Un corazón entre tú y yo (pueblo pequeño) que te acariciará el corazón. (Edentown nº 30) 8
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Solo faltaba, tres mujeres en lugar de dos. Miró de reojo a Sam. ¿Hubiera podido con las tres? ¡Qué asco! Ella jamás compartiría a su novio. Salió de allí sin molestarse en despedirse. ¡Qué depravación! Jamás lo hubiera pensado de Sam.

—¿Todo bien? —salió al pasillo siguiéndola.

—Sí, claro. Te dejo muy bien acompañado.

—Te dije que no quería fiestas en casa, no que no pudieras invitar a nadie si es por eso por lo que estás molesta.

—¿Crees que estoy molesta porque traes a tus amantes a casa? No. Puedes hacer lo que te dé la gana.

Sam parpadeó incrédulo.

—¿Cómo dices? ¿Crees que ellas son mis amantes? ¿Las dos? ¿Crees que me acosté con las dos?

Alex lo miró altiva. No necesitaba una explicación, pero la esperaba, aunque fuera por vergüenza.

Sam negó con la cabeza.

—Estás muy mal. ¿Cómo voy a acostarme con dos mujeres a la vez?

—No creo que necesites una descripción gráfica. Vi cómo te abrazaban y te sonreían cuando nos cruzamos en la calle. Parecían adorarte —le dijo con ironía.

Sam asintió con una sonrisa burlona.

—¿De verdad crees que podría acostarme con dos mujeres a la vez?

—No me importa con quién te acuestes ni con cuantas, pero avísame. Ayer me entretuve en el Shamrock por no oíros, pero ya ves, hoy por la mañana, me las cruzo en el pasillo, en la cocina…

—Son mis hermanas, Jill y Julia. Han dormido en mi habitación. Yo he dormido en el sofá. Vinieron sin avisar. Te hubiera preguntado si querías venir con nosotros a la pizzería, pero como casi me apuñalaste con tu mirada cuando nos cruzamos, no me atreví a hacerlo.

Alex se ruborizó ante su equivocación. No iba tan desencaminada. Había hombres que mantenían relaciones con varias mujeres a la vez. ¿Cómo iba a saber que eran sus hermanas? No se parecían en nada. Bueno, la del pelo más corto, quizá sí.

—¿Y cómo esperas que reaccione después de tus insultos? No sé ni por qué te hablo…

El teléfono de Sam empezó a sonar. Ambos se quedaron en silencio.

—Es el del trabajo —le dijo antes de dejarla sola en el pasillo y entrar en el salón para escuchar bien lo que le decían.

Jill y Julia se asomaron al pasillo con una sonrisa.

—Lo siento, te hemos escuchado —le dijo la joven del pelo corto y alborotado con una sonrisa —. Se nota que no conoces a mi hermano si crees que podía acostarse con dos a la vez.

Alex no pudo reprimir una sonrisa mientras se ruborizaba. Sam salió de la cocina mirando a su hermana con los ojos entrecerrados y fingida mirada agresiva.

—Podría —le replicó colgando la llamada—, pero no lo haría.

—A eso me refería —le respondió con una sonrisa burlona—. Soy Jill. Ella es Julia.

Salieron al pasillo a la vez que ella volvía a la cocina.

—Tengo que salir un momento —les explicó dirigiéndose a la puerta.

Se giró para ver a las tres jóvenes mirándole. Sabía que se iba a arrepentir de dejarlas solas, que hablarían de él, que sus hermanas le contarían sus secretos más íntimos, pero tenía que irse.

—No os paséis —les advirtió a sus hermanas—. Y tú, no les hagas caso.

—Ni siquiera te caigo bien, ¿recuerdas? —le preguntó con ironía.

Sam le mantuvo la mirada. Lo que no le caía bien era su profesión. Ahogando un suspiro salió por la puerta.

Alex miró a Jill y a Julia que la miraban con los ojos brillantes.

—¿Nos vamos a desayunar un cupcake a la cafetería de Carolyn? —preguntó Julia sonriente—. A no ser que tengas que trabajar, claro.

Alex apretó los labios. Tenía que trabajar, pero le apetecía saber un poquito más de Sam, aunque fuera por simple curiosidad. Eso también era importante, se justificó. Asintió sonriente.

—No, no. soy mi propia jefa —. Ya recuperaría horas después.

—Está bien —aceptó Jill—. Me vestiré en un momento. ¿Por qué vosotras no os despeináis al dormir? Yo no sé qué hacer con este pelo tan rebelde.

—Te lo cortaste demasiado —le recordó Julia—. Y claro que nos despeinamos, pero es que nos despertamos antes que tú y nos peinamos.

Jill le hizo una mueca mientras se alejaba de ellas. Julia miró a Alex.

—Habías discutido con mi hermano, no?

—Bueno, tiene una opinión muy poco favorable hacia los que nos dedicamos a las ventas.

—Uff, sí.

—Pero me gusta mi trabajo.

—Y es tu vida. Si a ti te gusta...

—Exacto.

—Mi hermano es buen chico.

Alex le mantuvo la mirada. No iba a confesarle que le gustaba.

—Iré a cambiarme de ropa.

Instantes más tarde bajaban las escaleras. La puerta de Helga se abrió a su paso, envolviéndolas en un apetecible olor a repostería recién hecha.

—Me había parecido escuchar más pasos de lo normal.

Alex sonrió.

—Hola, Helga, son las hermanas de Sam, Jill y Julia. Ella es Helga, es la dueña del piso de Sam.

Jill y Julia compartieron una mirada rápida antes de saludarla.

—Pasad un momento. He preparado unas galletas de calabaza que necesito que probéis. Voy a llevarlas a la clase de pintura.

Las tres jóvenes se miraron entre sí para asegurarse de su conformidad, antes de aceptar.

—Si te gusta pintar, Alex, deberías venir a nuestras clases de pintura. Primero nos enseñó Peter, el dueño de la pizzería, pero ahora nos las da Sophie. Es pintora.

—Conocimos a Peter ayer —le comentó Julia mientras se sentaban alrededor de la mesa de la cocina.

—Muy guapo, y muy buen chico —asintió mientras retiraba de la mesa las bandejas de horno repletas de galletas con formas de hoja de árbol de arce—. Isabella, apareció un día por aquí, buscándolo y mira cómo pasa el tiempo…

Les sirvió unas galletas en un plato de porcelana antigua.

—Os preparo un café.

—No te preocupes —le respondió Alex tomando una de las galletas—. Íbamos a la cafetería de Carolyn.

—Muy buena chica, también. Llegó aquí hace un tiempo con su hija y abrió la cafetería.

El teléfono de Helga sonó. Ella, sorprendida, respondió inmediatamente. Las tres jóvenes la miraron preocupadas al ver su expresión.

—Helga, ¿te dejamos sola? ¿Hablamos luego?

La mujer asintió distraída, sentándose en una de las sillas.

—Le ha llamado su hijo. No es tan raro, ¿no? —preguntó Julia mientras volvían a bajar las escaleras.

—No lo sé, pero vive en Alemania… Ya nos lo contará luego.

Jill se colocó en medio de las dos y enganchó su brazo con el de ellas.

—Cuéntanos qué haces con nuestro hermano.

Alex sonrió divertida por la pregunta.

—¿Yo? Ponerlo nervioso.

Las dos hermanas se miraron entre ellas antes de volver a prestarle atención.

—Lo despierto por las mañanas, le desordeno la casa…. Creía que el piso lo alquilaba Samantha, no Samuel. Así que estoy buscando otro piso para poder irme.

—Vaya, ¿tan mal estás con Sam?

—Yo estoy bien. Es él el que está mal conmigo, con la música por las mañanas, con mi trabajo…

—Bueno, y que cuando queráis llevar a alguien a casa…—comenzó Jill.

—Están prohibidas las fiestas.

—Hablo de una relación seria.

Alex negó con la cabeza, convencida.

—Ni hablar. No llevo idea de estar con ningún hombre.

—¿Cómo puedes decir eso? —preguntó Julia—. Somos jóvenes, la vida es muy larga.

—Preséntame uno que no tenga miedo a una mujer que cobra más que él.

—¿No te vale mi hermano?

—¿Tu hermano? —sonrió Alex divertida—. Es maniático, inflexible y detesta mi trabajo.

—Está pasando una mala racha después de lo de Margaret.

—Y lo de Mía.

Alex las miró con curiosidad.

—No te ha contado nada, ¿verdad?

—No, así que ya me lo estáis contando vosotras.

—Sam nos mataría si lo hiciéramos, pero digamos que la fidelidad no ha sido lo que ha reinado en sus relaciones anteriores.

Alex recordó el enfado de Sam cuando la había visto hablando con Neal y Dave.

—Vaya….

—¿Y tú? ¿Por qué no tienes pareja? —le preguntó Julia llegando a la cafetería.

—¿La tenéis vosotras? —preguntó mientras entraban sonrientes.

—No, no es fácil encontrar un hombre que se comprometa —aceptó Julia.

—Sobre todo si tienes una lista de requisitos que nadie puede superar —le recriminó Jill con una mueca.

—Sé lo que quiero y no me voy a conformar con menos. Peor es tener tanto miedo a sentir que no des una oportunidad a nadie.

Jill le respondió con una mueca.

—Estamos las tres solteras —sonrió Alex, divertida—. No se está tan mal.

Las dos hermanas le devolvieron la sonrisa, antes de centrarse en los dulces del mostrador entre los que era tan difícil decidir.

Sam llegó con paso rápido al centro de salud. Su cabeza no dejaba de dar vueltas a todo lo que Jill y Julia podían contarle a Alex. Seguro que le hablaban de las infidelidades. No se podía fiar de ninguna mujer, aunque fueran sus propias hermanas.

Bueno, ellas hablarían de él con cariño. Sus exparejas, no. Dirían que ganaba poco y era solo un sanitario que se conformaba con su sueldo. No necesitaba más dinero. Su profesión le gustaba. Estaba satisfecho con su vida, con su trabajo, con sus compañeros, en ese lugar.

Otra vez que Frank llegaba tarde, pensó asegurándose de que la ambulancia estuviera totalmente equipada antes de ir a llevar al hospital al señor Roberts.

Poco después Frank llegó acompañado de otro joven.

—Sam, este es Sawyer. El nuevo sanitario.

—Siempre tienes una excusa para llegar tarde —le amonestó Sam antes de saludar a Sawyer, tendiéndole la mano.

—No es una excusa, es una razón.

—Llámalo como quieras, pero no es tarde ni es una urgencia. Tenía que enseñarle a Sawyer su habitación, la que tú dejaste libre.

—Ve a cambiarte —le pidió antes de centrarse en el nuevo compañero—. ¿Conocías esta zona?

—No —respondió el joven alto y delgado—. Pero vi la vacante y necesitaba un cambio de aires.

—Creo que así vinimos todos. Bienvenido.