14
Alex se detuvo en seco. Julia y Jill le habían mencionado las infidelidades que había sufrido Sam y que explicaban su comportamiento desconfiado.
—¿Cómo has dicho?
—Me has oído perfectamente. No te lo voy a repetir. Es absurdo —dijo deteniéndose. ¿Qué estaba haciendo? ¿Empezar una nueva relación? Se había prometido que no lo haría—. Me voy.
Le dio la espalda y empezó a alejarse de ella. Insistiría a Megan o volvería a casa de los chicos, aunque fuera para dormir en el sofá.
Alex le siguió, visiblemente enfadada. Le sujetó por el brazo y se puso frente a él.
—¿Estás dando por hecho que me voy a quejar de tu trabajo y que te voy a ser infiel?
Sam la miró sin inmutarse. No iba a ser la primera vez que le ocurriera, ni siquiera la segunda o la tercera. Los ojos de Alex parecían echar chispas.
—No voy a negar que importa el sueldo, porque importa, pero jamás deberías infravalorarte por lo que estás haciendo.
Tú estás salvando vidas, me da igual que sea operando o llegando en el momento exacto antes que nadie.
Eso no tiene precio y si alguna mujer no ha sabido valorarlo es su problema no el tuyo y mucho menos el mío.
Sam la escuchó en silencio. Parecía totalmente convencida de lo que estaba diciendo.
—Y con respecto a la infidelidad, me parece una falta de respeto, de honestidad y de vergüenza. No estarás pensando que yo soy capaz de actuar así, ¿verdad?
Sam la miró serio.
—Me ha pasado más de una vez.
—Pues ya es hora de que escojas bien a la mujer con la que compartir tu vida y tu casa, ¿no?
Se dio media vuelta, empezando a caminar acelerada y, visiblemente, enfadada. ¿Cómo podía haber personas que actuaran así? Se dio cuenta de que Sam no la seguía y se giró para verlo parado, mirándola.
—¿Qué ocurre? Vamos a ver mi casa. Te recuerdo que necesitas un lugar donde dormir.
—El sofá en casa de los chicos…
—¿Un sofá con los chicos? ¿Ellos no dejan las chaquetas en las sillas ni se comen tus galletas?
Sam tomó aire y lo soltó con calma. Hacían eso y más.
—Alex, es evidente que me gustas y que voy a querer seguir besándote… piénsalo bien si quieres que vaya a vivir contigo porque si lo hago no sé cómo puedo reaccionar si me eres infiel o si menosprecias mi trabajo.
Alex lo miró con los brazos en jarras.
—Lo que no sé es cómo voy a reaccionar yo como vuelvas a pensar esa estupidez sobre mí.
Me gustas, Sam. Lo sabes. Jamás te sería infiel, aunque solo fuera porque paso el día trabajando como bien sabes y me has señalado.
Sería incapaz de llevar dos relaciones a la vez ¿En qué momento?
¿Y tu trabajo? Yo soy comercial. Tú salvas vidas.
Es más probable que menosprecies tú mi trabajo, como ya has hecho, que lo haga yo.
—Yo no he menospreciado…
Alex levantó una ceja, dedicándole una mirada cargada de ironía.
Sam se pasó una mano por el cabello.
—Si, quizá lo he hecho. A veces soy un poco… idiota, pero… las otras también me dijeron que les gustaba, que me querían y… ya ves.
—No, no veo nada. Mírame tú.
Sam la miró detenidamente. Vestida de bruja, perdiéndose en su chaqueta, podría verse una conversación ridícula, sin embargo parecía tan sincera, que no quería hacer otra cosa que creerla.
—Alex…
—No. Alex, no —le interrumpió seria—. Me voy a comer tus galletas de chocolate, y ocuparé tus baldas de la nevera o me pondré alguna camiseta tuya, y discutiremos. Eso está incluido y garantizado en la convivencia. Tú sabrás qué quieres hacer al respecto.
Empezó a caminar airada. Sam la siguió hasta alcanzarla.
—Bien. Acepto lo de las galletas, la nevera o mis camisetas. Acepta tú que te vas a despertar más tarde, que saldremos a pasear todos los días y que me quejaré si le prestas más atención a tu trabajo que a mí.
—Tengo que trabajar.
—No te lo voy a discutir, pero las relaciones necesitan tiempo. Cantidad y calidad, y eso es lo que quiero y lo que voy a darte.
—¿Apagarás el despertador por las mañanas?
—¿Y tú recogerás tus zapatos?
Alex no pudo evitar sonreír.
—Me parece muy feo lo de la infidelidad o que menospreciaran tu trabajo —empezó a caminar más relajada.
—A mí también —le confesó Sam alcanzándola y entrelazando sus dedos con los de ella.
Alex estaba colocando una vela sobre la mesa del salón. La encendió y se quedó mirándola un instante. Estaba nerviosa, realmente nerviosa. Sam no tardaría en llegar. Iban a vivir juntos, eran amigos… y una pareja.
Por lo menos, los dos últimos días lo habían sido.
Algo había cambiado entre ellos. No sabía exactamente el qué.
Quizá la confianza… A Sam no le había importado que ella se despertara tan temprano para seguir sus rutinas antes de empezar a trabajar.
Y, aunque ella había escuchado el despertador de Sam, había ido a despertarlo personalmente y se habían entretenido bajo las sábanas un poco más.
Fuera, el jardín estaba cubierto por la luz dorada del atardecer. La casa parecía todavía más acogedora que de costumbre. Había colocado unos cojines de color naranja y terracota sobre el sofá, una manta gruesa sobre uno de los brazos y varias velas repartidas por la estancia.
El otoño había entrado en la casa. Y ahora Sam también iba a hacerlo. Escuchó las llaves en la cerradura. Su corazón se agitó ilusionado y expectante. ¿Iría bien esa vez? Todo era tan distinto a como había sido siempre…
Se giró para ver a Sam en la puerta con dos maletas, una bolsa de deporte y esa expresión entre resignada y divertida que empezaba a reconocer.
Alex miró el equipaje. Después lo miró a él.
—¿Eso es todo?
Sam bajó la vista hacia las maletas.
—Sí.
—¿Estás seguro?
—¿De qué?
—De vivir conmigo.
Sam dejó las maletas y se acercó a ella. Era tarde para planteárselo. Estaba enamorado de esa mujer.
—Eso te lo debería preguntar yo a ti.
Se acercó a ella mientras su mirada recorría el salón, las velas, los cojines, la manta, las macetas, las fotografías sobre una estantería… Eso era un hogar, no un simple lugar donde vivir.
Llegó hasta ella y la abrazó con cariño.
—No te he dado las gracias.
—Creo que sí.
—No. No porque me hayas ofrecido una habitación aquí.
—Era lo justo —le respondió Alex manteniéndole la mirada mientras le rodeaba la cintura con sus brazos.
—No lo creo. Podrías haberte negado.
—Tú me dejaste vivir en tu piso.
—Más bien me impusiste tu presencia —le recordó haciéndola sonreír—, pero no, quería darte las gracias por otra cosa.
—Dime.
—Quería darte las gracias por aceptarme a mí, no en tu casa, sino en tu vida… Por no juzgarme, por perdonarme las tonterías que te he dicho…
—Eso es pasado —le recordó con una sonrisa cariñosa.
—Sí, es pasado, pero te hice daño…
—Lo he olvidado.
Sam la besó con cariño.
—Me gustas. Lo sabes. No sé si es demasiado pronto para decir que te amo, pero estoy enamorado de ti. Y tengo miedo. No de que me vuelva a pasar lo que me ha pasado otras veces, porque creo que te conozco y no actuarías como las demás.
—No es mi estilo. Sé que las otras también te dijeron que les gustabas y que te querían y todo eso, pero yo no soy ellas.
—Lo sé.
—Y tú habrás aprendido la lección.
—No sé qué lección, porque cualquier relación se basa en la confianza y yo confiaba en ellas.
—Quizá debías aprender a valorarte tú o tu trabajo.
Sam la miró con cariño antes de darle un ligero beso en los labios. Podía tener razón. De hecho, casi siempre la tenía. Y, en ese momento, no le importaba reconocerlo. Alex era inteligente y quería estar con él. Eso significaba mucho.
—¿Tú también has aprendido algo?
Alex sonrió.
—Supongo que sí…
Sam levantó una ceja con una expresión irónica.
—Que sí —continuó divertida—. Que no todo es trabajo. Prometo bajar el ritmo cuanto tú estés en casa.
—¿Y si no estoy?
—Aprovecharé a trabajar —le respondió sin remordimiento—, pero de verdad que me lo voy a tomar con más calma. Quiero disfrutar de la vida, de esta casa, de este lugar, de las amigas, de ti…
—Vamos a empezar por ahí —susurró acariciándole el lóbulo de la oreja con su cálido aliento.
—Creí que te lo querías tomar con más calma. Eso dijiste.
—Ya sabes que a veces digo cosas que no siento.
—No sé cómo tomarme eso porque acabas de decir que estás enamorado de mí.
Sam frunció el ceño ante su gesto de fingida inocencia. Dio un paso atrás, la tomó de la mano y tiró de ella hacia la puerta. No podía estar pensando en llevarla al dormitorio porque si lo hacía, no saldrían de allí.
—Te invito a un cupcake. Pensaba traerlos a casa para celebrar el inicio de nuestra vida en común, pero prefiero que salgamos, que dejes de trabajar y que todos sepan que somos una pareja.
Alex sonrió mientras se abrochaba el abrigo que había sacado del armario de la entrada. Ese era el inicio de su vida juntos, y no podía sentirse más confiada, satisfecha y plena.
Unos días después, Sam guardó su abrigo en el armario de la entrada y recorrió la planta de abajo sin encontrar a Alex.
Había sido una jornada tranquila. Subió las escaleras extrañado.
Quizá hubiera salido con las amigas. Abrió la puerta del cuarto de baño deseando darse una ducha. Parpadeó incrédulo.
—¿Qué haces en la bañera?
—Ya lo ves.
Sam miró a su alrededor: velas encendidas de diferentes tamaños creando un ambiente íntimo, música relajante de fondo, un olor suave y dulzón que no reconocía.
Se apoyó en el marco de la puerta, relajado, contemplando la escena.
Ella estaba recostada en la bañera con el cabello recogido y la espuma llegándole a los hombros sin cubrirlos.
No se debía estar mal ahí adentro… con ella enfrente… desnuda… mirándole en silencio.
—En casa nunca lo hiciste.
—Había ducha y bueno, te dije que cambiaría, que trabajaría menos, y te lo estoy demostrando. El tiempo no es oro, es vida, y me gusta aprovecharlo, aunque ahora sea de manera diferente.
—¿Eso es lo que estás haciendo? —empezó a quitarse el jersey con una sonrisa atractiva.
—Si. ¿Quieres entrar?
—Pensaba ducharme, pero bañarme no parece una mala opción —terminó de desnudarse—. Solo espero que no tengas mucha prisa por volver a tu trabajo porque si entro, ya sabes lo que va a pasar.
—No, no lo sé —respondió con fingida inocencia.
Sam entró en la bañera, ahogando un gemido.
—Qué caliente está el agua.
—Ya me conoces.
—Sí, empiezo a hacerlo —sonrió sentándose a su espalda, abrazándola para acercarla a él—. Creí que estarías con las amigas.
—No he quedado con ellas hasta el jueves para ir a la exposición.
—Muy bien. Yo trabajo.
—Lo sé. Vi tus turnos en la puerta de la nevera. Hubiera ido contigo si lo hubieras tenido libre.
Alex se recostó en su pecho.
—He pensado que no te he pedido disculpas.
—¿Por qué?
—Por las veces que pensé mal de ti o que te prejuzgué sin motivo.
—Te basabas en experiencias de tu pasado… Supongo que yo hice lo mismo.
—Pero me alegro de que me demostraras que estaba equivocado —la besó en la coronilla.
Alex le sonrió con ternura mientras entrelazaba sus dedos con los de él.
—Yo no te he dado las gracias.
—¿Por qué? —preguntó extrañado.
—Por abrirme las puertas cuando llegué aquí. Podías no haberme aceptado en tu casa.
—Creo recordar que no había manera de echarte.
Alex volvió a sonreír.
—Aun así.
Sam le besó un hombro con cariño.
—Estoy orgulloso de ti.
Alex parpadeó sorprendida. Giró la cabeza para mirarlo.
—¿Por qué? ¿Por dejar de trabajar?
No sabía por dónde iba a discurrir la conversación. Se puso alerta. Sam lo notó y la abrazó con más fuerza.
—Dejaste todo para venir a un lugar que no conocías, a compartir piso con un desconocido, a empezar desde cero estando sola… No sé cómo has podido hacerlo.
—No me quedaba otro remedio.
—Podías haberte quedado en tu ciudad, en tu casa…
—No tenía nada allí.
—Aquí tampoco lo tenías.
—Por eso me daba igual un sitio que otro.
—Pero es valiente lo que has hecho.
Alex se encogió de hombros.
—No lo había visto así.
—Yo tengo familia, trabajo estable y desde que te conozco siento que no lo he valorado lo suficiente.
—Nunca es tarde para cambiar.
—No quería más relaciones —prosiguió Sam—. No quería saber nada de ninguna mujer y llegas tú y me vuelves el mundo del revés.
—Solo te desordené un poquito la casa —le respondió divertida.
—¿Un poquito? Me desordenaste la vida.
—No me voy a disculpar por ello.
—No lo hagas, porque es como si hasta ahora hubiera tenido mi corazón a medias y se hubiera completado contigo.
Alex se giró para mirarlo a los ojos con una sonrisa que los iluminaba.
Sam le mantuvo la mirada unos instantes para verse reflejado en ella, para sentir el amor y la ilusión que transmitía y que ambos compartían. La atrajo más hacia él para besarla con ternura.
—Siento lo mismo.
Alex se perdió en el cariño del beso, en el calor del abrazo, en la intimidad del momento… Se habían encontrado sin buscarse, se habían completado y complementado y era algo que estaban dispuestos a cuidar y a mantener, los dos, siempre.