Capítulo 24
La frase de Marta se me quedó clavada durante semanas.
Mateo no necesitaba mi permiso para volver al parque y yo no quería convertirme en la persona que se lo concedía o se lo negaba.
Pero sí necesitábamos hablar de lo que su regreso iba a hacer con los dos.
La pierna había mejorado gracias a meses de ejercicios y una cabezonería casi ofensiva.
Ya caminaba sin bastón la mayor parte del día.
El obstáculo no era su cuerpo. Era el miedo que se nos metía en la cama cada vez que sonaba una sirena.
Yo quería decirle que no volviera. Que aceptara un puesto de formación, un despacho o cualquier trabajo donde el techo no pudiera caerle encima.
Quería atarlo a la seguridad con las dos manos.
Llevaba casi dos años intentando aprender a no perder a nadie y, justo cuando por fin tenía a alguien a quien no quería perder, el muy tozudo insistía en dedicarse al oficio más incompatible posible con mi tranquilidad.
El día en que por fin le dieron el alta definitiva, lo enmarcó junto al primer informe. Todavía le quedaban las pruebas funcionales y la valoración del servicio médico antes de reincorporarse, pero aquel papel convertía la vuelta en una posibilidad real.
Estuve un día entero callada. Él no me presionó.
Se dedicó a sus cosas, cocinó, me dejó pensar, y cada vez que pasaba por mi lado me daba un beso en la cabeza y seguía, sin preguntar, dándome el tiempo que necesitaba.
Esa es otra de las cosas que aprendí a quererle.
Que sabía esperar sin agobiar, que entendía que hay decisiones que no se pueden apurar.
Y por la noche, cuando nos metimos en la cama, fui yo la que habló, mirando al techo.
—Quiero pedirte que no vuelvas —dije—. Quiero que rompas ese informe y busques un trabajo aburrido donde no te pase nunca nada.
—Lo sé.
—Déjame terminar, que me cuesta. —Cogí aire—.
Quiero pedírtelo, pero no voy a hacerlo.
Porque no me corresponde decidir quién eres.
Y porque, si renuncias por mí, dentro de un año o de diez mirarás por la ventana cada vez que pase un camión con la sirena puesta y una parte de ti echará de menos la vida que dejaste.
No quiero quedarme con tu seguridad y perderte a ti por el camino.
Se giró hacia mí en la oscuridad.
—¿Estás segura de que puedes vivir con eso?
—No. Voy a pasarlo fatal cada guardia. Estaré pendiente del móvil y odiaré tu trabajo con toda mi alma.
—Le busqué la mano—. Pero prefiero aprender a vivir con el miedo a pedirte que vivas a medias.
Vuelve cuando te digan que puedes. Haz lo que sabes hacer.
Y prométeme lo único que sí puedo pedirte: que no vas a confundir valor con imprudencia y que harás todo lo posible por regresar.
—Eso sí puedo prometerlo. —Me besó la mano—. Y voy a pedir entrar en formación de rescate en altura. Quiero enseñar a los nuevos a no confiarse en un tejado, que de eso sé bastante. Seré el pesado que revisa el arnés dos veces y repite «asegúralo» hasta que me odien.
—Ese me gusta.
—Lo sé. Por eso lo voy a ser.
Volvió al parque dos meses después, cuando terminó las pruebas y lo declararon apto.
Lo acompañé hasta la puerta y me quedé mirando cómo entraba con el uniforme otra vez puesto, andando casi sin cojera.
Los suyos salieron a recibirlo con un escándalo de aplausos y abrazos que se oyó desde la calle.
Bernal, Nuria, Quique, todos. El capitán había vuelto.
Quique salió el último, secándose los ojos con la manga, y me dio un abrazo de oso que casi me levanta del suelo.
—Gracias por ayudarlo a volver, doctora.
—Se lo ha currado él. Yo solo he procurado no estorbar demasiado.
—Ya, pero usted se ha quedado mientras lo hacía. —sonrió—. Oiga una cosa. ¿Hay porra de boda? Porque, si la hay, apuesto a menos de un año. Y esta vez quiero ser padrino, no tesorero.
—No hay porra de boda, Quique.
—La habrá. Siempre la hay.
Y se metió dentro, dejándome en la acera con la palabra «boda» dándome vueltas en la cabeza, plantada allí por un pelirrojo que no tiene ningún tacto y acierta siempre.
Me di cuenta allí, en la acera, de que Mateo tenía razón en algo que me había dicho durante nuestra primera pelea.
Él no me pedía que dejara de operar y yo no debía pedirle que dejara de hacer su trabajo.
Querer a alguien no consiste en recortarlo hasta que quepa dentro de tus miedos.
Consiste en aprender dónde terminan sus decisiones y empiezan las tuyas, y en quedarse a negociar el espacio que queda entre ambas.
Esperé despierta aquella primera guardia, claro, con el móvil en la mesilla y el estómago encogido.
Cuando entró a la mañana siguiente, cansado, oliendo a humo y contento, y dijo «ya estoy en casa» antes de quitarse las botas, entendí que esperar formaría parte de nuestra vida.
No todas las noches serían así de largas.
Y él no siempre llegaría oliendo a incendio.
Pero cada regreso tendría ese mismo peso.