3 #2
Tal y como había supuesto, los veinte minutos que pensaba tardar en comprar el salmón, fueron casi dos horas. Tras hacer la compra, subió las escaleras a toda velocidad, primero por evitar a Helga, después por el cargo de conciencia de que no había estado trabajando.
Se sorprendió al ver las cajas de la mudanza donde las había dejado. Ya no se acordaba de ellas. El piso estaba demasiado tranquilo. Sam no se habría despertado, así que no tendría que disculparse por el desorden.
Fue a la cocina para empezar a preparar el salmón y meterlo en el horno. Sam estaba allí, observando el interior de la nevera, con gesto serio y una camiseta que se le ceñía al cuerpo. Era demasiado atractivo para su gusto, pensó Alex.
—Hola —le saludó como si no supiera que la casa estaba desordenada—. ¿Vas a hacerte la comida? He traído salmón suficiente para los dos. Si quieres te preparo un trozo.
—¿Me estás comprando?
—No.
—Hacer la comida no te exime de que tengas que recoger la casa.
Casi le había dado un síncope por la mañana al ver todo por medio. Debía haber guardado todo en su dormitorio, y luego ordenarlo cuando hubiera podido, pero no. Lo había dejado todo por medio. Estaba invadiendo su apartamento.
—Ya lo sé —le respondió con una mueca—. Helga me ha entretenido, si no, ya estaría todo recogido y la comida hecha.
—Seguro —refunfuñó con ironía.
—No te quejes. Vas a probar el mejor salmón que has comido en… desde que estoy aquí.
—No lo dudo porque no he comprado salmón.
—Por eso te lo he dicho —le explicó precalentando el horno.
Buscó en los armarios una bandeja donde colocar la fina base de patatas que pensaba acompañar al salmón. No tardó en encontrar una que le sirviera. La cubrió de patatas, dispuso los filetes de salmón encima y los regó con un poco de aceite, limón, eneldo y unos dientes de ajo fileteados.
Alex la observaba en silencio. Era eficiente, resolutiva y decidida. No la veía dudar en ningún momento. Sabía lo que hacía, cómo lo quería y cómo debía de hacerse. Tanta seguridad y confianza le hizo sentir ligeramente incómodo.
—¿No deberías cambiarte de ropa?
Alex ahogó una mueca. No iba a decirle cómo estar en casa.
—Lo haré mientras el salmón se cocina.
—¿No era cuando pensabas recoger la casa?
Alex entornó la mirada.
—¿No te cansas de querer controlarlo todo y ver que no puedes conseguirlo?
Sam la miró reflexionando sobre sus palabras.
—No quiero controlarlo todo.
—Sí quieres. Quieres controlar la casa, mis horarios, mi ropa…
—No, eso no es cierto, pero no se puede vivir en medio del caos y del desorden.
Alex lo miró incrédula.
—¿Me estás diciendo que soy caótica y desordenada?
—Dímelo tú. ¿Lo eres?
—Por supuesto que no. Soy bastante organizada. Otra cosa es que siga tus normas, que no son las mías. Voy a cambiarme de ropa.
—Y a recoger las cajas.
Alex le hizo una mueca. Lo recogería porque estaba en sus planes, no porque él le dijera que debía hacerlo.
Sam apoyó la cadera en la encimera. La cocina empezaba a oler a comida recién hecha. Sabía que no debía acostumbrarse a que Alex cocinara para los dos, pero que lo hiciera algún día no implicaba nada. A cambio, él fregaría los platos. Así se aseguraría de tener la cocina siempre recogida.
No era un maniático de la limpieza ni del orden.
Nunca lo había sido, pero sí… quizá tuviera un poco, solo un poco, de razón, al decirle que le gustaba tener las cosas controladas.
Ya había pagado, y con creces, el exceso de confianza que había dado a sus parejas anteriores.
Las tres le habían demostrado que no podía confiar en nadie.
Había aprendido la lección, desde luego.
La escuchó arrastrar una caja por el suelo del pasillo y se asomó con curiosidad.
—¿No te ibas a cambiar de ropa?
—Y a recoger las cajas —le repitió con ironía.
—Pero no en ese orden —le confirmó llegando hasta ella para empujar él mientras ella abría la puerta.
Su dormitorio olía a flores, vainilla y algo más que no supo identificar, pero que le hizo sonreír sin pretenderlo.
—¿Ves como eres un maniático del orden y de decir la última palabra?
—¿Eso también? —preguntó burlón—. ¿Qué llevas aquí?
—Libros… y no me digas que los dejo en cualquier sitio.
—Si ya sabes lo que te voy a decir ¿por qué sigues dejándolos por ahí?
—Porque los estoy leyendo, Sam. Estoy viva. ¿Sabes lo que es eso?
Sam le mantuvo la mirada. Le brillaban los ojos, era preciosa y sí, estaba viva. Y la casa también desde que ella había llegado. Igual que él, pero no estaba dispuesto a volver a caer.
—Cámbiate de ropa. Te acercaré las cajas a la puerta —se ofreció cerrando en cuanto salió por la puerta, dejándola a solas.
Alex lo vio salir con una sonrisa dibujada en su rostro.
Si no fuera tan… tan… Ahogó un suspiro. Cuando se relajaba, como en ese momento, le parecía divertido, atento e incluso encantador.
Al final, tanto enfadarse con ella para acabar acercándole las cajas hasta la puerta, pensó mientras cambiaba su ropa por la que solía utilizar para estar en casa.
Lo podía haber hecho desde el primer momento y se hubiera evitado un enfado.
Segundos después regresó a su lado. Él ya había puesto la mesa. El olor del salmón recién salido del horno llenaba la cocina cuando Alex abrió la puerta y dejó escapar una nube de calor.
Sam estaba apoyado contra la encimera, con los brazos cruzados y esa media sonrisa que a ella empezaba a resultarle peligrosamente atractiva y familiar.
Alex colocó la bandeja sobre los fogones.
—Huele increíble —reconoció él.
—Porque sé cocinar.
—¿Y me quieres decir que yo no?
Ella levantó una ceja.
—Yo no he dicho eso, pero ya que lo reconoces, por una vez y sin que sirva de precedente, no te voy a llevar la contraria.