11
Salió de la habitación dando un portazo.
Sam se quedó bloqueado. ¿Cómo podía haber sido tan injusto con ella?
¿Cómo la había estado tratando? Ella no le había pedido nada.
Tampoco había nada entre ellos. Solo se llevaban bien, cada vez mejor.
Escuchó la puerta de casa. Lanzó un exabrupto y salió tras ella.
Llegó a las escaleras. Iba sin ropa, descalzo y tenía que irse a trabajar.
Empezó a resoplar, fastidiado. No había sido justo. Miró la hora en su reloj. Si la seguía llegaría tarde. Una colección de exabruptos se agolpaba en su cabeza mientras cerraba la puerta a su espalda. La llamó por teléfono. Sabía que no iba a contestar, pero debía intentarlo.
Alex frenó sus acelerados pasos en cuanto llegó a la zona del lago. Había salido demasiado rápida de casa sin pensar que en la calle la temperatura, de madrugada, sería más baja. No iba a volver a por una chaqueta. Por lo menos no iba en pijama y llevaba su ropa deportiva.
Debía haberse cambiado de ropa después de la discusión con Sam, pero corría el riesgo de que o siguieran discutiendo o la viera llorar.
Le habían dolido sus palabras. Habían sido rápidas, certeras e hirientes.
Eso le pasaba por haber hablado de más. Su abuela le decía que era muy confiada y tenía razón.
Que creía que todo el mundo era bueno, y tenía razón.
Que era demasiado transparente y cualquiera lo podría utilizar para dañarla y tenía razón.
Pero también le decía que era fuerte, resiliente y que sería capaz de levantarse las veces que se cayera y tenía razón también.
Pero dolía, sollozó. Dolía estar sola, no volver a escucharla, no tener en quien apoyarse…
Se limpió las lágrimas que resbalaban por sus mejillas.
Tenía conocidas en Edentown, que podrían convertirse en amigas.
Tenía un trabajo en el que se escondía o en el que se apoyaba para mantenerse ocupada, útil, distraída y con el que, realmente disfrutaba.
Y vivía en Edentown. Junto a ese lago que en ese momento parecía abrazarla.
Volvió a secarse las lágrimas. Estaba satisfecha con su vida.
Era solo cuestión de tiempo encontrar esas amigas, incluso una pareja…
¿Por qué no? Una pareja a la que no le importara que dejara la chaqueta en el respaldo de la silla, con la que desayunar por las mañanas en la cocina, que la aceptara como era, que la cuidara, que la respetara, que la amara. ¿Era mucho pedir?
Solo era cuestión de tiempo, insistió volviendo a acelerar el paso. Sam se había aprovechado de lo que conocía de ella para dañarla. No debía haberle afectado tanto. No había nada entre ellos. Su corazón se encogió. ¿Para qué iba a negarlo? Se había enamorado de él.
¿Cómo no lo había visto venir? Estaba vulnerable, sola y la había encontrado con la guardia baja. Eso había sido. No es que fuera más guapo que los demás hombres que había conocido, o más atractivo, más inteligente o todo ello a la vez. Es que ella estaba en un momento de debilidad.
Debía volver a centrarse en su trabajo. Esa era la solución.
Pero no como escapatoria o refugio. Tampoco para distraerse o anestesiar su dolor.
Lo haría porque le gustaba, disfrutaba y ganaba dinero.
Y todo eso era compatible con una vida en pareja, en un lugar rodeada de amigos, con hobbies y tiempo libre.
Estaba dispuesta a conseguirlo todo. Por supuesto.
El teléfono sonó sorprendiéndola. Si era Sam no iba a responderle… No era Sam. Era Megan. ¿Había encontrado un piso para ella?
Sam, agotado por las pocas horas dormidas y el turno laboral, volvió a casa a la hora de comer, preocupado.
No había visto a Alex por ningún sitio y no le había respondido el teléfono cuando la había llamado.
Iba a abrir la puerta con su llave cuando ella la abrió desde dentro.
Sus miradas se encontraron unos instantes.
Alex tiraba de la maleta con la que había llegado.
—¿Te vas? —preguntó Sam con voz ahogada. La mirada de Alex estaba cubierta de una infinita tristeza que le estaba rasgando el alma.
—Sí.
—Pero Edentown es tu casa, es tu hogar.
—Lo sé.
Alex apretó los labios. No tenía por qué darle ninguna explicación. No se la merecía porque podía usarla en su contra.
—¿Puedo decir algo para que te quedes? Siento lo que ha ocurrido antes.
—Bien, no pasa nada. Déjame salir.
No iba a mostrarse débil ni vulnerable.
—¿Y el resto de tus cosas? ¿Te las envío a algún sitio?
—No, gracias. Ya me las he llevado.
—¿Dónde? Has encontrado otro apartamento.
—No. No era lo que buscaba, la verdad, pero es lo que ha aparecido.
Sam asintió incómodo y extrañamente aliviado.
—Creí que ibas a irte.
—De tu casa, sí. Así puedes alquilarle la habitación a un chico ordenado, maniático e insoportable como tú.
La miró serio. ¿Eso opinaba de él? Y él pensando que la había hecho daño…
—Bien, pues ya nos veremos. Te devolveré el dinero del alquiler —respondió airado.
—Bien —aceptó ella saliendo por la puerta con su maleta.
Había pasado la mañana con la mudanza de las pocas cosas que tenía y despidiéndose de Helga, que seguía preocupada por su hijo. Sentía un nudo en la garganta y otro en el corazón. No iba a llorar, se recordó.
Si lo pensaba fríamente, su vida había mejorado.
Estaba en el lugar que quería, en una casa mucho mejor de lo que habría pensado.
Podría alquilar alguna habitación cuando se le pasara el mal sabor de boca que le había dejado la convivencia con Sam.
El alquiler era un poco más alto de lo que había pensado, pero podía pagarlo cómodamente si seguía trabajando a ese ritmo.
Estaba convencida de que unos días sin ver a Sam haría que se volviera a concentrar en su trabajo y a remontar. Aún tenía mucho que aprender sobre trading, así que se centraría en sus lecciones y consultaría con Dave y Neal las dudas que le surgieran. Realmente le gustaba aquel lugar.
Sam se quedó mirando la puerta cerrada. Todo había acabado.
Alex se había ido. Un escalofrío recorrió su espalda.
Una fría soledad que no esperaba lo envolvió.
Llevaba mucho tiempo solo. No tenía por qué sentirse así.
Alex había estado menos de un mes. Se había acostumbrado a ella, a su música matutina y a sus libros por toda la casa.
Miró a su alrededor. Todo gritaba su ausencia.
No había chaquetas en los respaldos de las sillas, ni libros encima de la mesa, ni macetas en el salón.
Se había llevado todo. Todo. Soltó muy despacio el aire que había estado conteniendo.
No pasaba nada, se dijo para animarse, inútilmente.
Se pasó la mano por la cara. Lo superaría, se prometió.
Alex caminó en silencio. ¿Cuánto más podía aguantar un corazón?
¿Cuánto más podía equivocarse? ¿Acaso no podría encontrar alguna vez un hombre que respetara su trabajo, que comprendiera que le gustaba, que aceptara que podía ganar más dinero?
¿Qué era el dinero sino una oportunidad de disfrutar más en la vida, de adquirir experiencias o de vivir más relajado?
¿No podía encontrar un hombre seguro de sí mismo y que no le condicionara que ella ganara más dinero que él?
¿A quién le importaba eso en una relación?
No iba a dejar ese trabajo para encajar en los planes de nadie.
Ni iba a minimizar su facilidad para conseguirlo y mantenerlo.
Su corazón volvía a doler. Se había enamorado de Sam, otro desengaño, otro desprecio…
Una lágrima amenazó con resbalar por su mejilla.
Ella se la limpió. No iba a llorar. La próxima vez…
la próxima vez… Otra lágrima. No quería otra próxima vez.
Quería un hombre al que no le importara su nómina.
Quería un hombre al que le importara que ella fuera feliz y sobre todo, que la dejara ser quien realmente era. Se secó las lágrimas.
Llegó hasta su nueva casa. Durante unos segundos no hizo nada.
Se quedó allí, de pie, parada, contemplando su nuevo hogar con una ligera sonrisa que le nació del alma, borrando cualquier pensamiento que pudiera amargar el momento.
El silencio que la rodeaba era tan diferente al de la ciudad que casi podía escuchar los latidos de su corazón.
A su abuela le hubiera encantado. Sabía que se sentiría orgullosa de lo que estaba consiguiendo.
Frente a ella se alzaba una bonita casa de dos plantas, de fachada clara y ventanas amplias. No era demasiado grande. Era simplemente acogedora y perfecta.
A su alrededor, un jardín salpicado de pequeños arbustos y flores silvestres se perdía entre los árboles. Y, más allá de ellos, entre las ramas, podía verse el lago.
Alex sonrió. Esa era su casa. Suya.
La casa donde nadie le diría cómo debía vivir, qué horario de trabajo debía llevar o dónde dejar las chaquetas. Allí podría poner música sin miedo a despertar a nadie, podría caminar descalza y podría dejar un libro abierto sobre la mesa y olvidarse de él durante días.
El aire olía a hierba húmeda y a árboles. Inspiró profundamente y dejó que aquel aroma llenara sus pulmones.
El pequeño porche era un espacio sencillo, protegido por el tejadillo de la entrada, con un par de escalones de madera y suficiente sitio para colocar algunas plantas, incluso un balancín.
Alex avanzó hasta allí. Se imaginó una tarde de otoño, con una manta sobre las piernas y un libro entre las manos, con una taza de té enfriándose a su lado. No pudo evitar sonreír.
Sí. Definitivamente pondría un balancín allí.
Y quizá unas luces pequeñas alrededor del porche. De esas que se encendían al anochecer.
De repente, una ráfaga de viento agitó las hojas de los árboles. Alex cerró los ojos mientras una sonrisa le nacía del alma. A su abuela le gustaba esa casa. Ese era su lugar, sintió.
Sacó las llaves del bolsillo y subió los escalones del porche, orgullosa, decidida y satisfecha.
Cuando al día siguiente, Sam se despertó a mitad de mañana, no escuchó a Alex hablar en su habitación, ni escuchó su música alegre. Recordó la amarga discusión que habían tenido y que había propiciado que ella se largara con la mala suerte de que había aparecido otro alquiler en Edentown.
Si no hubiera tenido otro lugar para irse, podría haberse disculpado.
Se levantó y fue a la cocina. No había ningún libro olvidado ni tazas por fregar, ni anotaciones en la puerta de la nevera.
¿Desde cuándo le pesaba la soledad? Él estaba bien solo, se recordó.
Solo echaba en falta a Alex porque se había acostumbrado a ella.
Se preparó un café. El silencio de la casa empezaba a asfixiarle. Debía alquilar la habitación a otra persona. Esta vez se aseguraría de que fuera un hombre. Le invadió cierto desasosiego inesperado que casi rozaba la ansiedad. Debía disculparse ante Alex. Si no, no podría pasar página.
Volvió a su dormitorio para vestirse con rapidez. Quizá pudiera encontrarla en la cafetería de Carolyn, si había dejado de trabajar aunque fuera un momento.
Se vistió con rapidez y aceleró sus pasos para llegar a la cafetería. Ahí estaba. Esperando su turno para pedir, con su cabello rubio ondulado… ¿Frank y Sawyer estaban con ella? Alex parecía estar más concentrada pensando en qué cupcake elegir que en la conversación que mantenían ellos.
Fue hacia donde estaban interponiéndose con toda la intención entre sus compañeros y Alex. Les dedicó una mirada silenciosa de advertencia antes de darles la espalda. Él la había visto primero y todos lo sabían. Alex notó su presencia y lo miró sorprendida.
—¿Qué haces aquí?
—Disfrutar de la vida, ¿no?
Alex lo miró con cierta desconfianza. No sabía si se estaba burlando de ella refiriéndose a la última discusión, pero no estaba segura de querer descubrirlo.
—¿Qué tal en tu nuevo apartamento?
—Casa —le corrigió sin prestarle más atención.
—¿Casa?
—No muy lejos del lago.
Sam asintió. Era justo lo que ella quería. ¿Cómo iba a volver con él, a su piso, si su sueño se había hecho realidad?
—Entonces, supongo que estás bien allí.
—Sí —le respondió antes de hacer su pedido a Carolyn.
—Lo mismo para mí, pero que mi cupcake sea de plátano y nueces.
Alex se giró hacia él.
—Ese sabor no lo he probado.
—Ahora te doy un poco —le dijo convencido mientras pagaba la cuenta.
Alex tomó la única bandeja en la que Carolyn había colocado sus cafés y los dos cupcakes diferentes.
Sam se había autoinvitado a su momento de descanso, pero no le importaba demasiado.
Ella lo había echado de menos desde que se había despertado y ante su falta de concentración para trabajar había decidido tomarse un descanso.
Había descubierto que, realmente, no pasaba nada si dejaba de trabajar un momento.
—Te debo una disculpa.
—Ya me lo dijiste ayer.
—Pero creo que no es suficiente.