4
Sam resopló burlón. Se acercó para mirar la bandeja. Lo que había hecho no parecía tan difícil.
Alex notó primero su presencia y después el calor de su cuerpo. Fue un roce absurdo, mínimo, pero lo suficiente para quedarse quieta. Sam también. Se había acercado demasiado, se arrepintió. Durante un segundo, ninguno dijo nada.
Alex lo miró. Él sonrió incómodo. No podía pasar nada entre ellos, se recordó sin ceder a la tentación que suponía tener sus labios tan cerca. Ella apartó la mirada. ¿En qué estaba pensando? ¿En besarle? ¿En dejar que la besara? No iba a enamorarse de él, se recriminó.
—Bien, vamos a comer —comentó con fingida indiferencia, empezando a servir la comida en los platos que Sam había preparado.
Sam asintió haciéndose a un lado. Había estado a punto de besarla.
Le había parecido reconocer cierta decepción en su mirada por no haberlo hecho.
Tomó uno de los platos de sus manos. Sus dedos se rozaron.
Ninguno apartó la mano inmediatamente. Alex bajó la mirada hacia sus dedos.
Parecían arder. ¿Solo lo sentía ella? Levantó los ojos.
Estaban demasiado cerca. Sam retiró la mirada y los dedos.
—¿Te vas a disfrazar para Halloween?
—¿Cómo?
—Te preguntaba si te ibas a disfrazar para Halloween.
Alex volvió a centrarse en servir el otro plato.
Sam había acertado en romper la tensión que se había generado entre los dos en un momento.
Vivían juntos. No podían… No debían empezar una relación, ni siquiera compartir un momento de intimidad por simple atracción.
Eso estropearía la convivencia y ella aún no sabía cuándo podría irse de allí.
—No he pensado nada. Aún queda mucho.
—No tanto. Los chicos ya están planificándolo.
—Supongo que aquí Halloween será muy diferente a la ciudad —sonrió empezando a imaginar la plaza decorada con grandes calabazas y los niños disfrazados correteando de un lado a otro.
Sam agradeció en silencio el rumbo de la conversación, tan alejada de lo que ambos habían sentido instantes antes. Era lo mejor. Debía protegerse porque el riesgo de caer a sus pies se estaba volviendo demasiado grande.
—¿Esa no es tu compañera de piso? —le preguntó Frank a Sam la mañana siguiente, tras mirar por la ventana mientras volvían de un aviso de emergencias que había resultado un leve percance.
Sam miró con curiosidad hacia donde le indicaba.
¿Estaba hablando con Dave Moore? Los dos parecían muy animados, sonrientes y entretenidos.
¿No sabía que estaba casado? Primero Neal, ahora Dave.
Una inesperada rabia empezó a apoderarse de él.
¿Esa mujer no tenía ojos para hombres solteros?
La noche anterior había estado demasiado cerca de besarla en varias ocasiones y no hubiera podido ni querido detenerse allí.
¿En qué momento había bajado la guardia?
Hubiera gritado en ese momento enfadado por su debilidad.
Esperaba que Megan le encontrara algo pronto para dejar de verla.
—Es guapa —alabó Frank.
—Si te gustan así.
Frank le miró de reojo.
—¿Ya has intentado algo con ella?
—No, claro que no. solo estamos viviendo juntos. No voy a mezclar las cosas. Además, se irá en cuanto pueda.
—¿Lo intentarás entonces?
—No voy a intentar nada.
—Entonces lo intentaré yo.
Sam lo miró molesto. Podía hacer lo que quisiera.
No quería saber nada de ella… pero que no la dañara.
A fin de cuentas no quería oírla llorar por las noches cuando Frank decidiera que no tenían nada en común y la dejara.
Si a él le gustaba dormir, a Frank mucho más y no se le podía saludar hasta el cuarto o quinto café, no como a él, que con el segundo se solía espabilar.
Además, dudaba de que a Frank le gustara que ella hablara tanto por teléfono.
Pasaba todo el día, esclava de él. ¿No había dicho que no tenía más familia que su abuela ni nada que la atara al lugar donde vivían?
Para no tener amigos no paraba de hablar con ellos.
¿Y cuándo iba a empezar a buscar trabajo?
¿O pensaba pasarse el día en casa, ociosa, durante toda su vida?
—¿No me vas a decir algo?
—¿De qué?
—De Alex.
—Te he dicho que hagas lo que quieras.
—¿Tú la has visto bien?
Sam resopló malhumorado. Sí, la había visto bien, al salir del cuarto de baño envuelta en la toalla con sus bonitas piernas desnudas, en ropa deportiva ceñida al cuerpo, con ese vestido de flores… La veía todos los días, en cualquier momento, con sus ojos brillantes y su atractiva sonrisa.
—¿Y qué? —le preguntó a Frank con fingida indiferencia.
—La tienes en casa… para ti solo.
—Se irá en cuanto Megan le encuentre algo.
—Aprovecha hasta entonces.
Decidió ignorarlo. No iba a aprovechar nada. Convivía con ella y nada más. No quería otra relación y menos con alguien que estuviera veinticuatro horas bajo su mismo techo sin hacer nada y coqueteara con hombres casados en sus ratos libres.
Alex estaba acurrucada en el sofá, tapada con una suave manta blanca con dibujos de calabazas.
Después de considerar que había trabajado suficiente por ese día, había salido un momento hasta la tienda de regalos.
Había vuelto con la manta, dos cojines naranjas y dos calabazas de decoración que había dejado sobre la mesa y habían teñido de otoño el salón.
Hablar con Dave y Neal sobre trading la había tranquilizado bastante.
No se habían reído de ella por hacerles preguntas que probablemente serían de un nivel principiante.
Le habían dejado claras algunas claves sencillas sobre las que sentar las bases para ayudar a los que estuvieran indecisos al comprar los packs que iba a empezar a vender en unos días.
Ya sabía que debía tener cuidado con los lotajes, controlar el Stop Loss y operar con mucha rapidez en Scalping.
No era lo suyo. No pensaba profundizar en el trading, solo vender unos cursos, bastante buenos y muy bien referenciados, a quien estuviera interesado.
Sam entró en casa tras su jornada laboral.
Le molestaba, y mucho, esa necesidad que sentía por ver a Alex.
Por una parte no le importaba que intentara relacionarse con hombres casados.
Era su vida y podía hacer lo que quisiera con ella.
Pero, por otra… No entendía el motivo para hacerlo.
Nunca lo había entendido. Con sus parejas anteriores, tampoco.
¿No era más fácil dejar una relación que llevar dos paralelas sabiendo el daño que podías hacer al miembro que practicaba la fidelidad? Quizá ella pudiera explicárselo.
Vio luz en el salón y se dirigió hacia allí. La escena tan hogareña le anudó la garganta. Si fueran pareja, él podría tumbarse a su lado para que ella se acurrucara entre sus brazos. Pero eso no iba a pasar, se dijo tajante.
—¿Tú sabes que Dave está casado? —la atacó.
—Sí, con Shelby.
—Bien. Y Neal también o como si lo estuviera con Grace.
—Lo sé —respondió extrañada ante el interrogatorio.
—Entonces, ¿qué haces tonteando con ellos?
Alex le miró incrédula. Se incorporó para dirigirse a él.
—¿Me estás acusando de algo?
—Te he visto. Hoy con Dave, el otro día con Neal, tienes un ramo de flores en tu habitación…
Alex se levantó molesta para encararlo. ¿A qué venía todo eso?
—El ramo me lo compré yo y no tonteo con nadie. Estoy en contra de las infidelidades, pero si lo hiciera, ¿qué te importa?
—Entonces ¿qué hacías con ellos?
—¿Cómo?
—Son hombres casados.
—Lo sé. Solo estaba hablando.
—Y sonriendo.
Alex negó con la cabeza, aturdida.
—¿Hablar y sonreír es un delito?
—Depende de la intención que tengas.
—¿De mi intención o de tus prejuicios?
—Yo no tengo prejuicios de ningún tipo, pero no voy a consentir que te acuestes con ningún hombre casado en esta casa.
—¿Que tu no qué?
—Ya me has oído. Tienes muchos hombres solteros por aquí.
Alex se cruzó de brazos. No daba crédito a lo que estaba escuchando.
—No voy a acostarme con ellos, desde luego, pero si así lo hiciera, te recuerdo que la que no tiene ningún compromiso con alguien soy yo.
La charla, si alguien necesitara escucharla, se la deberías dar a ellos no a mí.
Claro que todavía sería más ridículo porque ninguno de los implicados pretende que pase nada.
—Me da igual, ya lo has oído.
Alex jadeó indignada. Eso era el colmo, que le acusara de infidelidad un hombre al que no le unía ningún tipo de relación.
—¿Algo más que añadir? —le preguntó con ironía mientras recogía la manta del sofá. Se le habían quitado las ganas de seguir sentada frente a la televisión.
—Sí, no dejes libros por medio —señaló el que había sobre la mesa pequeña—ni dejes notas en la nevera. No me digas que hay que comprar leche, porque yo no soy tu criado. Si quieres leche la compras tú. Y tampoco toques mis galletas. He ido a comer una y no me quedaban.
Alex recogió el libro de la mesa.
—Escribí lo de la leche para recordarlo. Tengo esa molesta costumbre —señaló con ironía—, apuntar las cosas para no olvidarlas. No sé qué te ha pasado hoy en el trabajo, pero compadezco a quien te tenga que aguantar como compañero. Me voy a mi habitación por no verte.
Sam la siguió con la mirada hasta que desapareció por el pasillo y cerró dando un portazo. El silencio que dejó lo invadió haciéndole dudar. ¿Había sido injusto con ella? Lo dudaba. Era mejor dejar las cosas claras desde el principio.
A la mañana siguiente, Alex escogió en Spotify un listado de las canciones que quería escuchar para cargarse de energía.
Dejó el móvil sobre la mesa y animada por el ritmo de la música, en un descuido accidental, se echó por encima el té caliente que acababa de prepararse.
Sobresaltada, se quitó con rapidez la camiseta.
Había estado a punto de quemarse, se dijo aliviada.
Vio que sobre una de las sillas había camisetas de Sam dobladas.
Se puso una de ellas antes de fregar los restos de té en el suelo.
Sam entró en la cocina resignado. Ni los sábados que tenía fiesta podía quedarse un poco más en la cama porque Alex también se ponía música. Se quedó mirándola más tiempo del que quizá debiera, pero verla con una de sus camisetas le había impactado.
Alex se giró y se sorprendió al verlo.
—¿Qué?
—Nada.
—Me estás mirando.
—No.
—Sí.
—¿Por qué tienes la música tan alta?
—Disculpa. Son las nueve. Me dijiste que a las siete de la mañana no podía, pero…
—Hoy es sábado.
—Con más motivo.
—¿Cuándo duermes?
—De noche.
—Llevas mi camiseta.
—Sí, mojé la mía.
—¿Y no tienes otra?
—Sí, pero si iba a por ella dejando todo lleno de agua, me exponía a que entraras y te quejaras por verlo hecho un desastre.
He tenido que elegir entre ponerme una camiseta tuya y recoger o dejarlo todo como estaba y ponerme una de las mías.
Pero por lo que veo, cualquiera de las dos opciones te hace gruñir.
—Yo no gruño.
—No, qué va. Empiezo a sospechar que no sabes hacer otra cosa.
—Y yo tengo claro que pareces molestarme con total intención.
—Pues no. Molestarte no está en mi lista de prioridades, pero escuchar música sí. Debiste ponerlo en el contrato junto a lo de no beber ni fumar. No escuchar música, no tener plantas, no ser infiel en un mundo imaginario, no mancharte la ropa…
Sam le mantenía la mirada, serio. No era un ogro como parecía querer pintarlo.
—No seas exagerada.
—¿Quién, yo?