Un corazón entre tú y yo (pueblo pequeño) que te acariciará el corazón. (Edentown nº 30) 7
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Sam la esquivó para poner distancia entre ellos y llegar hasta su dormitorio para dejar la mochila.

—Ya te he pedido disculpas. No me importa en lo que trabajes.

—Gracias —le respondió con cierta ironía sin dejar de mirarle.

Sam se perdió en su mirada. No dejaba de ser una mujer, completamente sola. Bonita y vulnerable. ¿Qué le impedía alejarse e ignorarla? Parecía que volvía a ella una y otra vez. ¿Por qué tenía la necesidad de cuidarla?

—¿No podías encontrar otro trabajo?

Alex se cruzó de brazos a la defensiva. Pero ¿qué le importaba a él y por qué debía darle una explicación?

—Me gusta mi trabajo.

—¿Cómo te va a gustar vender?

—¿Y a ti ver heridas o atender accidentes o muertos en carreteras? Eso es algo mucho peor… más duro.

—Estoy ayudando a la gente.

—Yo también lo hago.

—No, tú les embaucas para que te compren y llevarte una comisión.

—No, yo les ayudo a solucionar un problema que tienen.

—Eso lo hago yo.

—¡Y yo también!

—No es cierto. Nadie necesita una freidora o un aspirador.

Alex parpadeó incrédula.

—Sí cuando quieren freír algo o limpiar la casa.

—Pero en ese caso, van a la tienda y lo compran.

—Exacto. Ahora el mundo es digital. En vez de comprar en la tienda, lo compran online, pero es lo mismo.

Sam dudó por unos momentos.

—¿Eso vendes? ¿Artículos de cocina?

—No, formación de trading.

Sam entornó los ojos. ¿Pero esa mujer no tenía una pizca de sensatez en todo su cuerpo?

—Bolsa. Apuestas. ¿Les ayudas a perder dinero? ¿De verdad?

Pasó por su lado con la adrenalina disparada. Había vuelto más tranquilo de andar y volvía a sentir que la rabia le consumía.

—Precisamente por eso vendo formaciones, para que la gente no pierda dinero al invertir —le replicó sin inmutarse—. Se invierte sin saber, sin tener nociones o la formación adecuada.

—Y llegas tú y les salvas la vida, ¿no? —le respondió con ironía.

—No, eso lo haces tú —le respondió dándole la espalda y regresando a su dormitorio. Cerró la puerta enfadada.

Sam la siguió con la mirada y una sensación amarga en su boca. No le debía importar a lo que se dedicara. Con un suspiro fue a la cocina. ¿No se había disculpado ya? ¿Por qué sentía que debía disculparse otra vez? Se apoyó en la encimera, molesto consigo mismo.

Alex buscó sus deportivas en el armario.

Saldría a caminar. No podía concentrarse en el trabajo ni en cada lead con ese estado de ánimo.

Sabía que su profesión no estaba socialmente bien vista.

Sabía la fama que el mundo comercial tenía.

Lo sabía y no le importaba. Ella tenía claro que vender era servir, era ayudar, y no era una manera romántica o edulcorada de verlo. Era la realidad. Y le gustaba.

No volvería a defenderse. El trabajo de Sam podía salvar vidas, ella no lo hacía, pero había sitio en el mundo para todos, se defendió. Se calzó las zapatillas y salió por el pasillo. Sam salió a su encuentro desde la cocina.

—Disculpa otra vez que… ¿te vas?

—Sí, a dar una vuelta.

—¿No estabas trabajando?

—No tengo horarios —le respondió con ironía—. Otro de los beneficios de ser comercial.

Sam la vio salir apretando los labios. Parecía molesta…

y no tenía horarios. Eso no le pasaba a él…

No quería pensar en eso. Volvió a la inmaculada cocina.

Si por lo menos Alex hubiera dejado algo por fregar…

Fue al salón. Todo estaba en su sitio. Alex también lo había recogido.

Hasta las chaquetas que dejaba en los respaldos de la silla.

Resopló molesto. Se pondría alguna película. Necesitaba distraerse y dejar de pensar en Alex. Llamaron a la puerta. No iba a disculparse otra vez. ¿Se habría olvidado las llaves? Abrió decidido.

—¿Jill? ¿Julia?

Alex fue disminuyendo su paso conforme caminaba por la pradera del lago y se iba relajando. No sabía por qué se había molestado tanto con Sam. Él no era nada para ella. Solo su compañero de piso mientras estuviera allí, hasta que Megan le encontrara otro lugar.

Quizá porque era la primera persona con la que había empezado a tener un vínculo tras el fallecimiento de su abuela. Quizá porque sabía que estaba sola y se obligaba a no pensar en ello.

Pero no por eso iba a aferrarse a una relación, ni de amistad, ni de pareja ni de ningún tipo, se dijo firmemente convencida.

Si hubiera estado viviendo sola no le habría ocurrido.

Un apartamento solo para ella. Eso necesitaba.

Y si se sentía sola, recordaba a su abuela o algún día se dejaba caer en brazos de la autocompasión o del victimismo, lloraría unas lágrimas, respiraría hondo y saldría a caminar o a hacer ejercicio para despejarse la cabeza. Lo tenía claro.

Además, razonó de vuelta a la calle principal, siempre podría adoptar un gato. O dos. Pero no iba a convertirse en ese prototipo de solterona rodeada de gatos, desde luego. Sería una mujer guapa, atractiva y rica, ya se encargaría ella de que así fuera, conviviendo con gatos.

No iba a dejar de cumplir esas cualidades porque un hombre sintiera miedo de su independencia y menos aún un obsesivo de la limpieza, un maniático del orden y un intransigente empeñado en cumplir unas estúpidas normas autoimpuestas.

¿Qué tenía de malo dejar la chaqueta en el respaldo de la silla? Sí, ya sabía que estaba mejor guardada en el armario, pero ir hasta su dormitorio a guardarla… En su piso tendría un armario en la entrada, decidió. Así sería más fácil recoger la chaqueta.

Miró la hora en el reloj. Era tarde para llamar a Megan y recordarle que encontrara pronto su apartamento. Encaminó sus pasos hacia casa. Esa noche saldría al Shamrock. No sabía si encontraría o no a alguna de las chicas que conocía, probablemente sí.

Parpadeó incrédula cuando vio a Sam caminando en dirección contraria a ella.

Dos mujeres, a cuál más guapa y delgada, una a cada lado, enganchadas a sus brazos, cariñosas, sonrientes, haciéndole carantoñas.

Y él se dejaba. Él les sonreía. ¿Y se atrevía a juzgarla a ella por su trabajo?

¿Qué hacía él con su vida personal? ¿Dos mujeres?

¿A la vez? Desde luego que se iría al Shamrock.

No iba a pasar la noche escuchando lo que ocurría tras la pared de su habitación.

Frunció el ceño, levantó la barbilla y pasó por su lado dirigiéndole una mirada cargada de la rabia que sentía y murmurando un saludo seco.

Sam titubeó por unos instantes. Quizá no era el momento de invitarla a que los acompañara a la pizzería. Parecía muy enfadada. No tenía por qué estarlo. Se había disculpado y no había nada entre ellos. Solo vivían juntos y sería algo momentáneo.

A la mañana siguiente, Alex fue a entrar al cuarto de baño cuando la puerta se abrió, sorprendiéndola. Una de las mujeres que había visto con Sam la tarde anterior salió de él adormilada, ceñuda y con su cabello corto despeinado, con un pijama ridículamente largo. Apenas le dedicó un gruñido.

Alex la siguió con la mirada, incómoda. ¿Todavía estaba en casa? Vio salir de la cocina a la otra joven, manteniendo una conversación por teléfono. Le saludó con una gran sonrisa antes de seguir a la otra mujer al dormitorio. No supo responderle, incrédula.

¿De verdad? ¿Las dos mujeres iban a quedarse a desayunar allí con ellos?

Alex negó con la cabeza, molesta. ¿La gente no solía volver a su casa después de acostarse con alguien?

Ella lo hacía a no ser que fuera algo serio.

No recordaba la última vez… Antes de lo de su abuela, desde luego.

Pero ¿las dos mujeres? ¿En serio con Sam?

Era atractivo, pero no le había parecido un mujeriego.

Había estado a punto de caer en sus brazos, menos mal que no lo había hecho, se consoló.

Buscó en su lista de Spotify. «Its raining men».

Instantes después, Sam apareció por la cocina, despeinado y somnoliento.

—¿No puedes bajar la música?

—Ay, no me he dado cuenta —le respondió sin inmutarse mientras se preparaba un té—. Vaya, ¿estabas dormido? Creí que estarías despierto, como tus amigas lo están… ¿o estas muy cansado por lo de anoche?

—¿Qué de anoche? Tú fuiste la única que llegó tarde —le dijo preparándose un café.

—Por supuesto. No iba a estar escuchando nada de lo que estuvierais haciendo en la cama.

—¿Qué cama? Estuvimos en el sofá.

—Oh, gracias, mejor todavía, pero dudo que estuvierais en silencio.

Sam se encogió de hombros.

—Algo de ruido habría —la serie que habían visto era policiaca—, pero no tanto como para molestarte si te hubieras quedado dormida.

Alex lo miró con una mueca despectiva. ¿No había hecho gemir o gritar de placer a ninguna de las dos? Lo miró de arriba abajo. No daba esa impresión.

—¿Qué?

—Nada.

—No, no digas que nada. ¿Qué estás pensando?

—No te importa.

—La verdad es que no, pero no creo que tengas motivos para estar así.

Alex lo miró con una mueca de desagrado.

Quizá tenía razón. ¿Pero lo decía por ella o porque sus amigas no la vieran con la actitud tan desagradable que sentía que tenía?

¿Acaso iban a quedarse a pasar toda la mañana?

A ella no le importaba. Se pondría a trabajar o a estudiar y si oía lo que consideraba que no debía, se marcharía de casa con un sonoro portazo.

—Hola, tenía ganas de saludarte —exclamó una de las desconocidas entrando con el móvil en la mano, seguida de la joven adormilada de cabello corto y expresión más relajada que cuando se habían cruzado en el pasillo.

Alex fingió una sonrisa cuando las dos jóvenes se acercaron a conocerla. ¿Por qué tenían ese interés? No iban a ser amigas.

—Ahora me voy y os dejo solos —les dijo tensa e incómoda dando un sorbo a su té mientras caminaba hacia la puerta.

—Oh, no hace falta que te vayas —le dijo la adormilada ocupando una de las sillas de la cocina—. ¿Qué tal con Sam? ¿Es tan quisquilloso contigo como lo era con nosotras?

Alex fingió una sonrisa. No se había acostado con él como para saber si era quisquilloso o no.

—Bien, bien, qué os voy a contar… —respondió con una sonrisa falsa.

—Tenías que haber venido a la pizzería.

—Sí, claro… soy de la opinión de que tres son multitud…