Un corazón entre tú y yo (pueblo pequeño) que te acariciará el corazón. (Edentown nº 30) 2 #4
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Se dirigió al cuarto de baño. La ducha tenía termostato, sonrió. Así no tendría que estar moviendo el mando todo el tiempo para regular la temperatura. Iba a ser un gran día.

En cuanto saliera se sentaría delante del ordenador. Ese nuevo proyecto le estaba costando más de lo que pensaba. Creía que invertir en bolsa era más sencillo, pero realmente si lo fuera, cualquiera lo haría y no era lo que estaba comprobando en las primeras llamadas que había hecho el día anterior.

Todavía le quedaba mucho por aprender sobre trading. Lo bueno era que podría hablar con… Neal y… Dave, según le había comentado Prue en la exposición.

Sam resopló después de cinco minutos intentando dormirse de nuevo sin conseguirlo. Imposible. Se había desvelado. Frunció el ceño. Saldría a correr antes de ir al gimnasio. Salió al pasillo y entró en el cuarto de baño, decidido.

Una ola de calor lo recibió mientras Alex, envuelta en una toalla, recogía la cantidad de productos que, por lo visto, había utilizado. Se sobresaltó al verlo. Él se fijó en sus piernas desnudas.

—¿No te dije que te trajeras la ropa?

—También me dijiste que recogiera antes de salir.

—Seguro que puedes hacer las dos cosas.

Alex le hizo una mueca. Podía tener razón, pero se resistía a dársela.

—Qué mal despertar tienes, ¿no?

Sam la vio salir por su lado, con ese olor que le removía hasta las entrañas.

Ninguna mujer antes se había quejado de su humor por las mañanas.

Fue a replicar, pero la vio meterse en su dormitorio.

¿Qué debería haberle dicho? ¿Que era ella la que le hacía enfadar?

¿Qué eran unas mínimas normas de convivencia las que debía respetar? Apretó los labios, molesto.

Se metió bajo la ducha y abrió el grifo. Ahogó un exabrupto antes de cerrarlo. Miró el termostato para bajar la temperatura ¿Qué quería? ¿Abrasarlo? No le extrañaba todo el vapor que dejaba en el baño. Esperaba que Megan le encontrara pronto otro lugar donde vivir.

Así, además, Frank podría salir con ella sin meterlo en medio. Llamaron a la puerta. Acababa de entrar. ¿Pretendía monopolizar el cuarto de baño? Sus hermanas lo hacían. Era como vivir de nuevo con ellas.

—¿Te queda mucho? Tengo que maquillarme.

Sam se vio tentado a quedarse más tiempo bajo la ducha, pero iba a hacerlo solo por molestarla. No merecía la pena. ¿Dónde iba a ir tan temprano?

—Salgo en dos minutos —farfulló mirando a su alrededor mientras se secaba con la toalla.

¿Dónde había dejado su ropa? En el dormitorio, murmuró fastidiado. Tanto decirle a ella y luego, se le olvidaba a él. Esa mujer le distraía demasiado. Apenas la miró cuando se cruzaron en la puerta y él llevaba la toalla anudada a su cadera.

Alex lo miró con una ceja elevada. ¿No le había dicho que se llevara la ropa?

¿Dónde estaba la suya? Si volvía a suceder lo mismo se lo recordaría.

No era necesario que fuera exhibiendo sus abdominales marcados.

No se sentía atraída por él y mucho menos tenía ganas de empezar una relación.

Lo tenía claro. Pero las reglas eran las mismas para los dos.

Después de un fin de semana tranquilo en el que Sam había estado trabajando y apenas se habían visto más que para que él le reclamara por unos zapatos que había dejado junto a la entrada o por las chaquetas que había dejado en el respaldo de unas sillas del salón, llegó el lunes, su día favorito.

Alex resopló por cuarta vez. ¿Pero cuándo pensaba dejar de posponer el levantarse?

Por cuarta vez estaba sonando la alarma.

¿Por qué esperaba tanto? Si tenía que levantarse, cuanto antes mejor.

Y de paso, la dejaba meditar tranquila. Otra vez.

¡La quinta vez que sonaba la alarma! Miró el reloj.

Las cinco y treinta cinco. ¿Hasta cuándo iba a estar sonando?

Se levantó enfadada y con paso firme se dirigió a su dormitorio.

Entró sin llamar, agarró la sábana que lo cubría y tiró de ella.

—Que te levantes de una vez, que estoy cansada de escuchar la alarma —se giró para verlo. Dormía sin camiseta y vaya, aquello era digno de ver… Y lo que parecía haber bajo el pantalón del pijama también, desde luego.

Sam se incorporó adormilado. ¿Qué estaba diciendo esa mujer? ¿Le había quitado la sábana? ¿Y si hubiera estado desnudo?

La alarma del despertador volvió a sonar y miró somnoliento hacia la mesilla.

—Que lo apagues. Apágalo, por favor.

Salió del dormitorio dándole la espalda. Sam la miró sin comprender lo que había pasado. Apagó la alarma y se dejó caer de nuevo sobre la cama. Debía ir al trabajo.

Se levantó con gran esfuerzo. El próximo fin de semana no tenía que madrugar así que aprovecharía la cama toda la mañana.

Llegó a la cocina adormilado. Alex estaba preparándose un té.

—Si vas a despertarte a estas horas, puedo poner música, ¿no?

—¿Por qué ibas a hacerlo?

—¿Por qué no? Te recarga de energía —le respondió viendo cómo se preparaba el café luchando porque no se le cerraran los ojos.

—Para eso necesito café.

—O acostarte antes.

Sam dudó por unos momentos. Se había quedado hasta tarde en el Shamrock jugando a los dardos.

—¿No conoces el Shamrock?

Alex se encogió de hombros.

—No. Me han hablado de él, pero todavía no he ido.

—Está bien.

—¿Me estás pidiendo una cita? —preguntó divertida y burlona.