Un corazón entre tú y yo (pueblo pequeño) que te acariciará el corazón. (Edentown nº 30) 2 #3
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Sam contuvo el aire. ¿Por qué no le había saludado? ¿Lo estaba ignorando? No podía ser que prefiriera a Frank antes que a él. Le daba igual, trató de convencerse. En cuanto pudiera se iría de su casa y no volvería a verla salvo de manera ocasional.

Incapaz de centrarse en los cuadros que no entendía, sus ojos localizaron a Dexter Campbell, el mecánico al que debía pedir hora para pasar la revisión del coche. Había empezado a hacer ruidos que no le gustaban. Fue a hablar con él.

Alex lo siguió con la mirada.

—Ese es Dexter —le susurró Prue Templeton mientras Frank acaparaba la atención de su hermana Janice—.

Es el mecánico. Su taller está a la entrada de Edentown, frente a la fábrica de galletas.

Está casado con Bronwyn —le señaló a la que le habían dicho que era la dueña del lugar, una mujer preciosa de bonitos ojos claros—.

Vino buscando a su madre y aquí se quedó.

O no, espera. Se quedó aquí porque se le estropeó el coche y luego conoció a Dexter… o algo así.

Alex asintió.

—Parece que todos tenéis vuestra historia de amor —le dijo sonriente—. Me contaron lo del dueño de la pizzería, la de Megan, la de Todd, el de la hamburguesería, la de Carlee cuando Todd la dejó…

—¿Quién no tiene su historia de amor? —le preguntó Prue cargada de ironía—.

Todos o casi todos menos yo. Y Janice tampoco está teniendo mucha suerte.

Y mi hermana Pam… de casualidad, porque Reid es un friki de los ordenadores…

Hasta Chris, el de la ferretería, que es un caso aparte, también se enamoró en las últimas navidades.

O Andrea —señaló a una morena espectacular y deslumbrante.

Alex miraba con atención a quien le señalaba, mientras su cabeza rumiaba algunas de sus palabras.

—¿A qué te refieres con friki de los ordenadores? —. Quizá supiera de inversiones y podría darle algunas clases sobre trading.

—Reid es programador informático, creo. Si tienes alguna duda sobre ese mundillo del que yo no tengo ni idea, puedes preguntarle a él, aunque acaba de ser padre y está todo el tiempo con mi sobrino, Ben.

Te enseño una foto —sonrió enternecida, mostrándole la colección de fotos que tenía del pequeño—.

No es su hijo realmente, pero lo quiere como si lo fuera. Mi hermana lo pasó muy mal.

—Es muy guapo —le respondió con ternura. No sabía si ella tendría hijos algún día. Al paso que iba no sería lo más probable.

—Si te interesan los ordenadores —prosiguió—, hay una tienda cerca de la plaza, del hermano de April, la propietaria del centro de yoga —miró a su alrededor—. No los veo por aquí.

—Bueno… más que los ordenadores, las inversiones online —le comentó sin saber si tendría que explicarle algo más o la miraría justo como la estaba mirando en ese momento.

—¿A eso te dedicas o es solo un hobby? —le preguntó incrédula.

—Más o menos.

Ya había aprendido a no entrar en detalles con personas escépticas en esos temas.

No servía de nada, se desgastaba y acababa por dudar de si hacía o no lo correcto.

Ella no había empezado a invertir y, aunque las formaciones que vendía sobre trading le parecían bastante fiables, como no dependían de ella al 100%, siempre le quedaba una mínima duda.

—Creo que Neal, el de la tienda de informática que te he dicho, invierte y Dave, el marido de Shelby Payne —le señaló a la joven que hacía fotos de la exposición y del ambiente que se había generado—, también.

—Lo mismo hablo con ellos.

—Claro. ¿Qué tal con Frank? —preguntó a Janice que acababa de acercarse a ellas.

Janice entornó los ojos.

—No siento ninguna química con él.

—A veces basta con la física, con la atracción física —le respondió su hermana, burlona.

—No veo que tú la sientas.

—No, con él no, pero Boyd…

Janice elevó los ojos al cielo antes de mirar a Alex.

—¿Conoces a Boyd y a Ian? Son los otros compañeros de Sam.

—No, acabo de conocer a Frank, casi incluso a Sam que no se ha acercado ni a saludar.

—Acércate tú —le propuso Prue—. Si tienes que esperar a que un hombre te diga algo…

—No, gracias. No tengo ningún interés en que ningún hombre me diga nada.

No después de las últimas rupturas amargas que había tenido.

—Pues me acercaré yo —se despidió de ellas antes de dirigirse hacia él.

Janice suspiró.

—Me gustaría poder decir lo mismo —le comentó Janice—, pero yo ya tengo ganas de encontrar a alguien. Me paso la vida vistiendo a novias y preparando bodas y soy incapaz de encontrar un hombre para mí.

Alex le sonrió con cariño.

—Seguro que pronto encontrarás a alguien.

Janice la miró no muy convencida de sus palabras.

—Después quizá nos vayamos al Shamrock, el pub irlandés —le explicó mientras Maud se acercaba a ellas—. Lo llevan cuatro hermanos, a cuál más guapo, pero ya no están disponibles… Las hay con suerte…

—Ya encontrarás un hombre para ti, ya lo verás —la consoló Alex.

—Sí, claro —respondió con una mueca.

—Eh, no desesperes. Mira yo cuánto tarde en encontrarme con Luke.

—Nunca es tarde —le sonrió Janice brindando la copa con ella.

Alex sonrió ante su complicidad. Era bonito tener amigas así. Miró a su alrededor buscando a Sam. Él también la estaba mirando. ¿No iba a saludarla? Pareció volver a prestar atención al mecánico que hablaba con un hombre alto y ancho de espaldas.

Realmente, no le importaba, se repitió ahogando un suspiro y casi un bostezo. Era hora de retirarse si al día siguiente debía levantarse temprano para mantener su rutina. Se despidió de las chicas y salió decidida.

Sam la siguió con la mirada. No se había acercado a él. No le había hecho nada para que no lo hiciera. Podía haberse acercado y… No. No quería saber nada de mujeres, de ninguna mujer, se repitió varias veces.

Alex, satisfecha, se dispuso a hervir agua para el té.

Después de su meditación diaria, la solitaria caminata por el bosque, los estiramientos, y su rutina de ejercicios, daría comienzo a su jornada laboral en cuanto saliera de la ducha.

Miró el reloj. Eran poco más de las siete de la mañana.

Hubiera preferido que fueran las siete en punto, pero quince minutos no se notarían mucho.

¿Se podía pedir más a la vida? Se puso su lista de Spotify para bailar como si no hubiera un mañana y elevar su energía para afrontar el día.

Sam parpadeó incrédulo. ¿Estaba escuchando Walking on Sunshine?

No podía ser. Se dio media vuelta en la cama intentando volver a quedarse dormido.

Instantes después miró la hora En el despertador digital de su mesilla.

¿You belong to me? ¿De verdad? Se cubrió la cabeza con la almohada.

¿A quién se le ocurría poner esas canciones a esas horas?

¿It´s raining men? Podía tener buen gusto musical, pero eso no podía ser. ¿Qué sería lo siguiente?

Se levantó de la cama de un salto y se dirigió a la cocina.

Se detuvo en seco. Ahí estaba Alex con el cabello ondulado y largo, despeinado y suelto, bailando risueña y desinhibida.

¿Cómo se podía tener esa energía si la noche anterior se había marchado de la exposición un poco antes que él y él estaba agotado?

Llevaba ropa deportiva. Un ceñido top y unas estrechas mallas que dejaban totalmente al descubierto su atractiva y sugerente silueta. ¿Dormía con esa ropa?

Sin mediar palabra, entró y tocó la pantalla de su móvil para detener la música.

Alex se detuvo sobresaltada nada más verlo. Contuvo la respiración al fijarse en su malhumorado semblante y su atractivo aspecto desaliñado.

—¿Te he despertado? Lo siento. No era mi intención.

—No se puede poner música antes de las diez —farfulló ignorándola y volviendo a salir de la cocina.

Alex asintió resignada. ¿Era norma de él o de Helga? Quizá la había molestado a ella también. No lo había pensado. Tendría que utilizar los cascos. Cerró la aplicación del móvil.