5
Sam resopló. No podía llevarle la contraria porque algo de razón tenía. Pero, ¿cómo se podía vivir sin un mínimo de orden, limpieza o disciplina?
—Será mejor que me vaya al gimnasio —le dijo abriendo la nevera—. Has vuelto a utilizar una de mis baldas.
Alex lo miró de reojo. Ya se había dado cuenta.
—La tenías vacía y yo necesitaba un poquito más. Otra de tus normas que deberías añadir a la lista. Prohibido ocupar mi espacio en la nevera.
—Es lo justo.
—La tienes vacía. Solo comes carne o pescado a la plancha, pasta y arroz. Si prepararas verduras, ensaladas o legumbres necesitarías más espacio.
—No tengo tiempo de prepararme eso.
—Claro que sí. Levántate antes.
—No me apetece cocinar en mi tiempo libre.
—Es salud.
—Dormir también lo es.
—¿Con quién vivías antes de que llegara yo? ¿Encontraste un compañero de piso que aceptara todas tus normas?
Sam hizo una mueca. Esa era una de las razones por las que se había mudado.
Los cuatro sanitarios juntos en un piso era demasiado desorden, demasiada testosterona y malas costumbres.
Había preferido alquilar un piso para él solo, aunque ese había resultado demasiado grande para él y había optado por alquilar la habitación.
Quizá porque estaba muy acostumbrado a convivir con gente, con su familia, con alguna de sus novias anteriores, con sus compañeros de trabajo…
Alex lo miró de reojo. Estaba enfadada con él, pero todavía tenía que vivir bajo su mismo techo. Tomó aire y lo soltó con tranquilidad. No eran una pareja, no había nada entre ellos y con esa actitud bélica no iba a conseguir nada, se recordó. Debía relajarse y no responder a sus ataques.
—¿Me dejas usar una de tus baldas a cambio de comer las legumbres que prepare?
Sam la miró descolocado. No esperaba ese cambio de actitud.
Pensó sus palabras por un breve instante.
No estaba seguro de que fuera un trato muy justo porque ella gastaría más dinero en comida, pero no le parecía mal comer algo más que carne o pescado a la plancha.
Él también podría comprar algo de lo que ella necesitara.
—Bueno… alguna vez… Podríamos probar….
Alex le tendió la mano para sellar el trato.
Los ojos de Alex brillaban satisfechos. Había conseguido más espacio en la nevera.
Sam se dio cuenta de cómo le alegraba su pequeña victoria.
Le daba la sensación de que se había propuesto con anterioridad obtener más espacio y lo había conseguido.
Aun así, aceptó su mano para cerrar el acuerdo.
Sus manos encajaban a la perfección. Se mantuvieron la mirada.
Ninguno de los dos parecía querer romper el contacto.
Entonces, la música que sonaba cambió de ritmo.
Sam aprovechó para elevar las manos y provocar que ella, sorprendida y divertida, girara sobre sí misma.
Los ojos de ella brillaron todavía más. La sonrisa se dibujó en su rostro.
—No me molesta la música —le respondió soltándola. Había estado a punto de volver a bajar la guardia y caer en la tentación de besarla—. Me voy al gimnasio.
Alex lo siguió con la mirada hasta la puerta y lo vio salir por ella. En el fondo no era tan desagradable, sonrió convencida. O por lo menos, no siempre.
Había tenido un buen día, pensó satisfecha Alex mientras dejaba las gafas sobre la mesa pequeña del salón, encima de uno de sus libros y se acomodaba en el sofá para ver una película.
Leads de calidad, buenos seguimientos en el trabajo, otro café con Helga y una visita al centro de yoga de April donde estaba decidida a inscribirse.
También debería apuntarse al gimnasio, pero debía mentalizarse antes.
Se conformaba con los ejercicios que hacía en casa, pero sabía que le vendría bien realizar algo más.
No hacía frío, pero acurrucarse bajo la manta de calabazas era una de las claves básicas para ese momento de relax.
Sam llegó a casa, cansado. Entre el trabajo y el gimnasio, había días que agradecía meterse en la cama, aunque fuera fin de semana.
—¿Qué haces? —preguntó extrañado al ver a Alex en uno de los sofás.
—Voy a ver una peli.
—¿No sales?
—No me apetecía, la verdad. No soy mucho de salir. Me levanto pronto por las mañanas.
—Pero mañana es domingo.
—También madrugo los domingos.
—¿Por qué?
—¿Por qué no?
—Porque algún día viene bien descansar.
—Ya descansas tú por mí —sonrió mientras él se apoyaba en el marco de la puerta, sin prisa por alejarse.
—Claro, hay que cuidarse. Quizá deberías dormir más… y no duermo tanto —se defendió.
—¿Tú no vas a salir?
—No. Hoy no me apetece. Los chicos han quedado para ir al Shamrock.
—¿Te sientas a ver la peli conmigo? —preguntó sin pensar—. Prometo no fumar, no beber, no cantar, no hablar con hombres casados…
Sam no lo pensó. Se acercó para sentarse a su lado. Había otro sillón, pero desde donde estaba ella se veía mejor, se justificó.
—Lo dices como si fuera un ogro.
—A veces creo que lo eres.
Sam la miró con desconfianza, pero el brillo burlón en su mirada le hizo responderle con una mueca.
—Alguien tiene que mantener el orden y la disciplina en esta casa.
—Dudo que tú seas más disciplinado que yo —le respondió convencida manteniéndole la mirada.
—Vamos a ver la peli —le propuso intuyendo que si seguían así acabarían discutiendo, que era algo que no le apetecía en absoluto.
Estaba en su casa, tranquilo, aunque Alex estuviera puntualmente allí. Por fin estaba consiguiendo esa paz que tanto deseaba.
—¿Qué película quieres ver? —le preguntó al ver que sujetaba el mando y no parecía tener ganas de soltarlo.
—No estoy segura. ¿Alguna de acción? ¿O una comedia? No suelo ver películas, ya te digo que me voy pronto a la cama.
—Vamos a ver qué hay —le propuso tomando el mando para elegirla él.
Alex aceptó mientras se acomodaba bajo la manta.
—¿Tienes frío? —le preguntó extrañado.
—No, pero se está tan bien así —murmuró intuyendo que no tardaría en quedarse dormida.
Sam se centró en la televisión. Eso parecía una relación de pareja.
Alguna vez había estado en una situación parecida.
Empezó a sentir cierta mala gana en la boca del estómago.
Alex no era su pareja, se repitió varias veces hasta que escogió una película.
Ni quería que lo fuera, trató de convencerse. Debía centrarse en lo que iban a ver.
Sam respiró profundamente antes de entrar en la cocina.
La noche anterior se habían quedado dormidos en el sofá, juntos.
No estaba previsto. No quería que ocurriera.
Eran solo compañeros de piso. Pero Alex, somnolienta, estaba preciosa y susurraba cosas ininteligibles.
Ni dormida parecía capaz de callar. Se habían ido cada uno a su dormitorio sin terminar de ver la película.
No había pasado nada entre ellos, pero sentía que algo estaba empezando a cambiar.
Tenía más que claro que no quería ninguna relación con nadie y estaba dispuesto a mantenerse firme por bonita que fuera la tentación que vivía bajo su techo.
—¿Qué huele tan bien? —preguntó al entrar.
—Un hojaldre —le respondió Alex con fingida indiferencia—. De pera y queso gorgonzola.
Era lo que tenía previsto hacer y menos mal que lo tenía pensado porque esa mañana parecía que no podía dejar de pensar en él de diferente manera.
Era demasiado atractivo con el pelo revuelto y la cara de sueño.
La había despertado con suavidad en la madrugada para acompañarla hasta el dormitorio.
Había sido una escena tan íntima… Prefería no recordarlo.
—Podía haber hecho yo la compra.
—¿Para los dos? ¿Tienes fiebre? Voy a pensar que no te importa que compartamos la nevera.
—Si cocinas tú, es lo justo, aunque te quede poco para irte.
Alex lo miró de reojo. ¿Necesitaba recordárselo? Quizá cuando ya no vivieran juntos podrían salir algún día.
Sam, que estaba colocando los cubiertos con una precisión casi irritante, levantó la mirada.
—¿Qué?
—Nada —le respondió negando con la cabeza. No encajaría con alguien tan perfeccionista y controlador.
Sam la observó en silencio. Realmente no sabía nada de ella.
Los pocos wasaps que habían mantenido antes de alquilar la habitación habían sido sobre su vida sana, su estilo de vida disciplinado y que quería vivir allí por el programa de cupcakes.
Había creído que sería un compañero tranquilo, quizá un poco friki, pero totalmente inofensivo.
Y había llegado ella… bonita, caótica y…
—¿Qué? —preguntó Alex notando su mirada.
—Nada.
—Yo diría que sí.
Él dejó el cuchillo que estaba alineando con el borde del plato.
—No tiene importancia.
Alex, incrédula, miró a su alrededor.
—¿He dejado la bandeja del horno a solo tres centímetros de distancia de la cafetera? ¿No he cortado los trozos milimétricamente iguales? ¿No he fregado todavía los cuchillos que he empleado? No podrás decir que he manchado mucho, porque no es cierto. Apenas un plato y un par de cuchillos.
Una sonrisa lenta apareció en la boca de Sam.
—¿Me estás acusando de ser controlador?
—No —. Alex tomó asiento tras dejar los platos sobre la mesa—. Te estoy informando de que lo eres. Por si nadie te lo había dicho.
Él soltó una risa breve.
—Al menos eres sincera.
—Siempre.
Sam la miró con los ojos entrecerrados. No había conocido una mujer que lo fuera.
—Lo dudo.
—Ponme a prueba.
—Eso puede ser peligroso.
—Solo si no estás acostumbrado.
Sam la miró pensativo durante un segundo más de lo necesario. No la creía. Todas decían lo mismo y luego mantenían relaciones a escondidas.
Se sentó frente a ella.
—No te creo.
—¿En que sea sincera o en que seas un controlador?
—No soy un controlador. Soy perfeccionista, pero ¿qué tiene de malo querer tener todo organizado?
—Organizado lo tengo yo.
—¿Tú? Seguro que aún tienes cajas sin abrir en tu dormitorio.
—Claro, porque hasta que no las incluya en mi agenda no voy a abrirlas.
—¿Necesitas una agenda para abrir las cajas? Y luego el controlador soy yo.
—Lo eres. Yo solo soy organizada y productiva.
Y buena cocinera, pensó tras dar un mordisco al hojaldre.
—Si tú lo dices.
Alex se echó a reír y Sam no pudo evitar sonreír también.
—Supongo que ya has comido los cupcakes de Carolyn, pero ¿has estado en el restaurante de Owen?
—No. He pensado en ir, claro, y a la pizzería, pero aún no lo he hecho.
—No lo has incluido en tu agenda.
—Probablemente por eso —sonrió Alex convencida.
Tampoco es que le apeteciera mucho, ni poco ni nada, ir sola a un restaurante. Una cosa era un café y un cupcake y otra muy diferente una comida más larga. Podía llevarse un libro para que la acompañara, pero era más cómodo leer en casa.
—¿Tú eres de aquí? —le preguntó Alex con curiosidad.
Sam negó con la cabeza. Era agradable tener una conversación amigable con una mujer compartiendo la comida.
—No, vine hace un tiempo. Había solo una ambulancia en Edentown. Normalmente con una basta, pero Paul Messing decidió donar una ambulancia cuando abrió la foodtruck que hay junto al lago.
—Ese nombre me suena… ¿No es algún empresario famoso?
—Sí y fue jurado en el programa de los cupcakes…
—Ah, sí… Es muy guapo…
—Y tiene pareja, Judy —le informó intencionadamente—. Abrieron una tienda de cosmética natural en la calle principal.
—La he visto.
—También abrió la fábrica de galletas.
Alex asintió interesada en la conversación, que se alargó durante más de una hora.
Cuando Alex consideró que debía volver a sentarse frente al ordenador para seguir trabajando, o incluso formándose, se levantó para recoger los platos. Hubiera seguido hablando con él, pero era demasiado responsable como para acomodarse y no volver al trabajo.
Sam se puso de pie inmediatamente.
—Déjalo. Yo lo hago.
Ella lo miró divertida.
—¿Ves? Otra vez intentando controlarlo todo.
—Estoy intentando colaborar. Es lo justo, ¿no? Tú cocinas, yo friego.
—Bueno, de acuerdo. Trabajaré un rato.
—¿Trabajar? ¿Has encontrado trabajo?
—¿A qué te refieres?
—Que si has encontrado un trabajo.
—Ya tengo trabajo. Trabajo desde casa.
Sam la miró incrédulo.
—¿Cómo dices? ¿Eres influencer o algo así?
No la había visto grabándose vídeos ni haciendo excentricidades como solía hacer Chris Bertie, el hijo del dueño de la ferretería.
—No, no. Soy closer de ventas.
—¿Cómo has dicho? ¿Eres comercial, una vendedora por teléfono?
Alex se encogió de hombros.
—Más o menos, puedes decirlo así, pero es más certero decir que soy closer porque hablo con gente ya interesada en el producto.
Sam negó con la cabeza.
—Por mucho que quede más bonito en inglés no dejas de ser una comercial. Con razón te pasas todo el día hablando por teléfono.
Alex notó cierto matiz despectivo.
—Sí… ¿Tienes algún problema con el mundo comercial?
—No, claro que no, pero con los charlatanes, mentirosos y embaucadores, sí. Simplemente, no me gustan.
Alex abrió los ojos sorprendida. Notó cómo la rabia empezaba a encenderla.
—¿Te acabo de decir que me dedico a eso y me estás diciendo a la cara que soy una charlatana, una mentirosa y una embaucadora?
Sam le mantuvo la mirada con una pizca de arrepentimiento.
—¿Por qué lo haces?
—¿El qué?
—Trabajar en eso.
—Porque no lo veo como tú, porque me gusta y porque da dinero.