2 #2
Mientras se lo preparaba no dejaba de mirar la cazuela.
No tenía nada que ver el plato que se estaba preparando con lo que Alex había cocinado.
Pero estaba bien, se recriminó. Desde que se había independizado, hacía varios años, subsistía a base de carnes y pescados a la plancha, arroz y pasta cocida con un poco de tomate. Básico, sí, pero no necesitaba más.
¿A quién quería engañar? No se había preocupado en aprender a cocinar y no lo había echado en falta.
No necesitaba que llegara una mujer a recordarle que se podía comer mejor.
Él ya lo sabía. Además, no le compensaba si luego tenía que lavar más platos.
Debía recordarle que recogiera la fregadera, se recordó malhumorado.
Volvió a su dormitorio para decírselo. Seguía hablando. Era una mujer, se recordó con ironía mientras regresaba a comer su insípida, pero sanísima, comida.
Alex colgó el teléfono. No parecía que se le hubiera dado tan mal.
Había conseguido cinco leads cualificados de las veinticinco llamadas que había hecho.
Con un poco de suerte, uno de ellos compraría alguno de los programas cuando salieran a la venta.
Le gustaba el trabajo comercial, podía realizarlo desde cualquier lugar y, más o menos, se podía organizar la agenda a su antojo.
Pero, sobre todo, podía ganar mucho dinero.
Las hospitalizaciones, los medicamentos y haberse dedicado exclusivamente a su abuela esos últimos dos años habían casi vaciado su cuenta. Menos mal que le gustaba vender, se le daba bien y había encontrado esa oportunidad. Volvería a cobrar tanto dinero como siempre había hecho, estaba convencida.
Todo era cuestión de energía, tiempo y constancia, se animó. Bueno, también debía aprender de lo que hablaba, trading, antes de que los leads perdieran la confianza en ella.
Aprendería. Solo debía sacar tiempo para ello, ver varios videos en YouTube sobre eso, leerse algún libro y empezar a practicar con una cuenta demo. Sonrió satisfecha. Todo estaba bajo control.
Era el momento de empezar a arreglarse. Le hacía mucha ilusión conocer a Nora Reaves, y a las mujeres que habría en la presentación. Si eran como Gwen o Carolyn, serían encantadoras.
Llamaron a la puerta de su dormitorio. Sam. Casi se había olvidado de él.
—Dime —le dijo mientras sacaba de una mochila el neceser.
Sam abrió la puerta. Le sorprendió verla con unas gafas que no tardó en quitarse y dejarlas junto a su ordenador.
—Te pediría por favor, que lavaras los platos en cuanto termines. No podemos dejarlos en la fregadera.
Se fijó en las flores que había en un rincón de la cómoda. ¿Quién se las había regalado? ¿Tenía novio? ¿Y qué hacía viviendo con un hombre?
—Ah, sí, disculpa. Lo recogeré antes de irme.
—¿Antes de irte? ¿Por qué no ahora?
Alex ahogó una sonrisa. Impaciente y quisquilloso, pensó.
—Voy a arreglarme. Te aseguro que lo recogeré antes de irme y no volverá a pasar.
—Ya… —respondió desconfiado. Desordenada y testaruda. No sería fácil vivir con ella. A ver si Megan le encontraba pronto otro lugar.
Alex se acercó a él decidida y sin darle tiempo a que se retirara de la puerta pasó por su lado, para dirigirse al cuarto de baño.
Sam contuvo la respiración. Por un momento le había parecido que iba hacia él con no sabía qué intenciones.
Era preciosa… El hombro de Alex rozó el pecho de Sam. ¡Qué bien olía!
Alex siguió caminando como si no existiera.
Se metió en el cuarto de baño y soltó el aire que había estado conteniendo.
Era demasiado atractivo. Su corazón se había agitado ante el roce, ante su olor, ante lo bien que le quedaba esa camiseta oscura que llevaba puesta.
Solo era un hombre, se recordó. Y ella hacía mucho que no salía con nadie y no tenía ningún interés en volver a hacerlo.
Se daría una ducha rápida y se maquillaría ligeramente. Poco después, cuando se vio bien ante el espejo, salió decidida con una sonrisa. Se pondría el vestido de florecillas que todavía tenía en la maleta.
Sam salía de su dormitorio con la mochila del gimnasio a la espalda cuando se quedó sin habla. Parpadeó incrédulo. ¿Se había atrevido a salir del baño solo con una toalla? ¿Qué pretendía? ¿Volverlo loco?
—Por favor, ¿podrías vestirte en el baño?
Alex se detuvo junto a la puerta de su dormitorio.
—¿Por qué?
—¿Por qué no?
—Porque tengo la ropa en la habitación.
—Llévatela al baño. Pareces olvidar que soy un hombre.
Ella parpadeó extrañada. No era algo que hubiera pensado. Un hombre malhumorado y por lo visto demasiado sensible porque todo le molestaba. Si en la que era su casa no podía hacer lo que le daba la gana, no sabía qué hacía allí. Ah, sí, esperar otro piso en alquiler.
—Bien, de acuerdo —aceptó resignada antes de cerrar la puerta a su espalda.
Sam resopló. Seguro que si entraba en el cuarto de baño… Tal y como esperaba… y no sabía si mejor o peor. Además de varios botes, pasadores y cepillos, olía a flores frescas y un montón de cosas más, pero el calor retenido casi le impedía respirar.
—Recoge el cuarto de baño antes de irte, por favor.
Alex asomó la cabeza por la puerta.
—Acabo de salir. No me ha dado tiempo.
—Tendrías que haber recogido antes de salir.
—Me quería vestir.
—Excusas. Si yo necesitara entrar…
—Entra —le respondió volviendo a cerrar la puerta para seguir arreglándose.
—No se puede. Tienes todo por medio.
Alex resopló resignada. Prefirió ignorarlo. Claro que pensaba recoger. El baño y la cocina, se recordó sin darle mayor importancia. Ese chico no sabía convivir, estaba claro.
La biblioteca estaba más llena de lo que Alex había imaginado.
Miraba a su alrededor con los ojos brillantes.
Tantas mujeres de diferentes edades por todas partes.
Ocupaban las sillas, los pequeños sillones junto a las ventanas e incluso los rincones donde se habían colocado unas cuantas sillas plegables de más.
El murmullo de las conversaciones llenaba la sala.
A su abuela le hubiera encantado estar allí.
—Has venido —le sonrió Gwen acercándose a ella—. Ven, te presentaré a las chicas.
Alex lo agradeció. En un momento tenía tal colección de nombres en la cabeza que, pese a que se le daba bien recordarlos, los iba olvidando conforme los escuchaba.
Le presentaron incluso a Nora Reaves, como una más de ellas. No se podía creer que estuviera hablando con la escritora que había aliviado sus horas más oscuras.
—¡Alex! Hola, cariño —la llamó Helga agitando una mano desde la tercera fila.
Llevaba un pañuelo estampado al cuello y una expresión de absoluta satisfacción. Estaba acompañada por varias mujeres de edad similar que hablaban animadas entre ellas.
—¿Conoces a Helga? —le preguntó una joven de cabello castaño y traje de chaqueta de la que había olvidado el nombre.
—Sí, vive en el piso de abajo.
—¿En el piso de abajo? ¿Dónde vives? Hasta donde yo sé, Sam vive en el piso de encima de Helga.
—Sí, vivo con Sam —le explicó.
—¿Cómo es que vives con él? ¿Eres su novia? Nunca ha hablado de ti.
—Tampoco has hablado tanto con él —la corrigió un joven de cabello rubio. Ella se llamaba Maud, recordó.
—Porque no ha querido. Tiene un problema con las mujeres, pero supongo que lo sabrás si eres su amiga.
—Acabo de conocerlo. Tuvimos una confusión con los nombres, pero hasta que la mujer de la inmobiliaria encuentre otro lugar compartiremos piso.
—¿Megan Saint James? Está ahí.
Alex se fijó en la mujer pelirroja de cabello largo y rizado que hablaba con la que debía ser la bibliotecaria, una mujer muy guapa y con los labios pintados de rojo.
Se disculpó con ellas y fue a presentarse mientras daba vueltas a las últimas palabras de la joven. ¿Qué problemas con las mujeres tendría Sam?
Cuando comenzó la presentación, Alex ocupó el sitio que Gwen le había reservado. Se encontró sonriendo. Había llegado pensando que estaría allí como una extraña sentada entre desconocidas y, sin embargo, se sentía como una más.
Helga le pasó discretamente un caramelo durante la charla, como vio que hizo con otras jóvenes más. Lo aceptó con una sonrisa.
Sí, había hecho bien en mudarse allí.
Esa noche, Sam entró distraído a la exposición de pintura con Frank, el compañero que, como él, libraba esa noche. El suelo de madera y la luz de las lámparas, discretas y cálidas, que caían sobre las paredes blancas le daban siempre la sensación de pulcritud y calma que tanto le gustaba.
Manchas de color, trazos negros, rojos profundos, azules imposibles y formas que parecían cambiar dependiendo de cuánto tiempo se las mirara. Jamás entendería esos cuadros abstractos se dijo convencido mirando la primera obra expuesta.
—¿Esa quién es? —preguntó Frank dándole un ligero codazo—. Yo la vi primero.
Sam miró hacia donde le señalaba.
Prue, Janice, Pam… Megan, Jane, Laurel… Conocían a todas. ¡Ah, no! Su compañera de piso… y estaba preciosa con un vaporoso vestido de pequeñas flores. Sonreía y hablaba con las demás chicas como si las conociera desde hacía tiempo, pese a que acababa de llegar.
—Alex.
—¿Alex? —meditó por unos segundos—. ¿Tu Alex?
Sam se encogió de hombros como confirmación. No era suya, desde luego, pero él sí que la había visto primero, pensó con cierta satisfacción.
—Preséntamela.
—Ni hablar.
—Preséntamela, vamos.
—No. Si quieres algo, te presentas tú.
—De acuerdo —aceptó con arrogancia dirigiéndose hacia ella.
Sam los miró con curiosidad. Alex le sonrió educada cuando él le dijo unas palabras. Acto seguido ambos le miraron a la vez. ¿Qué había hecho Frank? ¿Decir que iba de su parte?
Alex miró a Sam. ¿Por qué no había ido a saludarla?
Sabía que no conocía a nadie allí. Podía haberle presentado a alguien, aunque, realmente, no lo necesitaba.
Después de la biblioteca, varias chicas, entre las que se había incluido, se habían ido a cenar a una hamburguesería en la hamburguesería de la plaza y lo había pasado realmente bien.
Desvió la mirada sin una mínima sonrisa. Ella no iba a saludarle si primero no lo hacía él. La había visto antes, le correspondía a él hacerlo y lo hubiera hecho si hubiera querido. No le importaba, se dijo tomando un sorbo de su copa de vino. Estaba disfrutando del momento.