Capítulo 22
Primero me dejaron en observación. Había respirado humo, pero las pruebas salieron bien y, después de un par de horas, me dieron el alta.
Pasé el resto de la noche en el hospital, esta vez del otro lado: el de la sala de espera, con un vaso de plástico de la máquina y el reloj que una mira cada tres minutos aunque sepa que no va a avanzar más deprisa.
Mateo tenía quemaduras de segundo grado en el antebrazo, una intoxicación por humo que lo mantuvo con oxígeno hasta el amanecer y una tos que iba a acompañarlo durante semanas.
Las radiografías confirmaron que la placa seguía en su sitio y que ninguna de las fracturas se había desplazado; había castigado la pierna, pero no había deshecho meses de recuperación.
Nada que no se curara. Aun así, tardaron cuatro horas en decírmelo con esas palabras, y en ese tiempo entendí por dentro lo poco que consuela la amabilidad profesional cuando una está sentada esperando noticias de alguien a quien quiere.
A las tantas de la madrugada apareció Elvira. No estaba de turno. Se había enterado, se había vestido y había venido, y se sentó a mi lado en aquella sala sin decir nada, me puso algo caliente en la mano y me dejó apoyar la cabeza en su hombro.
—Llevo muchos años viendo a familias en estas sillas —dijo, al rato—. Y todavía no me acostumbro a ver a los míos sentados en ella. Duele más desde este lado, ¿a que sí?
—Muchísimo más.
Se quedó conmigo hasta que me dejaron pasar. Estaba en una cama, con una vía, el brazo vendado, la cara limpia ya del humo, pero con las cejas todavía chamuscadas, que le daban un aire permanente de sorpresa que no pienso dejar de recordarle mientras viva. Abrió los ojos cuando me oyó entrar.
—Anda. Si es mi traumatóloga favorita. —La voz le salió ronca, rota por el humo—. ¿Vienes a cobrarme la consulta?
—Vengo a comprobar que sigues respirando, que es más de lo que mereces.
—Qué bien me tratas. Con lo guapo que estoy sin cejas.
—Estás horrible. Pareces permanentemente sorprendido.
—Es el look de un hombre que acaba de descubrir que su novia lo quiere. Sorpresa perpetua.
Me senté en el borde de la cama. Le cogí la mano del brazo sano y me quedé un rato mirándolo, asimilando que estaba vivo, que había entrado en un incendio con las piernas como las tenía y que el mundo no me lo había quitado.
—No vuelvas a hacer algo así —dije al fin, con la voz completamente rota—. No vuelvas a meterte en un sitio del que quizá no salgas. No me obligues otra vez a esperar en una sala sin saber si vas a volver. No puedo soportarlo, Mateo. No puedo.
—Blasco…
—Te quiero. —Las palabras salieron solas, entre lágrimas, sin elegancia y sin darme tiempo a arrepentirme—.
Eso es lo que pasa. Te quiero. Llevaba casi dos años convencida de que ya no sabía hacer esto, y resulta que sí sabía.
Solo que todavía no había aparecido nadie por quien mereciera la pena arriesgarme otra vez.
Y entonces llegaste tú, con tus muletas, tu cactus muerto y esa manía tuya de subir escaleras cuando no debes, y me lo pusiste imposible.
Respiré, aunque apenas me entró aire.
—Te quiero. Y me da un miedo horrible decirlo, porque la gente a la que quiero acaba muriéndose o marchándose. Pero te lo digo de todas formas, porque lo necesito.
Mateo me miró un rato largo, con esas cejas quemadas y los ojos brillantes.
—No sabes el tiempo que llevo esperando oírte decir eso —dijo, muy bajo—.
Y ha valido la pena cada minuto. Yo también te quiero.
Muchísimo. Desde mucho antes de lo que es sensato reconocer.
Desde que me contestaste el primer pósit, creo.
Desde que descubrí que la doctora seria del hospital se reía sola con mis notas y luego fingía que le molestaban.
Ahí ya me tenías loco perdido, aunque tú no lo supieras.
Me incliné y lo besé, con cuidado por el brazo, por la vía, por todo, un beso salado de lágrimas y con sabor a hospital, el beso menos romántico y más importante de mi vida.
Cuando me aparté, él me sujetó la cara con la mano buena y me miró con una seriedad nueva.
—Ahora dime una cosa. Y no es broma, aunque lo parezca.
—Tragó con esfuerzo—. Esta noche he estado más cerca de no salir de lo que pienso reconocer delante de nadie.
Y, ahí dentro, me ha dado una rabia horrible pensar que podía morirme sin saber tu nombre.
El de verdad. Así que te lo pido en serio, sin juego. ¿Cómo te llamas?
Y ahí estaba. El momento que llevaba meses esquivando, el chiste que se había convertido en lo único mío que todavía no le había dado.
Miré a aquel hombre que había entrado a salvar incluso a quien lo odiaba, que me había esperado dos horas a la puerta de un cementerio y que había aprendido a quererme entera sin saber siquiera cómo me llamaba.
Ya no quedaba ninguna puerta que tuviera sentido mantener cerrada.
—Elena —dije—. Me llamo Elena.
Se quedó callado, saboreándolo, moviendo los labios sin sonido, probándolo.
—Elena. —Lo dijo despacio, entero, con un cuidado que no le había puesto a ninguno de los nombres que había ido inventando—. Elena. —Y luego, con una sonrisa que le arrugó toda la cara chamuscada—. Es que es perfecto. Con lo que me ha costado. Elena.
—No lo gastes todo de golpe.
—Pienso decirlo cada día del resto de mi vida. Aviso. Te vas a hartar.
—Ya me estoy hartando.
—Elena. —Lo repitió solo por fastidiar, encantado—. Elena, Elena, Elena. —Se puso serio de golpe, con una alarma fingida—. Espera. Tengo que escribirle a Quique.
—No te atrevas.
—Es que hay una porra abierta desde hace semanas sobre si conseguiría tu nombre antes de fin de año. Aposté que sí. Voy a cobrar por partida doble. Me llevo tu nombre y el dinero.
—Eres lo menos romántico que he conocido en mi vida…
Le quité el móvil de la mano antes de que escribiera a nadie y él me dejó, riéndose flojo, con esa risa rota por el humo que iba a acompañarlo unas semanas y que, contra todo pronóstico, me pareció el sonido más bonito del mundo porque significaba que seguía conmigo.
Me reí con la cara empapada y apoyé la frente en la suya, con cuidado de las cejas. Y nos quedamos así, en una cama de hospital de madrugada, un bombero chamuscado y una traumatóloga hecha un desastre.
Cuando salí de su habitación, ya con mi propia alta en el bolsillo, pasé por delante de otra puerta custodiada por un policía.
Dentro estaba Tomás, dormido, vendado y conectado a un monitor que le contaba las respiraciones.
Solo otra vez, pero vivo. No entré. No tenía nada que decirle y él no habría querido oírlo.
Aun así, me alegré, en un rincón raro y complicado del pecho, de que Mateo hubiera bajado a buscarlo.