Capítulo 23
Reconstruir un edificio no fue tan rápido ni tan limpio, pero empezó antes de lo que yo habría apostado.
Nos realojaron a todos. El seguro, la comunidad y los servicios municipales fueron distribuyéndonos en viviendas temporales mientras avanzaban las obras.
Por un capricho de la burocracia o de la suerte, a Mateo y a mí nos asignaron dos apartamentos en el mismo rellano de un bloque nuevo, con ascensor y todo. A él le pareció el colmo de la ironía.
—Ahora que ya casi ando, me ponen ascensor —protestaba—. Antes, cuando lo necesitaba, nada, y ahora tengo un botón. El universo tiene un sentido del humor pésimo.
—A mí me lo vas a contar.
—¿Te has dado cuenta de que si este ascensor hubiera estado en el otro edificio, tú y yo no nos habríamos conocido?
Yo habría subido en ascensor, tú no me habrías bajado nunca ninguna escalera, y ahora mismo seríamos dos desconocidos que coinciden en el rellano.
—Me señaló con el dedo, muy serio—. Ese ascensor nos habría arruinado la vida.
—Estás loco.
—Estoy enamorado, que a veces se parece.
Duramos en pisos separados exactamente una semana. Al octavo día aparecí con una bolsa en su puerta y le solté que era absurdo mantener dos casas, dos neveras y dos juegos de llaves para dormir siempre en la misma cama. Pura lógica doméstica. Que no le diera más vueltas.
—O sea, que te vienes a vivir conmigo —dijo, con una sonrisa que le ocupó la cara entera, ya con las cejas medio crecidas.
—Me vengo solo para compartir nevera.
—Claro. Para compartir nevera… ¿Con besos incluidos?
—Los besos los facturo aparte.
Y así, sin una petición formal, sin anillos ni discursos, empezamos a vivir juntos.
Del incendio salieron algunas cosas buenas, aunque cueste escribirlo.
El edificio, que antes era un conjunto de desconocidos capaces de discutir veinte años por un ascensor, se convirtió en otra cosa.
La señora del segundo me llamaba para consultarme sus rodillas.
Algunos nos habían invitado a sus nuevas casas para tomar café, y el hombre del ático, el que había colgado un extintor con una flecha y se había pasado meses protestando por todo, apareció un día con una botella de vino y una disculpa.
Mateo la aceptó sin hacerle pagar más de la cuenta, porque es incapaz de guardar rencor a quien se acerca con la mano tendida.
La cuadrilla del parque tampoco tardó en aparecer.
Vinieron todos a la vez el primer fin de semana, con la excusa de ayudarnos con las cajas y la intención evidente de fisgar cómo vivía su capitán con la doctora imposible.
Bernal trajo comida para un regimiento. Nuria inspeccionó la casa con ojo de sargento y dio su aprobación con un gesto de cabeza.
Y Quique, cómo no, se plantó en mitad del salón, sacó del bolsillo un fajo de billetes arrugados y me lo tendió con lágrimas en los ojos.
—Es tuyo —dijo, muy solemne—. La porra del nombre. Aposté que el capitán lo averiguaría, y ganó, así que técnicamente el bote es suyo, pero él dice que te lo dé a ti, que eres la damnificada.
—No pienso cobrar por que la gente apueste con mi nombre.
—Son ochenta y nueve euros, Elena.
—Trae para acá.
Se lo cogí, y todos aplaudieron, y Mateo me miró desde el otro lado del salón con una cara de estar viviendo exactamente la vida que quería vivir, rodeado de su gente ruidosa y de la mujer a la que había perseguido escalera arriba durante dos meses.
La segunda cosa buena fue Marina.
Marina apareció en el hospital la mañana después del incendio, en cuanto la llamé, con una bolsa para mí y otra para Mateo, a quien apenas había tratado y al que ya consideraba de la familia.
Tomás no volvió al edificio. El informe pericial situó el origen del incendio en su vivienda y confirmó que había sido provocado.
Después del hospital quedó bajo custodia judicial y fue sometido a una valoración forense.
Por el procedimiento supimos que, mientras la causa seguía adelante, había ingresado en una unidad de salud mental supervisada.
No sabía si aquello era justicia, tratamiento o una mezcla incómoda de ambas cosas.
Había retenido a un niño, provocado un incendio y puesto en peligro a mucha gente.
Tenía que responder por ello. También había cuidado a Amparo durante años y se había quebrado en soledad mientras todos mirábamos hacia otro lado.
Las dos cosas podían ser verdad a la vez.
La vida casi nunca tiene la cortesía de darte un malo sencillo.
Mateo le escribió una carta. No me dijo qué ponía y yo no se lo pregunté. Se la entregó al abogado para que la hiciera llegar a la unidad y volvió más ligero, como si hubiera soltado un peso que llevaba cargando sin darse cuenta.
—¿Crees que la leerá? —le pregunté.
—No lo sé. A lo mejor no. —Se encogió de hombros—. Pero yo la he escrito. Lo demás ya no es cosa mía. Uno hace su parte y suelta. Si no, te vuelves loco en este oficio.
La pierna, mientras tanto, siguió su curso.
Las revisiones se fueron espaciando, las muletas dieron paso a un bastón que solo usaba en distancias largas y la cojera se hizo cada vez menos visible.
Marta estaba encantada con él, lo cual, tratándose de Marta, significaba que le gruñía un poco menos que a los demás.
—Va a quedar bien —me dijo después de una sesión—. No perfecto. Le molestará con algunos cambios de tiempo, cojeará cuando esté cansado y tendrá que hacer ejercicios siempre si no quiere perder movilidad. Pero andará. Con tiempo, incluso correrá.
—¿Podrá volver al parque?
Marta me miró, y por una vez dejó la sequedad a un lado.
—La pierna no se lo va a impedir. Después tendrá que pasar la valoración del servicio médico y decidir si quiere volver.