Un corazón entre tú y yo (pueblo pequeño) que te acariciará el corazón. (Edentown nº 30)
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¿Para qué esperar a que llegara la chica a la que le había alquilado la habitación?
Seguro que había una llave debajo del felpudo.
Alexandra Seaton se agachó, lo comprobó y sonrió victoriosa.
Ahí estaba. Cientos de mariposas revoloteaban en su estómago.
La metió en la cerradura conteniendo la respiración.
Abrió sin problema. Estaba deseando dejar la maleta y salir a recorrer ese lugar con el que llevaba tanto tiempo soñando.
Ya era una realidad. Estaba allí, viviría allí y allí se permitiría, por un día, y sin que sirviera de precedente, empezar a trabajar más tarde.
Entró con una sonrisa dibujada en su bonito rostro. Era aún más especial de lo que pensaba que sería. El suelo de madera clara recorría el apartamento, cálido bajo sus pies, y las paredes blancas estaban prácticamente desnudas, salvo por algún cuadro de líneas sencillas y tonos suaves.
Aparcó su maleta en medio de la puerta y se dirigió a la sala de estar.
Era amplia y luminosa, con un sofá de color crema frente a una mesa baja de madera natural.
Junto a los ventanales había un sillón de líneas redondeadas y una pequeña lámpara de pie, el rincón perfecto para leer en las tardes de otoño e invierno.
Era fácil imaginarse allí, arropada con su manta de cuadros, sonrió satisfecha.
Se giró extrañada cuando escuchó que la puerta se abría. Samantha no le había respondido el mensaje en el que le había avisado de que ya había llegado. Había supuesto que estaría trabajando. Se sorprendería de verla.
Samuel Walsh entraba distraído y sudoroso después de su carrera diaria. Se estaba quitando los auriculares cuando tropezó con una maleta rosa en la que no se había fijado. Trastabilló extrañado y miró sorprendido hacia la bonita joven que se dirigía hacia él, con los brazos en jarras.
—¿No sabes llamar a la puerta? ¿Qué haces aquí?
Solo faltaría que su desconocida compañera de piso tuviera un novio, bastante atractivo, pese a estar sudado, y pudiera entrar y salir a su libre disposición.
—¿Yo? ¿Quién eres tú y cómo has entrado?
—Con la llave de debajo del felpudo.
Sam hizo una mueca. ¿Era tan obvio que pudiera guardar una copia allí? No volvería a dejarla.
—¿Y eres? —insistió con el ceño fruncido pasándose una mano por su castaño y desordenado cabello.
Alex se cruzó de brazos. No parecía que fuera un peligro, pero Samantha podía habérselo dicho o haberle alquilado la habitación a él. Miró a su alrededor. No le iba a dar explicaciones.
—¿Dónde está Samantha?
—¿Qué Samantha?
—Tu novia. Me está esperando. Me ha alquilado una habitación.
Sam parpadeó perplejo. No podía ser.
—¿Tú eres Alex? ¿Alex de Alexia o Alexandra?
—Sí. Alexandra.
Alex lo vio hacer una mueca y entrar en la sala de estar negando con la cabeza.
—¿Dónde vas? ¿Dónde está Samantha?
—Samantha, no. Sam de Samuel.
Tenía que haber hecho caso a sus compañeros y haberle encargado la búsqueda de compañero de piso a Megan Saint James, la dueña de la inmobiliaria local.
—¿Cómo dices? —preguntó incrédula.
—Ha habido un error. Creí que eras Alexander no Alexandra.
—¿Y por qué creíste eso?
—De la misma manera que tú pensaste que yo era Samantha y no Samuel. ¿No estaba mi nombre completo en el contrato?
—Tu firma decía claramente Sam.
Alex se mantuvo en su argumento. En la foto de su perfil de WhatsApp tenía una puesta de sol sobre el lago que estaba deseando ver y que daba nombre al lugar.
Había creído que era una chica, no sabía por qué.
Y no le iba a reconocer que no se había puesto las gafas para leer el contrato.
Solo pensaba en firmarlo y en mudarse allí cuanto antes.
—Ya lo siento… —se disculpó Sam pasando por su lado y dirigiéndose a la cocina.
Alex le siguió confundida. La cocina era sencilla, moderna y cómoda.
Los muebles blancos, de líneas lisas, combinaban con una encimera de madera clara que aportaba un poco de calidez al conjunto.
Había una amplia ventana sobre el fregadero y en una esquina, una cafetera esperaba sobre la encimera junto a un cuenco con algunas frutas.
—Espera —. Lo vio colocar una cápsula de café en la cafetera—. ¿Me estás diciendo que voy a compartir el piso contigo?
—No, no —la corrigió él. Necesitaba urgentemente otra dosis de cafeína—. Te estoy pidiendo disculpas. Puedes hablar con la dueña de la inmobiliaria. Ella podrá encontrarte otra cosa.
—¿Me estás echando? Te he pagado seis meses por adelantado.
—Te devolveré el dinero, desde luego.
—No. Yo quiero quedarme aquí.
—Aquí vivo yo —le señaló mirándola con seriedad.
Ese gesto firme y malhumorado no la iba a amedrentar.
—Me da igual. No voy a irme de Edentown.
—Pues no te vayas, pero no vas a vivir conmigo.
Alex apretó los labios. Tenía razón. No quería vivir con él. Había aceptado compartir piso con una chica porque era la primera propiedad en alquiler que le había mostrado el portal inmobiliario de la zona, al que se había apuntado hacía tanto tiempo.
Le había parecido un sueño hecho realidad.
Soñaba con ese lugar y con el lago Eden desde que su abuela y ella habían visto, unas Navidades atrás, un concurso de cupcakes.
Habían hecho un pequeño reportaje a los participantes y el lugar en el que vivía una de las parejas les había parecido tan encantador como ellos.
Habían pensado en mudarse allí, pero, a esas alturas, su abuela se encontraba débil de salud y tenían que acudir con mucha frecuencia al hospital.
Ya no estaba su abuela, ni nadie que la esperara en ningún sitio, así que había decidido mudarse allí, sola, y empezar de nuevo tal y como habían planeado juntas que lo harían.
Miró a su alrededor, decepcionada. Le había gustado aquel apartamento.
—¿Tienes el teléfono de la dueña de la inmobiliaria?
—Puedo conseguirlo —asintió tomando su móvil para enviar un mensaje a uno de los chicos. Seguro que alguno de sus compañeros lo tenía o conocía a alguien que lo tuviera.
La miró de reojo. Parecía tan contrariada como él. Era rubia, de cabello largo y ondulado y bastante bonita. Sus ojos verdes parecían decepcionados. Miró el apartamento. Realmente era espacioso y amplio. A él tampoco le hubiera gustado tener que salir de él.
Alex apoyó la cadera en la encimera. No podía hacer nada más que esperar, hablar con esa mujer de la inmobiliaria y rezar para que hubiera un piso en alquiler en aquel lugar a un precio razonable o asequible.
Ahogó un suspiro. Tenía claro que encontraría una solución, pero no le gustaba tener que posponer su paseo por el lago o su visita a la cafetería de la ganadora del concurso.
Poco después, Alex colgó su teléfono apretando los labios.
No había ningún piso de alquiler en ese momento en Edentown.
Megan, que había resultado encantadora, la avisaría en cuanto apareciera una oportunidad.
Vio salir a Sam del que debía ser el cuarto de baño, porque tenía todo el aspecto de haber salido de la ducha, con el pelo mojado y oliendo a una colonia que no supo identificar.
Sus ojos verdes resaltaban con su cabello castaño. Era guapo, había que reconocerlo.
Sam se detuvo al ver que Alex lo estaba mirando. Ya había colgado la llamada con Megan, que había empezado cuando él había entrado a ducharse.
—¿Y bien?
—No hay nada en alquiler. Me avisará cuando aparezca algo.
—Siento el viaje hasta aquí.
Alex contuvo una sonrisa irónica.
—No pienso irme. Esperaré hasta que Megan me llame.
—¿Dónde vas a quedarte? Hay un hotel a la entrada de Ed…
—Aquí. Te he pagado seis meses. Supongo que saldrá algo antes.
—Ya te he dicho que aquí no podías quedarte.
—Buscabas un compañero de piso. Pues ya lo tienes. Ya lo habíamos hablado. Sigo sin fumar, sin beber y sin celebrar fiestas.
—Eres una mujer.
—Sí, lo sé —le respondió con ironía.
—No podemos vivir juntos.
—Sí, claro que sí —decidió dirigiéndose hacia su equipaje—. Enséñame el piso. Voy a deshacer la maleta.
—¿Para qué la vas a deshacer? Megan te encontrará algo.
—Hasta que lo haga pienso utilizar la habitación por la que he pagado.
Sam resopló molesto. Eso le pasaba por haberlo gestionado todo él. Tenía que haber hecho caso a sus compañeros.
—¿No sería mejor que volvieras a tu casa?
—No, porque ya no la tengo. Vivía de alquiler y avisé de que lo dejaba cuando firmé tu contrato. Recogí mis cosas y llegarán aquí en un par de días.
—¿Tus cosas?
—Sí, unas cuantas.
—El piso ya está amueblado.
—Supongo que podría haber venido solo con la maleta, pero tengo cosas, recuerdos, libros que no quería dejar atrás.
—No hay sitio.
—No te preocupes que no lo dejaré en medio.
Sam apoyó las manos en las caderas, soltando el aire con resignación.
No había manera de echar a Alex de casa.
La miró decepcionado. Desde luego que no era lo que esperaba.
Una mujer joven y bonita bajo su mismo techo.
En otro momento quizá le hubiera importado menos, pero ¿una mujer?
Tenía claro que no quería saber nada de ninguna de ellas.
—Tu dormitorio es el del final del pasillo —se rindió antes de buscar en una pequeña cajita de madera en la entrada un juego de llaves y dárselo—. Pero en cuanto Megan te encuentre algo te vas y te devuelvo el dinero que has pagado.
Alex asintió convencida antes de mirar a su alrededor satisfecha con el que iba a ser su nuevo hogar. Espacioso, luminoso, y lo mejor de todo, en el lugar que quería ella, en Edentown.
—Te recuerdo que en casa no puedes fumar, beber ni hacer fiestas de ningún tipo —la siguió hasta su dormitorio—. La parte de arriba de la nevera es tuya, la mía la de abajo.
Alex apenas le prestó atención. Su habitación era amplia, un poco más que la última que había tenido.
Sencilla, con una cama grande, un armario de cuatro puertas y dos mesillas.
Tenía que comprarse un escritorio pequeño, decidió, y algunas estanterías.
Estaba deseando que llegaran sus cosas para decorarla y hacerla totalmente suya.
—Me compraré un escritorio —comentó distraída.
—¿Para qué? Si te vas a ir cuando Megan te llame.
Alex lo miró, incómoda. Podía tener razón, pero no iba a dársela.
—Ya me lo llevaré conmigo.
Sam se encogió de hombros.
—Te dejo sola. Entro a trabajar ahora.
Alex asintió distraída. Sonrió cuando escuchó el sonido de la puerta y se dejó caer en la cama.