6
Sam se levantó malhumorado. Se le acababa de revolver el estómago.
Ahí estaba la verdadera razón, el dinero.
Otra mujer interesada y ambiciosa. Otra arpía arrogante y soberbia que necesitaba estar por encima de los hombres.
Otra altiva presuntuosa que solo buscaba su propio beneficio.
¿Cuántas había conocido como ella? Era detestable. Salió de la cocina sin mediar palabra.
Alex, sorprendida, lo siguió con la mirada.
¿Había dicho algo impropio o tan grave para la mueca de desprecio y asco que había reflejado su semblante?
Podría haberlo dejado pasar. De hecho sabía que no a todo el mundo le caían bien los que se dedicaban al mundo de las ventas, pero después de lo a gusto que habían estado comiendo, y ya que vivían juntos, prefirió arreglar las cosas. Salió tras él.
—Sam, ¿me explicas que he dicho para que pongas esa cara o reacciones así?
—Nada —le respondió sin mirarla antes de encerrarse en su habitación.
Alex se quedó tras la puerta.
—Sam, ¿qué te molesta? ¿Mi trabajo?
Era absurdo. No tenía argumento alguno. Él creía que todos los comerciales eran mentirosos y la incluía a ella en esa categoría. Como si la conociera, como si un trabajo la definiera, como si le importara su ocupación.
Sam abrió la puerta con la mochila del gimnasio a la espalda, dispuesto a salir.
—No me importa a qué te dediques. Es tu vida.
—Exacto —aceptó ella haciéndose a un lado para que él pudiera pasar.
—Bien —le dijo llegando a la puerta.
—Bien —le imitó ella, incrédula antes de verle salir dando un portazo.
Pero ¿qué había pasado? ¿Algo tan grave como para que se marchara enfadado? Negó con la cabeza. Le parecía increíble.
Sam caminó con paso acelerado hasta el gimnasio enumerando la cantidad de defectos que Alex tenía o podría llegar a tener.
Muy a su pesar, le había empezado a caer bien.
Después del momento de la comida, casi había bajado la guardia.
Le había parecido una mujer alegre, divertida, y no una irresponsable alocada que dejaba todo para empezar de cero en un lugar desconocido.
Se había vuelto a equivocar. Otra vez. ¿Cuántas veces podía equivocarse un hombre?
El gimnasio olía a caucho, metal y productos de limpieza. El ruido de las máquinas se mezclaba con el golpe seco de las pesas y con alguna canción que se escuchaba de fondo.
Tras pasar por la taquilla, Sam se detuvo frente a una máquina de press. Empezaría por ahí, decidió. Eso le distraería. Empujó la carga con un gesto controlado y regresó a la posición inicial, concentrándose en el movimiento.
—Más despacio al volver —le indicó Hudson, el propietario del gimnasio, desde unos metros más allá—. No dejes que la máquina haga el trabajo por ti.
Sam levantó una mano en señal de protesta. Necesitaba liberarse de la rabia que había empezado a bullir en su interior y con el ejercicio podría hacerlo.
Hudson se acercó y le corrigió ligeramente la posición de los hombros.
—Si quieres entrenar, entrenas. Si quieres levantar hierro para sentirte un héroe o quemar la rabia que sientes, te vas a otra parte.
—Qué carácter —masculló entre dientes.
—Por eso el gimnasio es mío.
A su lado, Chris Bertie soltó una carcajada mientras colocaba el móvil sobre un pequeño trípode.
—Esto tiene que entrar en el vídeo.
—Ni se te ocurra —dijo Hudson.
Chris se acercó al objetivo, se pasó una mano por el pelo y sonrió.
—Hoy vamos a dejar las herramientas a un lado y vamos a hacer un entrenamiento…
Frank, que acababa de terminar una serie y había visto entrar a su compañero con gesto serio, resopló.
—Ni se te ocurra sacarnos. Casey tiene que estar cansada de que estés grabando a todas horas.
—No, Casey me acepta tal y como soy —respondió orgulloso y enamorado.
Sam elevó los ojos al cielo. Si hasta Chris había encontrado una pareja, ¿cómo era posible qué él no tuviera la misma suerte?
—¿Problemas en el trabajo? —preguntó Hudson que había apreciado su gesto.
Frank esperó su respuesta con curiosidad, mientras Callum O´Brien, uno de los propietarios del Shamrock, se acercaba a ellos.
—No —respondió Sam mientras Hudson corregía la postura a su compañero.
—¿Problemas con tu compañera de piso? —acertó Frank haciendo que todos lo miraran.
Sam lo miró con el ceño fruncido.
—¿Vives con una mujer con la que no te acuestas? —le preguntó Callum, incrédulo—. ¿Y cómo se te ha ocurrido esa brillante idea? —preguntó con ironía.
—Fue casualidad.
—Las casualidades no existen —le replicó Callum.
—No da mala suerte vivir con una mujer —le rebatió Chris burlón.
—No es cuestión de mala suerte —le respondió con una mueca. Todos sabían lo supersticioso que era—. Es cuestión de lógica y supervivencia… ¿Vivir con una mujer sin los beneficios de vivir con una mujer? Hay que estar loco. Yo todavía pienso a qué se refiere April cuando dice «haz lo que quieras».
—A que no hagas lo que quieras —contestaron Hudson y Chris al mismo tiempo.
Frank levantó un dedo mientras asentía.
—Exacto.
—Pero si no quieren que hagamos algo, ¿por qué dicen que hagamos lo que queramos? —insistió Callum.
—Porque quieren que sepamos que no quieren que lo hagamos —explicó Chris, mirando al objetivo, como si estuviera exponiendo una teoría científica.
—Eso no tiene ningún sentido —farfulló Sam.
—¿Por qué has discutido con Alex? —le preguntó Frank—. Lo que sea que fuera te debería dar igual. No sois pareja.
—Ni vamos a serlo.
—Entonces ¿qué te importa mientras mantenga todo recogido y en orden para que no te dé un síncope? ¿O ha cometido la temeridad de dejar la chaqueta en el respaldo de la silla del salón?
Sam lo miró con los ojos entrecerrados. Ellos también tenían esa mala costumbre ¿Acaso era el único que recogía las chaquetas cuando llegaba a casa? Se negaba a creerlo.
—¿Cómo va a enfadarse por eso? —preguntó Chris, incrédulo.
—A mí me molesta más cuando entras al baño después de que se hayan duchado. Todo está lleno de niebla y de un calor asfixiante. ¿No saben que ducharse con agua fría es más saludable? —preguntó Callum.
Sam no quiso dar explicaciones.
—No merece la pena enfadarte —le recomendó Hudson—, y más si no sois pareja… todavía.
Sam lo miró de reojo. Por supuesto que no iban a serlo.
Andrea Masterson acababa de llegar hasta ellos, con uno de sus estrechos y sugerentes conjuntos deportivos.
—A saber qué has hecho tú para estar tan molesto —le replicó desafiante mientras ocupaba una de las máquinas a su lado.
—Nada. Yo no he hecho nada —le aseguró. Ni siquiera habían discutido.
—No sé si Alex diría lo mismo.
Sam la miró con desconfianza.
—No hemos discutido. Solo… necesitaba soledad y me he venido al gimnasio.
—¿Soledad y te vienes al gimnasio? —preguntó Chris irónico—. Vete a pasear por el lago como hacemos todos.
—Debía haberlo hecho —aceptó—. Porque no dejáis de hablar.
—Y no te gusta lo que te dicen —adivinó Andrea—. No te culpo. No habéis discutido, pero estás aquí visiblemente enfadado… ¿A qué tienes miedo?
Todos miraron a Sam expectantes.
—Yo no tengo miedo.
—Claro que sí —sonrió Andrea—. Otra cosa es que no lo reconozcas, pero tienes miedo.
Frank miró a Sam y después a Andrea.
—¿A qué va a tener miedo? ¿A que no se vaya de casa?
Andrea miró a Sam.
—No lo sé —le respondió—. Quizá llevas mucho tiempo solo, quizá te estás empezando a enamorar…
Sam apretó los labios. No, eso no. Seguro que no. Resopló. Así no podía pensar. Todos hablando y opinando sobre él. Chris tenía razón. Debería haberse ido a pasear por el lago. Con un gesto a modo de despedida y sin dar explicaciones, se alejó de ellos.
Recogió la mochila de la taquilla y aceleró el paso hasta el lago.
Realmente, no tenía motivos para enfadarse con Alex.
Solo que era una mujer que reunía todos los requisitos que él no aprobaba: era mentirosa e interesada y hablaba con hombres casados.
Ambas características no debían importarle.
No había nada entre ellos y no lo habría, decidió con firmeza.
Alex le escuchó cuando llegó a casa. Dejó las llamadas, el CRM, los gráficos y las señales y salió al pasillo. Se encontró con él de frente.
—¿Estás bien?
Sam parpadeó incrédulo. ¿Eso le importaba? No parecía enfadada por su reacción.
—Sí… disculpa. No debí haber reaccionado así.
Fue a pasar por su lado para dirigirse a su dormitorio, pero ella se situó frente a él impidiéndole el paso.
Sam se detuvo ante su aroma a escasos centímetros de distancia.
¿Por qué se le acercaba tanto? Le miró desafiante.
Alex levantó la mirada deteniéndose antes en sus sugerentes labios y eligiendo ignorarlos. Su corazón latía con fuerza.
—¿Por qué lo has hecho? ¿Qué he dicho que te ha molestado tanto?