ceño fruncido.

—¿Quieres explicarle a una mujer disfrazada de bruja que debe controlar su consumo de azúcar? —preguntó Frank, burlón.

—No. Por favor. Es una responsabilidad que solo tú puedes asumir.

Las tres jóvenes, divertidas, pasaron cerca de la ambulancia.

Alex lo vio y se detuvo. Janice y Maud se quedaron a su lado. Una sonrisa lenta apareció en sus labios. Ya no vivían juntos, todavía le dolía la última discusión, pero pese a todo, Sam le había abierto la puerta a ese lugar. Quería estar bien con él si iban a seguir viéndose por allí.

—Vaya —dijo—. Qué suerte la mía.

Sam levantó una ceja. Creía que todavía estaría enfadada con él. No sabía cómo tomarse ese comentario.

—¿Suerte?

—Encontrarme con un sanitario de guardia.

Miró la ambulancia, a Sawyer dentro, a Frank apoyado en la puerta, y después volvió los ojos hacia él.

—Nunca se sabe cuándo puede hacer falta un hombre dispuesto a salvarte.

Realmente, eran tres, pero solo le importaba uno.

Sawyer tosió para disimular la risa. Frank miró divertido a su compañero.

Sam, en cambio, no apartó la mirada. ¿Estaba coqueteando con él?

¿Le estaba permitiendo hacer las paces con ella?

Podía ser la mejor forma de que todo acabara entre ellos, sin ningún tipo de rencilla.

La vida podía acabar en cualquier momento, como bien recordaba con cada accidente con víctimas, y guardar rencores o deseos pendientes, era algo que no estaba dispuesto a permitirse.

—Depende —respondió relajado, siguiéndole la conversación.

—¿De qué?

—De si la bruja se ha metido en problemas.

Alex se acercó un paso hacia él.

—Todavía no lo he hecho.

Sam miró la escoba que llevaba en la mano.

—¿Todavía?

—La noche es joven.

Por primera vez, él sonrió de verdad. Esa mujer le hacía sentirse vivo.

—Entonces tendré que mantenerte vigilada.

—¿Eso forma parte de tu trabajo?

—Solo en casos especiales.

—Qué alivio.

Alex ladeó la cabeza.

—Pensaba que, en Halloween, los sanitarios solo vigilaban empachos de caramelos.

Sam miró la bolsa que llevaba.

—También hacemos evaluaciones de riesgo.

—¿Y cuál es tu evaluación?

¿Le estaba tentando? Él recorrió su disfraz con una mirada deliberadamente tranquila antes de volver a sus ojos.

—Riesgo moderado.

Alex soltó una pequeña risa. Le gustaba Sam, no podía negarlo. Y ya no vivían juntos. Probablemente, ese había sido el problema. Quizá si hubieran empezado a conocerse poco a poco…

—¿Moderado?

—Podría equivocarme.

—Eso sería una lástima.

Durante un instante se mantuvieron la mirada. Alex sintió un cosquilleo bajo la piel. Sam luchó contra la tentación de rodearla con sus brazos y besarla. Estaba encantadora, desenfadada, divertida… como siempre había sido.

—Tenemos que irnos —le recordó Janice, tirando de ella—. Marla nos está esperando.

Alex no se movió. Le costaba hacerlo.

—Parece que mi aquelarre me reclama.

—Qué pena.

—Sí.

Se inclinó ligeramente hacia él.

—Pero quizá nos volvamos a encontrar esta noche.

Sam sonrió. Pocas cosas le gustarían más.

—Quizá.

Alex se dio la vuelta y empezó a andar.

—¿Qué ha sido eso? —le susurró Janice—. Creí que no había nada entre vosotros.

—Y no lo hay.

—De momento —le rebatió Maud divertida—. Ha sido más que evidente que le gustas.

Alex sonrió sintiendo que su corazón sonreía con ella.

—No…

—Sí —la interrumpió Janice—. A Sam le habían roto el corazón. A ti también. Formáis un corazón entero entre los dos.

—¿Celosa? —le preguntó Maud pasándole un brazo por encima, con cariño.

—No, claro que no —le respondió con una mueca—. Algún día encontraré un hombre para mí.

Alex las miró de reojo. Le gustaba esa amistad, esa complicidad, esa sensación de formar parte de ella, de algo más grande, de aquel lugar. Su corazón, aunque aún estaba tierno, parecía haber sanado. Podía sentirlo.

Sam la siguió con la mirada. Había sido un coqueteo en toda regla. Ella parecía dispuesta a… Un coqueteo podía derivar en algo más serio, razonó. Y a esa edad, ambos lo sabían. ¿Estaban dispuestos a dar ese paso?

Frank esperó tres segundos.

—Riesgo moderado, ¿eh?

Sam negó con la cabeza.

—Cállate.

—No he dicho nada.

—Lo estabas pensando.

—Estaba pensando que quizá deberías revisar tus criterios médicos.

Sam volvió a mirar por donde se había ido Alex. Ella, a unos metros de distancia, se giró. Sus ojos se encontraron. Ella le sonrió. Sam le devolvió la sonrisa. No sabía a dónde le llevaría aquello, pero estaba dispuesto a descubrirlo.

Unas horas más tarde, el Shamrock estaba abarrotado. Pequeñas calabazas iluminadas descansaban sobre las mesas de madera, telarañas artificiales cubrían las vigas del techo y unas cuantas velas de luces led parpadeaban entre botellas de whisky y jarras de cerveza.

De las paredes colgaban guirnaldas de murciélagos negros y farolillos anaranjados, mientras una tenue luz rojiza envolvía el local en un ambiente misterioso y acogedor.

Brujas de labios oscuros, vampiros de sonrisas traviesas, esqueletos danzantes y alguna que otra diablesa de tacones imposibles llenaban el local.

Alex no tardó en encontrar a Sam con la mirada.

No estaba segura de si su turno duraría lo de siempre o solo cubriría las primeras horas de la noche.

Pero ahí estaba. Y quería hablar con él.

Maud le había contado que debía abandonar el piso.

Su tía Doris era la mejor amiga de Helga y le había explicado que su hijo volvía con sus nietas.

Eso dejaba a Sam en la calle, y no sabía si habría encontrado alguna solución con lo complicado que era alquilar un piso por allí.

Le preguntaría solo por simple e inocente interés, razonó consigo misma.

Sam se encontró con su mirada. Había acudido con Frank y Sawyer tras acabar su refuerzo, con la esperanza de encontrarla.

Quería averiguar las intenciones de Alex con ese coqueteo nada accidental.

Y, a la vez, quería comprobar si él estaba dispuesto a arriesgarse.

¿En qué pensaba su corazón, su cabeza y su cuerpo?

Se había prometido firmemente que no habría más mujeres en su vida y lo había cumplido…

hasta que había aparecido Alex. Le había trastocado todo.

Debería concentrarse en buscar un piso de alquiler.

Debería estar pensando casi exclusivamente en eso.

Debería…, pero Alex estaba tan bonita...

Ella se alejó de sus amigas y fue hacia él con el corazón amenazando con salirse de su pecho.

—¿Siempre miras así a las mujeres que van disfrazadas de bruja? —preguntó cuando llegó hasta él.

Sam levantó lentamente los ojos.

—Solo a las que parecen estar esperando que las mire.

Alex sonrió.

—¿Y yo parezco estar esperando eso?

—Creo que llevas toda la noche intentando llamar mi atención.

—¿Toda la noche?

—Más o menos.

Ella soltó una risa breve.

—Qué arrogante.

—¿He dicho que fuera algo malo?

—No. Pero esto puede complicarse.

Alex apoyó un codo en la barra, junto a él. Frank y Sawyer parecían haberles hecho un espacio, pero se notaba que estaban atentos a la conversación. Disimulaban especialmente mal, pensó burlona.

Sam giró ligeramente el cuerpo hacia ella. Los chicos y su falta de discreción le estaban distrayendo.

—¿Por qué? —le preguntó Sam con curiosidad, bajando la voz y acercándose más a ella para poder escucharla.

—Porque empiezas a gustarme.

La frase salió con una naturalidad que incluso a ella la sorprendió. No era su intención decírselo, menos tan directamente y mucho menos cuando sabía lo que opinaba sobre ella, pero era tarde e inútil arrepentirse. Ya lo había dicho.

Sam se quedó quieto. Alex y su costumbre de no querer perder el tiempo.

—Eso ha sido directo —aceptó él. Directo e inesperado. Aunque agradable y halagador.

—Ya me conoces.

Sam sonrió. La conocía y le gustaba, por mucho que quisiera engañarse. Sus ojos descendieron un instante hacia los labios de ella. Fue apenas un segundo, pero Alex lo vio. Y Sam supo que lo había visto. Ninguno apartó la mirada. Los corazones de ambos latían acelerados.

—Tú a mí también.

Ella le miró con fingida inocencia. ¿También le gustaba o también la conocía?

—Llevas toda la noche intentando provocarme —continuó Sam.

Alex ladeó la cabeza con cierta coquetería. Era tarde para negarlo. No pretendía hacerlo, pero parecía imposible resistirse a lo que había entre ellos.

—¿Y qué opinas?

Sam dejó escapar una respiración lenta.

—Que si juegas con fuego, puedes acabar quemándote.

El corazón de Alex dio un pequeño salto. Él también parecía más que dispuesto, pero ¿y si volvían a echarse en cara todas las discusiones que ya habían tenido?

—Entonces quizá debería parar.

Sam notó su repentina indecisión.

—Quizá —le retiró un mechón de cabello que acariciaba su mejilla—, porque sabes lo que puede ocurrir después.

—Pero tú también me estás provocando.

Sam la miró durante unos segundos.

—No lo voy a discutir.

—¿De verdad? Eso es raro.

Sam ahogó una sonrisa. Ya se conocían. Partían con ventaja si querían comenzar algo.

—Sabes que me gustas —reconoció con voz ronca, rozándole casi el lóbulo de su oreja.

Alex sintió cómo se ruborizaban sus mejillas y su corazón latía desbocado. Solo había querido acabar la relación entre ambos de una manera civilizada y se le estaba yendo de las manos. Era mejor cambiar de tema y no coquetear tan abiertamente con él.

—No te he enseñado mi casa.

Sam arqueó una ceja, sorprendido.

—Eso parece una invitación.

Alex lo miró. Sí, lo parecía, aunque no pretendía que sonara como si lo fuera. Sam se inclinó ligeramente hacia ella.

—¿Estás segura de que quieres que vaya?

Alex le sostuvo su mirada con cierta incertidumbre. ¿Qué pasaría si…? Casi le faltaba el aire.

—¿Tú estás seguro de que quieres venir?

—No has respondido.

—Tú tampoco.