Un corazón entre tú y yo (pueblo pequeño) que te acariciará el corazón. (Edentown nº 30) 10
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Sam se acercó a ver el plato con queso camembert con uvas y frutos secos regados con miel y horneado que olía de maravilla.

Miró a Alex con desconfianza. ¿Qué pretendía?

¿Que cayera rendido a sus pies? Estaba a punto de hacerlo.

Habían acordado que ella preparara algunas comidas, pero eso estaba a punto de convertirse en una cena íntima y no quería caer en la tentación de lo que estaba sintiendo y que parecía inevitable.

No, porque después vendrían las críticas a su trabajo y a su falta de ambición profesional.

Alex notó su incomodidad.

—¿Qué ocurre? ¿No te gusta? También he tostado pan. Me pareció que podía estar bueno.

—No, si a la comida no le pasaba nada malo. ¿No me vas a decir nada al respecto? —. No iba a esperar sus reproches. Si todo iba a saltar por los aires, mejor cuanto antes.

—¿De qué? —preguntó sacando las tostadas de pan del horno.

—De mi trabajo.

—Acabo de decírtelo.

Sam la miró entrecerrando los ojos. ¿De verdad se iba a quedar la conversación ahí? No le pareció advertir ningún tono de ironía en su voz.

—¿No me vas a decir que podía haber sido médico?

Alex le miró pensativa.

—¿Querías haber sido médico?

—No.

—¿Entonces? ¿Por qué te lo iba a decir? ¿Vamos a cenar al salón? —le preguntó saliendo por la puerta con los platos y los cubiertos.

Sam, confundido, la siguió con el resto de la comida.

Alex le miró de reojo mientras se sentaban.

No iba a alabarle su actuación, ni lo seguro que se veía en su trabajo, ni la protección y la calma que transmitía en un momento en el que cualquiera podía perder los nervios.

Tampoco la admiración que sentía ante la certeza de que podía relajarse a su lado sabiendo que él se encargaría de todo en una situación tan tensa.

Podría creer que estaba enamorada de él y eso era algo que no se iba a permitir.

Menos aun sabiendo lo que pensaba de ella y su trabajo.

—¿Te ocurre muy a menudo?

—¿El qué?

—Rescatar a alguien del lago.

—No. Lo normal son traslados, pero nunca se sabe que puede ocurrir o cuando.

—Cuéntame más. El momento más tenso que has vivido. ¿Algún accidente?

—Siempre llegas el primero a los accidentes.

Alex escuchó admirada. Sam empezó a relajarse. Su interés parecía auténtico. ¿Cuándo llegaría el tema de su sueldo? Aunque no eran pareja, se recordó. No tenía por qué importarle.

No llegó. En toda la conversación, y había durado horas, salió el tema del sueldo, ni recriminaciones por su supuesta falta de ambición.

A media noche, llevaron los platos a la cocina.

Él los fregó mientras Alex terminaba de recoger el salón.

Había estado cómodo, relajado, a gusto con Alex. Podían haber sido cualquier pareja.

Terminaron a la vez. Se encontraron en el pasillo.

Sam apagó la luz, distraído. Solo se filtraba el reflejo de la luna en las ventanas.

Apenas eran unas sombras. Se mantuvieron la mirada, perdiéndose en ella, acompasando la respiración, escuchando los latidos de su corazón.

Ambos eran conscientes de la intimidad del momento, entre ellos.

¿Cuál de los dos iba a decidirse? ¿Quién sería el primero que diera un paso al frente y buscaría los labios del otro?

Ambos parecían pensar lo mismo, sentir lo mismo y ninguno quería retirarse.

Fue Sam. Dio un paso al frente, la rodeó entre sus brazos y aprisionó sus labios.

El beso fue húmedo, lento, compartido… hasta que Alex dio un paso atrás rompiendo la intimidad del momento.

No podía ser, se dijo. No le gustaba lo que pensaba de ella.

No tenía claro lo que sentía por él. No necesitaba una relación en ese momento, ni siquiera para pasar el rato.

—Buenas noches…

Sam la miró confundido. Habían estado bien, parecía que ella también sentía algo por él… ¿Había vuelto a equivocarse?

Alex le retiró la mirada. Incapaz de dormir, salió de casa. Era tarde para pasear por el lago, así que dirigió sus pasos hacia el Shamrock. Cualquier sitio era preferible a estar en casa, pared con pared, bajo el mismo techo que Sam.

Alex llegó a casa un par de horas más tarde. Entró de puntillas y se descalzó dejando los zapatos a la entrada. No quería despertar a Sam que estaría durmiendo. Se dirigió a su habitación. Se lo había pasado bien con Prue y Janice. Era sencillo entablar conversaciones amigables.

Sam entró en casa abatido. Eran las cinco de la mañana.

Había recibido una llamada de emergencia cuando iba a acostarse.

Un grave accidente de tráfico en el pueblo de al lado los había movilizado a todos.

Tres jóvenes fallecidos. Tres futuros truncados.

En esos momentos se planteaba su vida. Podía acabar en cualquier momento y ahí estaba preocupándose por las chaquetas de Alex colgadas en la silla del salón.

Tropezó con unos zapatos ¿Qué hacían allí? Farfulló un juramento. ¿No podía ser más ordenada? Cerró la puerta a su espalda mientras la de Alex se abría y salía ella asustada con la lámpara de la mesilla en la mano dispuesta a atacar a quien hubiera entrado en la casa con malas intenciones.

—Qué susto me has dado —le renegó Alex bajando los brazos.

—¿Yo? ¿Por qué has dejado los zapatos en mitad del pasillo?

—No te quería despertar —le respondió ella siguiéndole hasta la cocina.

—¿A mí? Me llamaron para una emergencia.

—Creía que estarías durmiendo.

—Pues no lo estoy. Puedes recogerlos, gracias.

Alex dejó la lámpara sobre la encimera y disimulando una mueca fue a recoger los zapatos. Sam elevó la vista al cielo. Recogía una cosa y desordenaba otra.

—¿Y la lámpara?

—Ay, sí, perdona.

Entró a por ella a la cocina. Sam la siguió con la mirada. Estaba guapa a cualquier hora. Se preparó un vaso de leche y abrió el armario de las galletas. Había comprado unas rellenas de chocolate que… ¿dónde estaban?

Alex volvió a entrar en la cocina.

—¿No te vas a dormir?

Alex empezó a prepararse un té.

—No, claro que no.

Sam dejó de buscar y la miró.

—¿Para qué te levantas tan temprano?

—Tengo que trabajar.

—¿A estas horas?

—A estas horas me despierto, hago ejercicio, medito y estudio. Luego empiezo a trabajar.

Sam la miró boquiabierto.

—¿Te despiertas tan temprano para todo eso?

—Claro, no voy a hacerlo cuando ya es de día y las prioridades son otras.

Sam le mantuvo la mirada, escéptico. Se lo estaba diciendo toda convencida. ¿Estaba loca? ¿Levantarse tan temprano para meditar?

Alex le mantuvo la mirada, altiva. Era libre de hacer lo que le diera la gana. No estaba dispuesta a que nadie cuestionara su forma de vida y menos un hombre con el que no tenía nada.

—¿Algún problema? —le preguntó desafiante.

Sam notó la extrema frialdad e impaciencia en su voz. Era su vida, se dijo. No le importaban sus costumbres, desde luego.

—No —volvió a mirar el interior del armario—. Creí que había comprado unas galletas, pero no las veo.

Alex desvió la mirada.

—¿Unas rellenas de chocolate? Pensaba reponerlas esta mañana antes de que te despertaras? Ayer necesitaba algo de chocolate.

Sam ahogó un suspiro de resignación.

—¿Y ahora, qué hago?

—Yo tengo unas de avena.

—No, gracias —farfulló escogiendo unas redondas sencillas. No eran las que más le apetecían en ese momento. Se sentó a la mesa.

—¿Vas a dormir ahora?

—Sí, así que agradecería que no pusieras música.

—No lo haré —le aseguró dando un sorbo a su té—. Solo trabajaré.

—¿Trabajarás? —Qué raro, se dijo con ironía.

No le gustaba a lo que se dedicaba, pero tenía que reconocer que Alex era casi obsesivamente trabajadora.

Se pasaba el día, encerrada, hablando por teléfono, trabajando.

Se trabajaba para vivir, no se vivía para trabajar.

¿Nadie se lo había dicho? Cualquier día podría tener un accidente ¿y qué habría vivido?

Nadie la valoraría por las horas trabajadas. ¿No lo había pensado?

Alex lo miró indignada. ¿Otra vez volvía a meterse con su trabajo? Aunque en el suyo no salvara vidas, ofrecía un servicio, cubría una necesidad, y eso le permitía mantenerse. Todos los trabajos eran honrados, se recordó.

—Voy a fingir que no has dicho lo que has dicho y me largaré por no responderte lo que pienso.

Salió por la puerta con la cabeza bien alta ante la atónita mirada de Sam, que no esperaba esa respuesta.

¿Qué le había dicho para que reaccionara así? Salió tras ella, enfadado. Tenía mucho sueño y quizá no pensara con claridad, pero no era su intención ofenderla o que ella sintiera que lo había hecho.

—¿Por qué te pones así? Solo te he preguntado… No recuerdo qué te he preguntado.

Alex se giró indignada.

—Crees que engaño a la gente ¿Me acusas de mentirosa y esperas que te sonría? Si no me hubiera comido ya tus galletas de chocolate me las comería ahora mismo.

Desde luego que tenía que empezar a guardar las galletas en su dormitorio, se dijo extrañado ante su airado tono de voz.

—Yo solo te he señalado que estás todo el día en casa hablando por teléfono.

—Trabajando —le corrigió—. Y vender no es mentir. Es ayudar.

—Sí, claro. Pero estás todo el día…

—Pero vamos a ver, tú cuando necesitas algo, ¿no vas a comprarlo?

—Sí.

—Pues ya está. Alguien pide algo y yo se lo vendo.

Sam la miró desconfiado. ¿Quién estaba hablando de eso? Solo quería señalarle su afán de trabajo y su escaso descanso.

—No tengo por qué justificarme ante ti —le espetó antes de entrar a su dormitorio y cerrar la puerta a su espalda. Otro hombre más que desconfiaba de su trabajo o del dinero que podía ganar.

Sam negó con la cabeza antes de volver a la cocina. No pretendía ofenderla, pero tampoco la comprendía. Quizá cuando estuviera más despejado podría disculparse de… no recordaba qué le había dicho.

El despertador de Sam volvió a sonar. Otra vez. Otra vez. Otra vez más.

Alex abrió los ojos y miró al frente. Así no podía concentrarse en los informes que debía rellenar. Iba a empezar a pensar que lo dejaba sonar con total intención de molestarla.

Se levantó de la cama, atravesó el pasillo, descalza, y abrió la puerta de su habitación sin llamar.

—¡Sam!

Nada. Seguía dormido, impasible ante el molesto timbre.

El maldito despertador seguía sonando.

—¡Sam!

Se acercó a la mesilla y, de un manotazo, apagó el despertador.

—¿En serio?

—Ya te he oído.

La voz ronca a su espalda hizo que Alex se girara.

—¿A mí o a él?