9
Cuando Frank regresó junto a ellos con el uniforme, Sam no le dio opción y se sentó al volante. Era un viaje rutinario y prefería conducir para distraerse y dejar de pensar en lo que sus hermanas estarían contándole a Alex.
Las infidelidades de sus anteriores relaciones eran algo que jamás podría negar.
Eso le había hecho ser mucho más cuidadoso a la hora de empezar una nueva relación, aunque con Margaret se había vuelto a equivocar.
Bueno, era tan meticuloso que no había vuelto a salir con nadie.
No le importaba. No necesitaba una mujer que alterara su vida, desordenara la casa y que menospreciara su trabajo.
Podría haber escogido otro camino, haber sido médico incluso. Pero había elegido ser sanitario. Había elegido, por razones que no solía contar, las guardias, las ambulancias, las noches interminables y el sueldo que no siempre correspondía al peso de la responsabilidad.
Parecía que no había pasado el tiempo. Tenía alrededor de once años.
Estaba jugando al fútbol en el parque con los compañeros del colegio cuando Micky, su mejor amigo, cayó de repente al suelo.
Todos se quedaron paralizados, inmóviles, sin saber qué hacer.
Aun podía sentir cómo el corazón le palpitaba desbocado en ese momento, cómo los ojos se le llenaron de lágrimas y un eco sordo le envolvía.
Corrió hacia él. Le daba miedo hasta tocarlo.
Entonces llegó una ambulancia. No sabía de dónde.
Alguien la habría llamado porque varios curiosos se acercaron a rodearlos.
Bajaron dos técnicos sanitarios. Se abrieron paso hasta Micky.
Parecían saber exactamente qué hacer. Se arrodillaron junto a él, le hablaron al oído, lo atendieron y consiguieron estabilizarlo antes de llevárselo.
Uno de ellos se dirigió hacia él con absoluta confianza, se arrodilló a su lado y le bastó con un «todo irá bien, chaval» para hacer que su corazón siguiera latiendo y su angustia desapareciera.
Todavía podía recordar el alivio que sintió ante sus palabras.
Micky sobrevivió y él se quedó fascinado con ellos, por ayudar a su amigo cuando más lo necesitaba, por la calma que mantuvieron cuando todo el mundo estaba asustado, por calmar a un niño que no sabía lo que le estaba pasando al que consideraba casi como un hermano.
Ese fue el día en que decidió que sería uno de ellos. Quería ser el que llegara en el momento en que alguien necesitara ayuda, el que salvara a un accidentado, el que diera esperanzas al niño, angustiado y preocupado por la posibilidad de perder a su amigo.
—¿Qué tal con Alex? —le preguntó Frank sacándole de sus recuerdos, mientras conducían en dirección a casa del señor Roberts.
—Bien. Ayer vinieron mis hermanas.
No le iba a explicar que Alex lo creía capaz de acostarse con dos mujeres a la vez.
—¿Están solteras?
—Son mis hermanas —le repitió impaciente.
—Y Alex, tu compañera de piso.
—Exacto.
—Si no quieres nada con Alex, puedo intentarlo yo.
Sam reflexionó por unos momentos. No quería nada, desde luego. Aunque se estuviera acostumbrando a su presencia, le gustara cruzarse con ella por la casa, o se sintiera ignorado cuando le reclamaba por las chaquetas colgadas en los respaldos de las sillas.
—Haz lo que quieras.
No dependía de él. Ella sería la que decidiría si darle o no una oportunidad. Lo miró de reojo. Frank era buen tipo, impuntual, aún más desordenado que Alex, y más impaciente que él. Dudaba de que hicieran buena pareja, pero no era quien para meterse en medio.
Alex algún día se iría de casa y él volvería a estar tranquilo.
Quizá incluso pudiera alquilarle la habitación a Sawyer o al sanitario que faltaba por llegar.
Luego vería a Alex por la cafetería de Carolyn, quizá los jueves en las exposiciones…
siempre y cuando dejara de trabajar y se permitiera un descanso alguna vez.
Dos días más tarde, Sam entró en su dormitorio. Jill y Julia estaban cerrando sus maletas.
—Venid con más tiempo la próxima vez —les sugirió relajado.
—El siguiente en dar el paso eres tú. Te esperamos en Navidad en casa, y tráete a Alex —le propuso Julia.
—No creo que Alex quiera ir —respondió extrañado. ¿Qué sentido tendría? Para entonces ya no estarían viviendo juntos. No tenía familia, pero seguro que tenía algún plan mejor que viajar con él. Quizá incluso preferiría seguir trabajando, pensó con ironía.
—Convéncela —le reclamó Jill—. Es muy buena chica. Muy sensata y trabajadora.
—Lo de trabajadora, sí —aceptó rindiéndose a la evidencia.
—Y también lo ha pasado mal. Entre los dos hacéis un corazón entero —añadió Julia cerrando su maleta.
—¿Os ha contado algo? —preguntó con curiosidad.
—Claro que sí, y no te lo vamos a contar —le respondió Julia—. Nadie llega a nuestra edad con el corazón intacto. Tú no eres el único que ha tenido problemas en las relaciones.
—Estamos los tres solteros —les recordó Jill—. Los papás están deseando tener nietos a los que malcriar y de momento, tú pareces ser el más cercano a esa posibilidad.
—¿Yo? Alex solo es mi compañera de piso.
—Lo que tú digas —le respondió burlona Julia abriendo la puerta.
Salieron al pasillo justo cuando Alex salía de la cocina, distraída.
—No encuentro mis llaves —comentó mirando hacia el mueble de la entrada por si estuvieran allí.
—Si las dejaras en su sitio no tendrías que estar buscándolas a todas horas.
—No las busco a todas horas.
—Pero sí cuando las necesitas.
—Sam —le susurró Julia con impaciencia mientras se sacaba unas llaves del bolsillo trasero del pantalón—. Toma, Alex. Me las diste anoche para abrir la puerta y me las guardé.
Alex se acercó a por ellas ante la atenta mirada de Sam. Él se la mantuvo. No iba a retirar sus palabras. Los dos sabían que rara vez recordaba donde las dejaba porque le daba igual un sitio que otro.
Alex prefirió ignorarlo. Se despidió de las dos jóvenes con cariño. Lo habían pasado muy bien. Sam pasó por delante de ella llevando las maletas de sus hermanas.
—Las acompaño hasta el coche.
Alex asintió siguiéndole con la mirada hasta que cerró la puerta tras ellos. También había estado muy bien con Sam. No se había mostrado tan controlador, sino más relajado y amable.
Mientras volvía a su dormitorio recordó las confidencias de sus hermanas.
Podía justificar que Sam se comportara a la defensiva con las mujeres, incluso con ella, pese a que no hubiera nada entre ambos.
La infidelidad dolía, pero la falta de respeto y las mentiras, dolían todavía más.
Esperaba que pudiera pasar página pronto.
Era joven como para condenar su vida a la soledad.
Aunque a ella le ocurría lo mismo. Y, muy en su interior, no quería estar sola. Solo debía encontrar alguien que no se sintiese intimidado por su sueldo o por su capacidad de trabajo.
Esa tarde, Alex se vistió con ropa deportiva y salió a pasear por el lago. Había decidido instaurar en su rutina de ejercicio un paseo al aire libre. Allí tenía la oportunidad de hacerlo e iba a aprovecharla. Además, el paisaje otoñal, con sus cálidos colores, bordeando el lago, era digno de ver.
No era la única que había pensado en ello, sonrió al ver a más de una persona, ya conocidas para ella, paseando con su misma intención, que le devolvían el saludo con el mismo afecto. Se emocionó en lo más profundo de su ser al sentir que formaba parte de aquel lugar.
Escuchó una exclamación ahogada que le hizo levantar la cabeza de inmediato.
—¡Hay alguien dentro! —exclamó un adolescente acercándose a la orilla dejando a un lado al grupo con el que había ido.
Alex miró hacia el lago, confundida. Entre los reflejos dorados del agua distinguió una figura que avanzaba de forma torpe, hundiéndose y reapareciendo unos metros más allá.
No parecía nadar realmente. Más bien se dejaba llevar, como si hubiera bebido demasiado.
Se fijó en el grupo de adolescentes reunidos, mirando a su amigo, con botellines de cerveza en sus manos.
Eran demasiado jóvenes para beber, se dijo.
Se acercó intranquila. No estaba permitido bañarse en el lago. Había carteles que lo recordaban. Y aunque la temperatura no era muy fría, tampoco era la mejor para bañarse al aire libre.
Los adolescentes recibieron las recriminaciones de los adultos que los conocían y los habían rodeado en un momento, antes de que dos hombres a los que recordaba haber visto por Edentown se zambulleran sin pensarlo para ayudar al joven imprudente.
—Ahí llegan los chicos —avisó una mujer de ojos claros que paseaba un carrito de bebé y que se había acercado, como todos, preocupada.
Alex se giró pasando desapercibida entre la multitud que se había formado.
El hombre que corría decidido hacia la orilla del lago no parecía el compañero de piso que se quejaba porque dejaba la chaqueta en el respaldo de la silla, ni el que se despertaba tarde y malhumorado. Parecía otra persona a la que era imposible dejar de mirar. Frank lo seguía a escasos pasos.
Sam se quitó la chaqueta y la camiseta mientras avanzaba hacia el agua. La dejó caer al suelo. Alex tuvo que obligarse a respirar. Alto, fuerte, y con los músculos tensándose mientras corría hacia el lago, se lanzó a él en cuanto llegó, sin dudarlo.
Nadó hasta el punto donde los dos hombres que había en el agua le habían señalado y desapareció bajo ella. Alex se quedó inmóvil conteniendo la respiración. Un segundo. Dos. Tres. Demasiados. Un nudo agarrotó su estómago. Entonces Sam volvió a aparecer sosteniendo al adolescente.
El alivio generalizado se extendió entre los presentes rompiendo el tenso silencio que se había creado. Empezó a arrastrar al joven hacia la orilla, seguido por los hombres que se habían lanzado al agua antes de que llegara.
Todos se apartaron para dejarle espacio cuando salió con él. Frank fue a por ellos. Ambos se arrodillaron junto al muchacho. El adolescente apenas jadeaba. Frank le comprobó las constantes vitales mientras Sam acompasaba su respiración, concentrado en el chico.
—¿Me escuchas? ¿Cómo te llamas? —le preguntó Frank con firmeza.
El chico respondió con dificultad.
—¿Has bebido alcohol?
El muchacho asintió. El olor de su aliento lo confirmaba.
Frank cruzó una mirada con Sam.
—Está consciente. Respira bien.
Sam asintió.
Alex no dejaba de mirarlo. Esa seguridad y fortaleza que transmitía a los presentes hizo que alguno relajara su curiosidad y continuara con su paseo.
Sam levantó la mirada durante un instante.
Sus ojos encontraron los de ella, apenas un segundo.
Alex contuvo la respiración. Era él. El mismo hombre con el que discutía por el orden de la casa estaba allí, empapado, con el pecho subiendo y bajando por el esfuerzo, el cabello mojado pegado a la frente y una seguridad que parecía envolverlo por completo.
La llegada de una pareja de policías hizo que el medio círculo de curiosos que se había creado en torno a ellos, se disolviera. Alex parecía resistirse a alejarse de allí.
Sam volvió a mirarla. Parecía preocupada, pero el chico estaba bien. Con un poco de suerte, todo se quedaría en una anécdota y un simple resfriado. Se pasó una mano por su cabello mojado y fue hacia ella.
—¿Estás bien?
Alex tardó un segundo en responder. Volvía a ser él, su compañero de piso.
—Sí.
—Estás pálida —. Resistió la tentación de acariciarle la mejilla.
—Estoy bien.
Él sonrió ligeramente. Volvía a ser la joven autosuficiente e independiente de siempre.
—Claro.
Alex no supo cómo interpretar su sonrisa.
Uno de los policías, de aspecto hispano, llamó a Sam, haciendo que regresara junto al adolescente.
Alex decidió continuar con su paseo. Se alejó de ellos con calma, girando la cabeza de vez en cuando, confundida, incómoda y con todas las emociones a flor de piel.
Sam llegó a casa nada más terminar su turno. Frank le había sugerido tomar algo, pero no le había apetecido. No sabía por qué, no sentía la necesidad de salir. Bueno, sí sabía por qué. Se estaba a acostumbrando a Alex, y quería estar con ella, pese a que hacía lo posible para que no sucediera.
Entró por la puerta y sonrió. Estaba canturreando en la cocina.
Llegó hasta allí para verla bailar distraída, descalza, con la música no muy alta en su lista de Spotify.
Llevaba una sudadera suya, azul marino, que le cubría hasta un palmo por encima de sus rodillas y el pantalón rojo de cuadros del pijama.
Sintió un pellizco en su corazón. No iba a enamorarse de ella.
Alex se giró en una pirueta y se detuvo en seco al verlo en la puerta. Sus mejillas se tiñeron de rojo. ¿Por qué era tan atractivo? ¿Por qué tenía que gustarle cada día más?
—¿Qué miras?
—Nada.
—Si, me estas mirando.
—Llevas una sudadera mía.
—Sí, disculpa. Recogí la ropa del tendedor. Tenía un poco de frío.
—Vas descalza.
Alex ahogó una mueca. ¿Siempre tenía algo que recriminarle?
—¿Qué significa esa mueca?
Alex le mantuvo la mirada. ¿Ya iban a discutir?
—Siempre encuentras un motivo para quejarte de algo de mí.
Sam apretó los labios. No era cierto. O quizá sí lo era porque se había prohibido enamorarse de ella.
—No era mi intención.
—Vaya susto lo de esta tarde, menos mal que llegasteis a tiempo. Aunque tú ya estarás acostumbrado.
—Sí, bueno…
—He preparado esta receta que vi en Instagram. Espero que te guste.