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Sam abrió los ojos como platos.
—No, no. Ni hablar. Solo te lo comentaba porque eres nueva aquí.
Alex le miró con curiosidad. No era tan fea ni desagradable como para que reaccionara de esa manera. Lo había sugerido como una broma, pero esa negativa tan directa le había arañado un poquito su corazón.
—Era broma, pero te ha parecido que te propusiera una aberración. Sería un detalle que me enseñaras este lugar o sus costumbres. ¿Es por mí o por las mujeres en general? ¿O acaso te gustan los hombres?
Sam le mantuvo la mirada ¿Estaba bromeando o lo decía en serio? No sabía entender ese brillo que veía en sus ojos y a esas horas y sin su dosis matutina de cafeína no se podía bromear.
—Me gustan las mujeres —aceptó—, pero no quiero nada con nadie.
—No recuerdo haberte pedido que te cases conmigo.
—Y no lo haría.
—Gracias —le respondió levantando la barbilla, orgullosa, y saliendo de la cocina con su té humeante en la mano.
Sam la siguió con la mirada extrañado. ¿Pero qué había pasado? Fue tras ella.
—No quería ofenderte. ¿Lo decías en serio? Todavía no me ha llegado la sangre a la cabeza. No puedes decirme estas cosas hasta el segundo café y aún voy por el primero.
Alex asintió en silencio. Claro que no quería casarse con él.
Desde luego que no se conocían, pero hubiera sido un detalle que la llevara al pub irlandés que había visto en la calle principal y del que ya le habían hablado.
Podría ir sola, desde luego, pero no era para que respondiera como lo había hecho.
Sam le sostuvo la mirada. ¿Por qué le hacía sentirse culpable? No había hecho nada.
Alex le dio la espalda. «No es nada personal», se recordó. Sam tenía problemas con las mujeres y ella solo era la que tenía más cerca en ese momento.
Sam la vio entrar en su dormitorio y cerrar la puerta a su espalda. Quizá sí que debería haberse ofrecido a enseñarle Edentown. A fin de cuentas había llegado hacía poco, no conocía nada y estaba sola, pero estaban viviendo juntos y era preciosa. No iba a enamorarse otra vez. Lo tenía claro.
Cuando llegó a su trabajo todavía seguía dándole vueltas a lo sucedido. Frank acababa de llegar.
—¿Y ese ceño fruncido?
—Alex. No es nada. No sé qué le he dicho, pero se ha enfadado.
—¿Y le estás dando vueltas?
Sam lo miró de reojo. Tenía razón. ¿Qué estaba pensando? Por lo menos en el trabajo se distraería.
Sam estaba deseando regresar a casa. Había tenido que hacer dos traslados y al volver de uno de ellos la había visto en la tienda de informática con Neal, hablando muy animada.
Habían detenido la ambulancia el tiempo suficiente para verla en actitud demasiado amable.
¿No sabía que tenía pareja? ¿Neal no se lo había dicho?
¿Qué les pasaba a las mujeres? Aunque, realmente, ¿a él qué le importaba?
Entró por la puerta. Dejó las llaves en la bandeja de madera que había sobre la consola de la entrada. Olía realmente bien. ¿Qué se había preparado Alex para comer? No se lo iba a preguntar. En todo caso le preguntaría por Grace, la mujer de Neal.
¿Estaba escuchando voces masculinas? ¿Había llevado a alguien a comer? Podía, pero… al pasar por la puerta del salón, algo verde llamó su atención. Se detuvo para asegurarse. ¿Una maceta? ¿No le había dicho que no las quería? Esa mujer hacía lo que le daba la gana, como todas.
Entró a la cocina, enfadado. Estaba sola. Miró hacia su móvil. Estaba escuchando un podcast sobre… ¿Otra más?
Alex lo miró relajada. Parecía estar enfadado, cansado o ambas cosas.
—¿Qué es eso?
Miró hacia lo que señalaba su dedo. Un helecho pequeño, ideal para ese rincón.
—Una maceta.
—Ya lo veo.
—Pues no preguntes.
—Me refiero a qué hace aquí.
—La compré. Y en el salón hay dos más.
—¿Por qué si te vas a ir en cualquier momento?
—Porque hasta que me vaya quiero vivir en un sitio bonito.
—Este piso es bonito.
—Aún puede serlo más. No hay fotos, ni cuadros, ni ningún adorno. A mí también me gusta el minimalismo, pero lo tuyo es excesivo.
—Estamos de acuerdo en algo.
—¿En que eres excesivo?
Él la miró con el ceño fruncido a modo de repuesta.
—En que cuantas menos cosas en medio, mejor.
—Sí, pero una foto…. ¿Y tu familia?
—¿Qué le ocurre?
—No tienes fotos de ellos en ningún sitio.
—Tú solo tienes una foto con tu abuela.
—¿La has visto?
—No.
Alex le miró incrédula, con las cejas levantadas.
—Bueno, sí, un día tuve que entrar a tu habitación a dejar algo y vi la foto. Así que no me digas que tenga fotos de mi familia, cuando tú solo tienes una.
—No tengo más familia —le respondió con tranquilidad, luchando contra el ligero resquemor que la había envuelto.
Sam la miró extrañado. Quizá no se hablaba con su familia. No tenía por qué ocultárselo. Realmente, no era de su incumbencia. Ni siquiera tenía importancia, pero decir la verdad era algo que no dañaba a nadie.
—¿Y tus padres? Perdona, no me respondas si no quieres. No sé por qué te he preguntado.
—Mis padres murieron cuando yo era muy pequeña en un accidente de tráfico. Mi abuela me cuidó.
—¿Y dónde está ella? ¿La has dejado para venirte aquí?
¿De verdad podía pensar que era tan desagradecida?
—Ella murió poco antes de que yo llegara. No me ataba nada a ningún sitio así que vine aquí, que era lo que habíamos pensado hacer juntas.
—Vaya, lo siento.
Alex lo agradeció con una bonita sonrisa que hizo que Sam se pusiera alerta. No tenía por qué gustarle su sonrisa, ni sentir lástima porque no tuviera familia, se recriminó.
—¿Y tú? ¿Tu familia?
—Tengo dos hermanas, Jill y Julia. Viven con mis padres. No han venido a verme todavía, pero lo harán en cualquier momento.
Se mantuvieron la mirada unos instantes. Estaban cómodos hablando. Sam retiró la mirada. Eso no podía ser.
—No vuelvas a traer más macetas. No me gustan.
Alex le miró sorprendida por el cambio de actitud.
—¿Por qué?
—Porque se mueren todas.
—Eso es porque no sabes cuidarlas.
—Lo dudo —le respondió antes de dejarla sola en la cocina—. Y friega los platos que utilices.
Alex lo siguió con la mirada. ¿Tenía que decir siempre la última palabra? Fregaría porque ella era la primera a la que no le gustaba ver los platos sucios en la fregadera. Pero en cuanto a las macetas, cuando saliera, compraría otra. Ella también vivía allí.
Al día siguiente, Sam llegó a casa agotado.
Su turno se había alargado más de la cuenta y ya entraba en la madrugada.
No tenía ni hambre. Solo quería dormir. Pasó por la puerta de la habitación de Alex.
¿Estaba escuchando voces? Acercó más la oreja a la puerta.
No podía entender lo que decían, pero desde luego que no estaba sola.
¿A quién había llevado? No podía identificar voces.
¿Había esperado a que él estuviera trabajando para invitar a alguien?
No habían hablado de llevar ligues a casa.
No lo había considerado necesario porque solo iba a estar unos días hasta que Megan le encontrara algo, pero por lo visto, se había equivocado, otra vez.
Por una parte, no le extrañaba. Era una mujer guapa y atractiva.
Por otra… le molestaba más de lo que quería reconocer.
Frank no era porque había estado con él.
¿Quién sería? ¿Neal? Por lo que sabía seguía con Grace.
Aunque, a esas alturas de su vida, no ponía la mano en el fuego por ninguna mujer. Ya se había quemado varias veces.
El estómago le recordó que no había cenado. No le apetecía prepararse nada. Abrió uno de los armarios superiores. ¿Dónde estaban las galletas? ¿Se las había comido ya? Le pareció recordar que no se las había terminado ¿Se las habría llevado al trabajo?
Se pasó una mano por la cara. Sin cenar a la cama. Esperaba que, por lo menos, Alex no fuera muy escandalosa cuando… ¿En qué estaba pensando?, se recriminó.
Frunció el ceño al ver una nota en la nevera sujetada con un imán. «Comprar leche». Eso era el colmo. Él no era su criado. Cada uno compraba lo suyo.
Malhumorado, entró en su habitación cerrando con un portazo quizá demasiado excesivo.
Alex dio un salto en su silla. ¿Qué había sido eso?
¿Sam llegando a casa? ¿Qué hora era? Se levantó sobresaltada.
Era demasiado tarde. Ese vídeo de YouTube la había enganchado de tal manera que ni siquiera se había dado cuenta de la hora.
Apagó el ordenador y se metió en la cama.
Al día siguiente tendría demasiado sueño, se recriminó.
A la mañana siguiente, Alex contuvo sus ganas de poner música cuando se preparó el té. Sam también se había acostado tarde y no quería molestarle.
Empezó a repasar mentalmente cómo transcurriría su día.
Había quedado con Dave, el marido de Shelby Payne, para que le hablara sobre inversiones.
Le urgía aprender más sobre el tema. No quería pedir a sus superiores que le enseñaran nociones básicas.
Podía aprenderlas por sí misma. Había quedado en ir a buscarle por la tarde a la salida del colegio.
Debía comprar leche, galletas y espinacas. Quizá también algo de salmón para hacer al horno. Empezaría a trabajar y a mitad de mañana se escaparía para hacer la compra en un momento. Le encantaba vivir tan cerca del supermercado, de la plaza, del lago...
Antes de salir de casa, llamaron a la puerta. ¡El camión de mudanzas! Le traían sus cosas, por fin, pensó agradecida. Los dos hombres en uniforme azul tardaron un poco en subir las cajas por las escaleras y luego las esparcieron entre el salón y el pasillo.
Ella sonrió cuando firmó el documento que le tendieron antes de irse. Ya lo tenía todo allí. Abrió varias cajas de libros, de álbumes de fotos, alguna de ropa de invierno, zapatos…
Si empezaba a recogerlo, se le haría muy tarde, pensó. Lo recogería mientras el salmón se cocinaba en el horno, pero para eso tenía que ir a comprarlo. Salió con rapidez de casa.
La puerta de Helga se abrió cuando ella pasaba.
—Alex, ¿qué tal estás? He visto que paraba un camión de mudanza. ¿Te han traído tus cosas?
—En, sí… Ya tengo todo aquí.
—Pasa, te invito a café. He preparado una tarta de calabaza y canela.
—¿De calabaza? Lo cierto es que huele de maravilla —reconoció aceptando la invitación. Solo sería un ratito, se dijo sin mucha convicción.