Un corazón entre tú y yo (pueblo pequeño) que te acariciará el corazón. (Edentown nº 30) 1 #2
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Iba a ser muy feliz allí. Lo presentía. Se levantó decidida.

Abrió la maleta. Debería deshacerla. La ropa se le arrugaría y tendría que plancharla, pero estaba deseando dar un paseo por Edentown y comerse un cupcake de los que había visto en ese programa.

Cuestión de prioridades, primero, el cupcake, decidió guardando las llaves en su bolso y saliendo, decidida, por la puerta. No quería perder ni un minuto más.

Bajó las escaleras, satisfecha. Trabajaría en cuanto regresara de … La puerta del piso de abajo se abrió cuando pasó por ella. Dio un pequeño respingo.

La mujer que apareció al otro lado era alta. Muy alta. Llevaba el pelo rubio casi blanquecino muy corto y una bata azul marino con lunares sobre un jersey de color azul claro. En una mano sostenía una taza de café y en la otra un teléfono móvil.

—Buenos días —sonrió Alex dispuesta a seguir su camino.

—Eso depende —contestó Helga, mirándola de arriba abajo con una rapidez descarada—. Sam ya se ha ido a trabajar y a ti no te tengo vista… No suele ir con mujeres ¿Quién eres?

Alex la miró sorprendida ante su descaro.

—Soy su compañera de piso.

Helga dio un sorbo a su café.

—Explícame eso. Sam me dijo que pensaba alquilar la habitación a alguien. Pensé que sería a alguno de los chicos. Tantos hombres juntos en una casa no es buena idea. Pero tú no eres de aquí ni eres un chico.

Alex arqueó una ceja confundida ¿Le debía dar explicaciones?

—Acabo de llegar…

—¿Quieres un café?

—Iba a por un cupcake…

—La cafetería seguirá abierta dentro de un momento y no querrás que una pobre anciana como yo tome el café sola y triste en mi apartamento. ¿Cómo te llamas? Ya que vives en mi piso debería saberlo —le indicó abriéndole la puerta para que entrara.

Alex titubeó por unos instantes. Ni parecía una anciana, ni que fuera a tomarse el café triste y sola. ¿No debería haberle hablado Sam sobre ella?

—Me llamo Alex, Alexandra —se presentó aceptando la invitación sin mucho convencimiento.

—Es un nombre bonito. Yo me llamo Helga. ¿Estás soltera? ¿Cómo te gusta el café?

—Con leche.

La siguió hasta una cocina amplia, antigua y sorprendentemente acogedora.

Los muebles, de madera oscura, parecían haber conocido tiempos mejores y sobre la encimera había frascos de cristal perfectamente etiquetados: harina, azúcar, café, arroz, canela y una gran cantidad de botecitos de especias en una estantería apropiada para ellos.

La nevera estaba cubierta de imanes de diferentes lugares del mundo. Había postales de lugares típicos de Alemania, un pequeño calendario, y una nota escrita con rotulador que debía ser la lista de la compra.

La mesa de la cocina era redonda, de madera oscura, con cuatro sillas diferentes entre sí. Sobre ella había una modesta bandeja de mimbre sobre la que había dispuestas figuras de calabazas de diferentes tamaños, piñas y nueces, dando a la estancia un encantador toque otoñal.

Junto a la ventana, una maceta de albahaca luchaba heroicamente por sobrevivir.

—¿Es usted la propietaria del piso de Sam?

—Sí. El piso era para uno de mis hijos, pero están viajando por el mundo —le señaló los imanes de la nevera—.

Trabajo, ya sabes. Lo tenía vacío y como esto se ha llenado de sanitarios, pensé ¿qué mejor que tener uno de los chicos, así los llamamos, cerca por si me pasa algo?

Así que se lo alquilé a Sam. Me dijo que lo cuidaría y es muy responsable.

Alex asintió. Saberlo era un alivio, pensó. Y tener cerca a alguien como Helga, por si ocurría cualquier cosa, también. A fin de cuentas, ella no conocía a Sam… ni a nadie por allí.

—Creí que serías una exnovia de Sam. Nunca trae mujeres. Te iba a echar la bronca.

—¿Por qué?

—Porque no se puede tratar así a nadie. Me han llegado rumores. Sam no sabe que lo sé. Da igual, cariño. Es un buen chico que es lo que importa.

Alex asintió. Saberlo le tranquilizaba. Helga sacó una caja de galletas ya empezada.

—Estas galletas son de Carolyn. La fábrica está a la entrada de Edentown.

—Olía muy bien cuando llegué —. Escogió una con trocitos de chocolate.

—Sí… Ese concurso les cambió la vida.

—¿El concurso de cupcakes? Vine por él.

Helga volvió a beber un sorbo de café antes de dedicarle una sonrisa expectante y amable.

Alex sonrió. No sabía por qué, quizá porque estaba predispuesta a ello, aquella mujer le cayó bien.

El vestuario olía a café recién hecho y a desinfectante. Sam estaba frente a su taquilla, con la puerta metálica abierta, acomodando la ropa que había sustituido por el uniforme.

Sobre el banco, junto a sus botas, descansaba una botella de agua a medio terminar.

El cambio de guardia estaba a punto de empezar y Frank, para no variar, aún no había llegado.

El golpe seco de su puerta metálica resonó por el vestuario cuando los dos compañeros que terminaban su turno, entraban hablando entre ellos.

—Eh, hoy llegaba tu compañero de piso, ¿no? —preguntó el más alto de ellos, con el cabello alborotado.

Sam elevó los ojos al cielo. ¿Cuánto tardarían en presentarse por casa para conocerla?

Una mujer nueva en Edentown, guapa y soltera, era una tentación demasiado grande.

Porque estaba soltera ¿verdad? No se lo había preguntado, pero ningún hombre en su sano juicio estaría de acuerdo en que su bonita novia se mudara sola a un lugar que no conocía y con un hombre al que nunca había visto.

—Compañera.

Bonita, atractiva, impulsiva, confiada e inconsciente, la definió en silencio.

¿A quién se le ocurría compartir un piso con un hombre desconocido?

Él no tenía antecedentes, pero podía tenerlos.

Podía haberle mentido en las conversaciones que habían mantenido por WhasApp.

Podía ser, incluso, un asesino en serie.

Pero parecía empeñada en quedarse allí y a esas alturas ya había aprendido que cuando a una mujer se le mete algo en la cabeza, no para hasta que lo consigue. Por lo menos había llegado hasta él. A saber qué podría haberle pasado si hubiera acabado en otro lugar. Inconsciente, confirmó.

Boyd e Ian lo estaban mirando expectantes.

—¿Qué quieres decir con compañera? —preguntó Boyd, incrédulo. Sus ojos oscuros empezaron a brillar divertidos.

—Alex es Alexandra. Pero le he dicho que no puede quedarse conmigo.

—¿Por qué no? —preguntó Ian, con picardía—. Tienes una habitación vacía.

—Es una mujer.

—¿Y qué? Si es guapa…

—No quiero saber nada de mujeres.

—Nosotros sí —le recordó Boyd.

—Eso lo dices ahora —le dijo Ian a la vez—. ¿No dijiste que ya habían pasado un par de años desde tu separación?

—Sí, ya he aprendido la lección. No más relaciones —confirmó Sam.

—No digas tonterías. Es una mujer sola, en tu casa —insistió Boyd—. Eso es un regalo de la vida.