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Más bien una broma del Universo, se dijo.
—Y no todas son iguales —le recordó Ian.
Sam le respondió con una mueca. No quería más relaciones. Realmente no quería saber nada de ninguna mujer. Dos años desde su separación de Margaret, cuatro desde la de Mía, siete desde la de Jessi… Tres de tres que habían acabado por infidelidades por parte de ellas.
Quizá dedicara mucho tiempo a su trabajo, aunque lo dudaba. Quizá a veces era frío o la convivencia con él no fuera fácil, algo que también dudaba. De cualquier manera, había tenido suficiente. No quería saber nada de ninguna mujer durante una larguísima temporada.
Todo era aún mejor de lo que esperaba. Alex sonrió mirando al cielo.
Su abuela estaría orgullosa de ella. Habían visto juntas el programa como todas las navidades, habían hecho planes para irse a vivir allí, pero la enfermedad había atacado cruel, obstinada y desgarradora, y habían optado por quedarse en la ciudad, entre pruebas médicas y hospitales.
Su abuela ya no estaba. Ya no podía acompañarla en esa aventura, pero la sentía cerca y sabía que la cuidaba y la sostenía como siempre había hecho.
Era quien la había criado tras el fallecimiento de sus padres en un accidente de tráfico.
Se había quedado totalmente sola, sin familia.
Nada ni nadie la ataba a ningún sitio. Pero en ese lugar, presentía que encontraría la paz y el significado de un nuevo hogar.
Alex se detuvo al borde del camino y una sonrisa que le nacía del alma se dibujó en su rostro.
La pradera que se abría frente a ella estaba cubierta de un manto de hierba salpicado de pequeñas flores silvestres de color amarillo.
El aire olía a tierra húmeda, a hierba recién calentada por el sol y a algo dulce que Alex no supo identificar.
El lago se extendía un poco más allá, como un enorme espejo en mitad del paisaje. Reflejaba el cielo otoñal, las nubes dispersas y la hilera de los árboles que lo rodeaban con sus hojas ocres, cobres y amarillas.
Un ligero pellizco en su corazón le hizo apretar los labios. A su abuela le habría encantado esa belleza sencilla y serena. Respiró profundamente. Sentía que estaba allí con ella. Se adentró en la pradera, dispuesta a pasearla y a disfrutar de sus cálidos colores.
Poco después, con sus pensamientos y su alma envueltos en una reconfortante serenidad, dirigió sus pasos hacia la cafetería. Se comería un cupcake en honor a su abuela y volvería a su nuevo hogar, frente al ordenador. Debía empezar a trabajar y a ponerse al día sobre Trading.
Trading, suspiró. No tenía ni idea al respecto, pero había conseguido ese trabajo como closer de ventas y no había dudado de que sería capaz de hacerlo bien.
Aprendería lo que fuera necesario. Podía trabajar desde casa, organizarse el tiempo a su manera y si vendía los packs establecidos, le pagarían considerablemente bien.
Conforme entró por la puerta de la cafetería, el corazón se le aceleró haciéndola sonreír.
Dentro olía a café recién molido, canela y bizcocho de manzana.
Las paredes estaban pintadas en color crema, decoradas con guirnaldas otoñales.
Había pequeñas mesas de madera en color blanco, algunas junto a las ventanas.
Ahí estaba la concursante que había conocido por televisión.
Era más guapa en la realidad, con su cabello y ojos oscuros, y su sonrisa era más alegre.
—¿Qué quieres tomar?
—Un café con leche y un cupcake… De esos de chocolate con glaseado naranja. Te vi en el concurso.
Carolyn Winter sonrió con cariño mientras se lo servía.
—Ya hace tiempo de eso.
—Un poco. Te veía con mi abuela. Dime que te casaste con el hombre con el que participaste, con Owen.
Carolyn asintió con una sonrisa.
—Sí.
—Lo sabía. Mi abuela y yo lo adivinamos en cuanto vimos cómo te cuidó cuando te quemaste y las miradas que te echaba cuando creía que no le estaban enfocando.
Carolyn sonrió con cariño.
—¿Y dónde está tu abuela? ¿Ha venido contigo?
—No —tomó asiento en la barra frente a ella—. Murió hace un par de meses.
—Vaya, lo siento
—Gracias. Nos gustó este lugar y pensábamos venir juntas. No pudo ser. Así que vine yo sola, pero tal y como lo planeamos.
—¿Te has instalado aquí?
—Sí. En casa de Sam. Samuel. Me dijo por wasap que era sanitario. No sé si hay muchos sanitarios por aquí.
—Cuatro.
—Pues uno de ellos.
—Sé quién es. Ya lleva un tiempo en Edentown. ¿Os conocíais de antes?
—No. Creí que era Samantha, no Samuel, pero ya he venido y no me voy a ir —dio un mordisco al cupcake que le hizo entornar los ojos—. Qué bueno está. Mejor de lo que podía imaginar.
—Gracias. Me alegro de que te guste. Toma nota: los jueves se inauguran exposiciones en la sala que hay frente a la pizzería. Es una buena oportunidad para conocer gente. Y esta tarde en la biblioteca, la escritora Nora Reaves presenta su última novela.
—¡¿De verdad?! —exclamó con una sonrisa—. Me gusta mucho. No me he leído todos sus libros, pero sí unos cuantos.
—Vive aquí.
Alex sonrió sorprendida. Edentown era aún mejor de lo que esperaba. Su corazón parecía llenarse de una alegría que llevaba tiempo sin sentir. Allí iba a estar bien, le aseguró a su abuela, convencida.
Carolyn la dejó sola para atender a una pareja que acababa de entrar.
Alex terminó su café y tras unos breves instantes disfrutando del lugar, salió satisfecha. Debería empezar a trabajar y más si esa tarde se acercaba a la presentación de la novela. Solo se entretendría un poquito más… ¡Una floristería! Se detuvo en el escaparate.
Detrás del cristal, ramos de flores descansaban sobre una antigua mesa de madera, algunos envueltos en papel Kraft, atados con delicadas cintas de rafia.
Había rosas de un rosa empolvado, margaritas blancas, peonías abiertas como pequeños cuencos de seda y ramitas de eucalipto que trepaban entre ellas, llenándolo todo de distintos tonos de verde.
Entre los ramos había pequeñas figuras de setas, ardillas y piñas naturales de diferentes tamaños. Una guirnalda de diminutas luces cálidas recorría el borde interior del escaparate. Parecía anunciar el principio del otoño, dulce y acogedor.
Alex se quedó unos instantes frente al cristal. Todo parecía llamarla a gritos. Unas margaritas, decidió. Sin duda, animarían su dormitorio.
Entró y esperó su turno. La atendió una joven rubia de aspecto angelical.
—¿En qué puedo ayudarte?
—Quería un ramo de margaritas.
—Sí, claro. ¿Estas blancas te parecen bien? —le preguntó mostrándole un ramo ya preparado.
—Son perfectas —respondió mirando a su alrededor. No lo recordaba muy bien, pero le había parecido que no había macetas en casa. Se aseguraría primero.
—No te conozco. ¿Estás de paso por aquí?
—No. He venido a quedarme — confirmó sintiéndose segura con su decisión.
—¿Sí? Bienvenida a Edentown. Este lugar te gustará.
—No lo dudo en absoluto —sonrió convencida.
—Esta tarde en la biblioteca, Nora Reaves presenta su nueva novela. Si te acercas, puedo presentarte a alguien.
—Me lo ha dicho Carolyn, la chica de la cafetería.
Gwen asintió mientras le cobraba.
—Sí, Carolyn. Yo soy Gwen. Mi marido es Hudson, el dueño del gimnasio que hay cerca de la plaza. La biblioteca está al final de esta calle. Nos vemos esta tarde.
—Sí, claro, por supuesto. Me llamo Alex. Gracias.
Alex salió con una sonrisa radiante. Un pequeño pellizco de nostalgia la sorprendió.
Hubiera querido que su abuela estuviera allí.
Le hubiera gustado ese lugar, esa gente, o por lo menos saber que ella no estaba sola.
Lo sabría, seguro, se corrigió. Era lo que más le preocupaba a su abuela: que no tenía familia ni apenas amigos tras esos dos últimos años dedicada a ella y sus cuidados casi de manera absoluta.
Ahora no estoy sola, le dijo a su abuela. Ahora pertenezco a una comunidad, a un lugar bonito con un lago, una cafetería con los cupakes más buenos que había probado y ¡vaya! una bonita tienda de regalos. Se detuvo al ver el escaparate junto al que pasaba.
Estaba decorado acorde con aquella época del año.
Entre luces cálidas y delicadas guirnaldas de hojas y piñas, había pequeñas cajas de madera, velas perfumadas, tazas de porcelana con frases motivadoras y ramilletes de flores secas en tonos crema, mostaza y terracota.
Unas diminutas calabazas decorativas celebraban la llegada del otoño.
Alex se acercó un poco más al cristal.
En el centro había una pequeña caja de música. Era de madera clara y tenía grabada una pareja bailando bajo un árbol. Al lado, cuidadosamente colocado sobre un cojín de terciopelo, descansaba un colgante de plata con forma de corazón.
Ahogó un suspiro. Era muy bonito. Más le valdría que comprara algo para comer, fuera a casa y empezara a trabajar, por lo menos, un poco.
Sam salió del trabajo en el centro médico tras acabar su turno.
Había sido una jornada tranquila. Alguna caída aparatosa, y un par de traslados al hospital del pueblo cercano.
Comería algo, descansaría un poco y pasaría la tarde en el gimnasio.
Llegó a casa, con una sensación extraña.
Alex estaría por allí. No la vio, pero al pasar por la puerta de su dormitorio la escuchó hablando por teléfono.
Se dio una ducha rápida y entró en la cocina.
Hizo una mueca al ver en el fregadero los platos que había utilizado Alex.
Tendría que decirle que los lavara inmediatamente después de cada comida.
No quería una pila de platos amontonándose.
Hasta la cazuela estaba sobre la vitrocerámica.
Levantó la tapa. ¿Estofado de carne? Olía de maravilla.
Miró hacia la puerta. Si lo probaba no se enteraría.
Sacó una cuchara del cajón. Se relamió incluso antes de probarlo. Después también. Parecía uno de los guisos de su madre o su abuela. Volvió a comer un trozo, disfrutando del bocado. Pero no era su comida, se recordó a regañadientes.
Abrió la nevera. Las dos bandejas que había dejado para ella estaban llenas, pero la mitad de una de las suyas, también. No era necesario que comprara tanta fruta y verdura, se dijo. Todo estaba a un paso. Podía ir comprando conforme lo necesitara. Tendría que decírselo.
Fue hacia su habitación. Seguía hablando por teléfono.
Regresó a la cocina. Se haría un filete a la plancha y un poco de arroz.