Un corazón entre tú y yo (pueblo pequeño) que te acariciará el corazón. (Edentown nº 30) 10 #2
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Sam se incorporó apoyándose en el codo, despeinado, con los ojos medio cerrados y una expresión totalmente adormilada.

Ella lo fulminó con la mirada.

—Llevas cinco minutos ignorando el despertador.

—No lo estaba ignorando.

—¿Ah, no?

—Estaba esperando a que sonara la última vez.

Alex miró el despertador.

—¿Hay una última?

—Sí.

—Y después, ¿qué?

—Me levanto.

Ella soltó una carcajada seca.

—Fantástico. Una estrategia brillante.

Sam estiró la mano.

—Dámelo.

—No —escondió el despertador a su espalda, sujetándolo con fuerza.

—Alex…

—Lo he apagado.

—Ese despertador está programado.

—Pues prográmate tú para levantarte cuando suene.

Sam entrecerró los ojos.

—¿Para qué meditas si eso te pone de mal humor?

Alex abrió la boca, indignada.

—¿Mal humor?

—Sí.

—Llevas cinco minutos despertando a toda la casa.

—Tú eres toda la casa.

Sam se sentó en la cama. Alex bajó la mirada por un instante. Lo suficiente para recordar que Sam dormía con el torso desnudo y confirmar lo atractivo que era.

Sam siguió el objeto de su mirada y le costó contener la sonrisa.

—¿Qué? —le preguntó con voz ronca.

—Nada —se ruborizó incómoda dando un paso atrás.

—Me estabas mirando.

—Estaba mirando el despertador —improvisó. Seguro que se vanagloriaba de su físico—. Está en la mesilla.

—Ya no.

Alex la miró confundida. ¿Dónde…?

—Lo tienes en la mano.

Las mejillas de Alex ardían. ¿Cómo se podía ser tan…? Miró a Sam. Él se habría dado cuenta de … Se mantuvieron la mirada. La tensión entre ambos casi podía palparse. Sus corazones acelerados palpitaban desbocados.

Alex carraspeó. No podía seguir perdiendo el tiempo ahí. Dejó el despertador sobre la mesilla.

—Deberías comprarte otro… con otro sonido.

—¿Por qué?

—Porque es horrible.

—Es el que más me despierta.

—No es cierto. No te despiertas ni con él.

Sam sonrió.

—¿Sabes qué creo?

—No quiero saberlo.

—Que estás así porque tienes envidia.

Alex parpadeó.

—¿Envidia de qué?

—De que yo pueda dormir más que tú.

Ella soltó una risa incrédula.

—¿Perdona?

—Tú te despiertas… ¿A qué hora? A las cinco y media todos los días, para no ir a ningún sitio.

—A las cinco —le corrigió orgullosa—. ¿Y?

—Y nada. Supongo que te hace sentir que eres mejor que yo.

La sonrisa desapareció del rostro de Alex. ¿Se podía tener una lógica tan absurda? ¿Qué le importaba a él? Llevaba muchos años despertándose a esas horas. Se sentía responsable y orgullosa de sí misma.

—¿Qué has dicho?

Sam se pasó una mano por el pelo. Esa mujer no sabía descansar.

—He dicho que te sientes orgullosa de madrugar.

—Lo estoy.

—¿Lo ves?

Alex dio un paso hacia él.

—¿Sabes qué? Sí. Me siento orgullosa de levantarme a las cinco, de meditar, de hacer deporte. Soy buena en mi trabajo. Gano mucho dinero. Me esfuerzo muchísimo y sí, desde luego que estoy orgullosa de ello. ¿Cuál es exactamente el problema?

—¿Ninguno?

¿De verdad que no se daba cuenta de que no dejaba espacio en su vida para relajarse o disfrutar de no hacer nada?

—Entonces deja de mirarme como si tuviera que pedirte perdón por trabajar en algo que además me gusta.

—No te miro así.

—Sí que lo haces.

Sam se levantó de la cama junto a ella. No iba a dejar que diera la vuelta a sus palabras, ni a permitir que le hiciera sentirse peor por la profesión que había elegido.

Ahora estaban frente a frente.

—Tú me miras como si mi vida fuera menos importante porque no trabajo veinticuatro horas al día.

Alex frunció el ceño.

—Eso es ridículo —. Pero no iba a dejar que la infravalorara por no estar salvando a personas como hacía él.

—¿Ah, sí? Porque cada vez que digo que voy a ir al gimnasio con los chicos o que quiero pasar el domingo sin hacer nada, me preguntas cómo me atrevo a perder el tiempo.

—No te lo pregunto.

—Pero lo piensas. Hay que disfrutar de la vida, Alex.

—¿Y qué es para ti disfrutar? Porque tampoco me parece que disfrutes mucho.

Sam repasó mentalmente con rapidez esos momentos que le hacían disfrutar y que tanto le estaba costando encontrar en sus recuerdos.

—Tomar un café … con un cupcake en la cafetería de Carloyn —improvisó.

—¿De verdad? Porque no recuerdo haberte visto por allí y he ido varias veces.

—No habremos coincidido —resolvió evitando reconocer que no recordaba la última vez que había ido.

—Sabes que no disfrutas de la vida. Y de verdad que no entiendo cómo puedes disfrutar de perder tu tiempo. El tiempo es vida. No se recupera. Lo sabes ¿verdad?

—Y yo no entiendo por qué necesitas estar trabajando constantemente.

—Porque me gusta.

—¿Seguro?

Ella se quedó callada. ¿Otra vez iba a empezar con lo mismo?

—¿Qué quieres decir?

—Que quizá necesitas demostrar cuánto vales o necesitas mantenerte ocupada para no darte cuenta de que tu vida está vacía.

Alex contuvo la respiración. Había sido como una bofetada con la mano abierta.

Esas palabras habían dolido y casi rasgado su alma.

No sabía si porque era cierto que se escondiera detrás del trabajo para no sentir o porque era real que su vida estaba vacía.

No tenía a nadie, estaba sola. Sola. Estaba a punto de romperse, de echarse a llorar. Le faltaba el aire.

Sam se arrepintió al instante de sus palabras. Notó sus dudas, su dolor, su vulnerabilidad. Le había hecho daño. No quería hacerlo.

—Vete al infierno, Sam —siseó dándole la espalda, dispuesta a alejarse de él, mientras sus palabras seguían dando vueltas en su cabeza.

—No pretendía…

—Sí. Sí pretendías.

—Alex, ...

—¿Sabes qué? Tú tienes una familia que te espera, amigos con los que quedas, compañeros, un trabajo que te gusta… y estás amargado y am…

—No estoy amargado.

—Sí, lo estás. Y amargas la vida a la gente.

Y todo por estupideces. ¿Alguien te ha sido infiel?

¿Esperaban más de ti? ¿Querían más estatus que el que tú podías ofrecerles?

Agradece que no estén en tu vida. Pero no amargues la vida a quien está viviendo contigo sin pedirte, absolutamente, nada a cambio…

o espera, sí. El despertador. Solo te he pedido que apagues el despertador.